Los pies de Miguel van cada vez más rápidos, y cada vez más sueltos, y cada vez más suyos, y cada vez más felices. Los pies de Miguel son así, durante el 5 de enero de 1978, sobre un suelo de Uruguay, y en otras fechas, numerosísimas fechas, sobre los suelos que sean, porque Miguel es muchas cosas, y, en especial, es atleta. Miguel es Miguel Benancio Sánchez, 25 años, del pequeño y tucumano pueblo de Bella Vista, un migrante que viajó con mucha familia a Villa España, partido de Berazategui, en la inmensa Buenos Aires, para ver si los sueños pueden anclar un respaldo alguito mejor en la economía. Miguel, ese Miguel que corre resplandeciente la corrida de San Fernando, sabe también de resplandores como trabajador bancario, como futbolista incipiente, como deportista de los clubes Independiente y Banco Provincia, como militante político y como poeta. Ahogan tiempos bravísimos en Uruguay y en Argentina ese 5 de enero de 1978 porque hay dictaduras y hay horrores, pero Miguel corre y, claro, correr es más que correr. Correr es vivir.
No lo sabe Miguel: sobre ese suelo uruguayo, está corriendo por última vez. Tres días más tarde, el 8 de enero, de regreso a Argentina, en la casita de Villa España, una patota criminal se lo lleva para siempre. Y, siempre, desde entonces, es un desaparecido.
Mientras atraviesa el día de la corrida de San Fernando, Miguel conserva frescas las emociones de su participación reciente en la San Silvestre, la cita paulista, mítica y brasileña que enlaza las últimas horas de un año con las primeras del otro. Uruguay le queda de camino en el viaje de retorno al sur y le funciona como una experiencia nueva y un desafío potente. Tan potente que, adelante de todos hasta llevarse la victoria, se instala el colombiano Domingo Tibuadiza, un poderosísimo fondista que representó a su país en los Juegos Olímpicos y se impuso no solo en esa edición de la San Fernando, sino, por caso, en el maratón de Berlín. Tibuadiza, el atletismo, San Fernando, más rápido, más suelto, más suyo, más feliz: no hay modo de que Miguel no corra lleno de resplandores.
Invencible Miguel: su desaparición se cuenta entre 30.000 desapariciones y, aun desaparecido entre los desaparecidos, corre.
Como suena: Miguel Sánchez corre. Ahora corre.
¿Por qué corre? Porque en el comienzo del siglo XXI, un gran periodista italiano, Valerio Piccioni, se topa con la historia de Miguel. La lee en una nota publicada en el diario Clarín al cumplirse dos décadas del secuestro. Piccioni percibe que le duele más que el alma. Y acaso porque le duele más que el alma es que construye: una carrera que es una luz. Nace La Corsa de Miguel. Por las calles de Roma, con pies alegres, pero pies habitados de memoria, miles de personas enhebran el ritual de rendir tributo a Miguel y a cada desaparecido argentino a través del deporte. Como Miguel elegiría: corriendo.
Esa carrera es una llama. Unos meses después, Buenos Aires lanza su primera Carrera de Miguel. Y la llama arde: de Berazategui a Bariloche, de Miramar a Quilmes, de Mar del Plata a pueblitos y a pueblos, Argentina se torna un escenario donde, en alguna jornada del calendario, con pies que corren más pies que corren más pies que corren, se encienden carreras de Miguel en multiplicación. Y más: la calle sobre la que se larga aquella primera prueba en Buenos Aires es rebautizada Miguel Sánchez. Y pistas de atletismo, y documentales, y notas y más notas, y el homenaje de Gimnasia La Plata –porque allí jugó a la pelota– o de la propia San Fernando, y una biblioteca en un centro deportivo del partido de Morón, y unos salones de varias escuelas brotan con ese nombre y con ese fuego para expandirse como antídotos contra el olvido. Correr por la Memoria, correr por la Verdad, correr por la Justicia, correr por los 30.000, correr por Miguel.
O porque Miguel corre, obstinado frente a la barbarie, en cada una y en cada uno que corre.
Revelar
Y resulta cierto que montones descubren a Miguel. En algunos cierres de competición, ese descubrimiento florece desde los labios de Elvira, su hermana, flaquita e infatigable, la Petisa, en el apelativo de Miguel, motor hasta su muerte en diciembre de 2021 de que las anécdotas pequeñas o grandiosas de su Miguel vuelen hasta los oídos y los pulmones de multitudes. Y a esos labios les toca divulgar la secuencia del dolor: las tres de la mañana en la casita de Villa España, los criminales que irrumpen, Miguel que explica que duerme cerca de una banderita argentina porque es argentino, los muebles golpeados o rotos, la inmersión en un Falcon verde sin ropas de reserva porque los captores aseguran que volverá enseguida, los días siguientes, y los siguientes, y los siguientes, y Miguel que no vuelve, y los años que traen el dato de que lo desplazaron hasta el centro de detención, tortura y exterminio El Vesubio, y los espantos que es irresistible oír, y el relato de sus afectos que nunca saltea que una semana antes intervino en la San Silvestre, y ese relato que incorpora su paso por la San Fernando y por Uruguay, y cuánto Miguel, cuánto Miguel, cuánto Miguel.
Y, entre todo ese Miguel, un poema. Que se esparce despacito, como se ve que se las arreglan los poemas para empezar a pertenecer no a su autor y sí a la humanidad. Miguel es ese poema que condensa sus ejercicios consecutivos de escritura. “Para vos, atleta”, se llama. Y suena como si Miguel lo recitara en toda oportunidad que alguien se le atreve al viento y sale a posar dos zapatillas, a transpirar los poros y a alzar la frente en una vereda o en un circuito: “Para vos, atleta/ para vos que sabés del frío, de calor,/ de triunfos y derrotas/ para vos que tenés el cuerpo sano/ el alma ancha y el corazón grande./ Para vos que tenés muchos amigos/ muchos anhelos/ la alegría adulta y la sonrisa de los niños./ Para vos que no sabés de hielos ni de soles/ de lluvia ni rencores./ Para vos, atleta/ que recorriste pueblos y ciudades/ uniendo Estados con tu andar/ Para vos, atleta/ que desprecias la guerra y ansías la paz”.
Hay un libro hermoso que lleva el título Sueños de un campeón. Lo componen los apuntes de Miguel. O los rescates que hizo Elvira entre los papeles de Miguel. O la transformación de esos apuntes y de esos papeles en un volumen hecho de letras y de emociones que ordenaron y pasaron por la imprenta dos indagadores conmovidos: Angie Rossi –sobrina nieta de Miguel– y Federico González. Quien extravíe las ilusiones debería ir por ese libro: Miguel devela objetivos, confiesa vaivenes, anota logros y desencantos que transmuta más veloz o más lento en nuevos encantos, asume picardías, vibra palpitaciones de juventud, descifra misterios del arte de respirar, desparrama la belleza de la existencia en verbos igual de bellos.
Todas las épocas son o serán buenas para abrazar ese libro. U otro libro: Miguel Sánchez. Memoria(s) del primer atleta desaparecido, de Ricardo Fernández, un volumen que acaba de ser distinguido por la Legislatura porteña. Todas las épocas, pero particularmente la que transcurre. Gobiernos de derechas diversas y, ni hablar, políticas negacionistas y reivindicatorias del genocidio que sufrió Argentina entre mitad de los 70 y 1983 invisibilizan a La Carrera de Miguel –que en Buenos Aires debe hacerse cada marzo por ley–, y esfuman, entre mil cuestiones, las iniciativas estatales que cuentan a Miguel y a las decenas y decenas de deportistas desaparecidos que se suceden en Deporte, desaparecidos y dictadura, un emblemático volumen del periodista Gustavo Veiga.
Sin embargo, hay luchas a las que ninguna tormenta ideológica borra con sencillez. “No quiero morir sin saber qué pasó con Miguel y con los 30.000 desaparecidos”, declaró Diego Maradona a la revista La Garganta Poderosa en 2011. En noviembre de 2025, el supercrack de las canchas y el atleta desaparecido emergen, por fin, juntos. Asumido como miembro de un movimiento al que denomina “miguelista”, Piccioni propulsa “Maratona al Maradona”, un reconocimiento a ambos que consiste en que alumnos y alumnas de 27 escuelas italianas completen los 42 kilómetros y 195 metros de un maratón dentro del estadio Diego Armando Maradona, en el que compite Napoli, para “aprender, a través de Miguel, el valor de la justicia y de la solidaridad”. Esos pibes y esas pibas ratifican que Miguel no solo persiste en correr: además, corre pegado a Diego.
Medio siglo después del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 que instaló en Argentina una dictadura militar, empresarial y eclesiástica, y que estableció un modelo político económico que la clase dominante consigue sostener y ahondar, Miguel es mucho más que Miguel. Quizás lo manifiesta como nadie Martín Sharples, un deportista que esparce cada víscera, de un costado y del otro del Atlántico, ante toda convocatoria por Miguel: “Julio Cortázar escribió sobre el Che Guevara: ‘Yo tuve un hermano/ no nos vimos nunca/ pero no importaba’. Quizás esto, salvando las grandes diferencias, fue lo que me pasó al leer en enero del 98 aquella nota que rescató al atleta desaparecido. Tomé a Miguel como mi desaparecido por sentirme identificado con él, porque, hasta ahí, militaba por todos, pero no tenía a nadie. Y, a partir de conocer su historia, Miguel se transformó para siempre en mi desaparecido, el hermano que nunca conocí, pero eso no importa”.
Es eso. Y, como es eso, en una playa que le dice adiós al verano, trota una señora que anda sin fríos porque en su remera luce la cara de Miguel. Y un runner consecuente, en la placita de un barrio cualquiera de Buenos Aires, da vueltas a la manzana con una ropa en la que Miguel avanza. Y en un parque público, dale que dale con los cuádriceps al mango, una deportista destacada acelera el paso mientras desde los auriculares le suena una voz grave que recita “Para vos, atleta”, en especial ese cierre que enuncia “que desprecias la guerra y ansías la paz”.
Y en un pañuelo blanco, con todo lo que cabe dentro de los pañuelos blancos en Argentina, Miguel va. Porque una de las iniciativas más innovadoras del 24 de marzo de los 50 años consiste en que cada desaparecido quede bordado en un pañuelo. El de Miguel florece desde las manos de Isabel Rodríguez, la compañera de Segundo Correa, tucumanísimo, corredor y entrenador de corredores, amigo en cientos de charlas de Miguel. Letras azules, caligrafía que se mete en las venas del mundo para no irse jamás, debajo de los datos de Miguel flamea una palabra a la que Miguel le hubiera dado un beso: atleta.
Entonces, convertido en pies, en pañuelo, en corazones, en símbolo, ahora Miguel es gente que resplandece en otra gente. Por eso corre tanto. Porque nada corre tanto como una memoria que corre. No hay modo de que deje de correr.