Otro empate, esta vez con Argelia 0-0 en Turín, Italia, hace que se cierre el último examen de alta competencia antes del Mundial sin perder, pero también sin ganar, tras el 1-1 del pasado viernes en Wembley ante Inglaterra.

El análisis va en función de lo que se proyecte, de las expectativas y de lo que se quiera evaluar. Seguramente, para estos dos partidos —y para este en especial— no estábamos buscando analizar a través de los resultados, sino más bien de las prestaciones: las colectivas, siguiendo la idea que predica y plantea Marcelo Bielsa, y las individuales de aquellos futbolistas que tal vez estén o estuvieran en duda para completar la lista de 26 mundialistas.

También hay un análisis en relación con la matriz de juego que pretendemos de esa conjunción de idea más conducción más futbolistas, y allí es donde nos entra el desasosiego. Marcelo Bielsa llegó a Uruguay con su maravillosa idea de ataque, más ataque y más ataque, pero el equipo no ataca, no cambia, y queda sin goles y sin sorpresa. Seguramente será motivo de análisis del cuerpo técnico.

El control como bandera

Los primeros diez minutos mostraron una cara absolutamente distinta en relación con el colectivo que desarrolló su tarea en Wembley el viernes pasado. Aquella verticalidad eléctrica, que a veces rozaba el desorden, le dio paso a un control cerebral. Uruguay manejó la redonda de manera exhaustiva, buscando la mejor colocación posible y eligiendo el pase que pudiera llegar a generar jugada de ataque y peligro real. Fue una posesión de juego y de campo que asfixió el arranque de los zorros del desierto.

Fue justamente en ese marco de referencia, al cumplirse el minuto diez, cuando el equipo de Bielsa metió un contragolpe a la salida de un córner argelino. Tras un entrevero donde tres futbolistas chocaron por la guinda, la pelota quedó libre para Mathías Olivera. El lateral condujo de costa a costa y eligió el pase hacia la derecha buscando a Canobbio. La pelota le quedó un poco larga, pero el delantero resolvió con un taco hacia atrás que no pudo encontrar la llegada franca de Giorgian de Arrascaeta. Fue la jugada más peligrosa de esa primera decena de minutos.

La veleta y el muro generacional

Sin embargo, en los cinco minutos posteriores, la veleta cambió completamente de dirección, y seguramente también la big data aportada por los mapas de calor. Esos minutos fueron todos de los africanos. Esa instancia de asedio fue cortada por otro gran ataque uruguayo, esta vez por intermedio de Maxi Araújo, que terminó en un córner cuyo envío de De Arrascaeta fue conectado arriba por el propio Araújo, con un cabezazo que terminó pasando lamiendo el caño derecho del arquero argelino.

El segundo tercio de la parte inicial tomó un nuevo estadio, sin dominio de ninguno de los dos y con media tarea bien realizada y la otra mal por ambos contendientes. Uruguay recuperaba bien la pelota, pero sus pretendidos sistemas de conexión y ataque no funcionaban porque nunca quedaba el espacio para inyectarse y salir libremente. Se advertía una situación forzada, mandada por el pizarrón, pero no tan estudiada o espontánea como marca nuestra historia reciente.

Mientras tanto, los argelinos eran muy bien neutralizados por la trascendente escuela de marca de los uruguayos; esa herencia que no llegó con Marcelo Bielsa, sino que se fue desarrollando a lo largo de generaciones desde los más antiguos defensas que, seguramente, tuvieron su punto culminante en el Mariscal José Nasazzi.

El último tercio de la parte inicial, con el omnipresente Federico Valverde haciéndolo bien en cada lugar de la cancha por el que transitó —viendo los espacios y proyectando a sus compañeros—, volvió a ser del equipo de Bielsa, que se aproximó al arco de Zidane con peligro. De todas maneras, el empate sin goles con el que se fueron a los vestuarios es el fiel reflejo de lo que pasó durante esos 45 o 48 minutos en Turín.

Buscando a Zidane

Para el inicio del complemento, el pizarrón de Bielsa mostró su primera variante obligada por el desgaste y el ejercicio de la prueba: ingresó Sebastián Cáceres a la cueva en sustitución de Ronald Araújo, quien venía de completar los 90 minutos en Wembley y los primeros 45 de esta contienda. El cambio no resintió la estructura; por el contrario, Uruguay tuvo un arranque vibrante que generó un aluvión de acciones estimulantes de ataque, devolviéndole a la celeste la propiedad de la geografía del campo.

Fue un tramo de fútbol orgánico donde la pelota empezó a circular con una fluidez que invitaba a la ilusión. Sin embargo, la veleta de Turín volvió a girar de forma eléctrica al llegar al minuto diez. En un abrir y cerrar de ojos, se sucedieron dos ataques peligrosísimos de contra, uno para cada bando. Primero fue Uruguay, con una bola muy bien concebida de derecha a izquierda que le quedó apenas pasada a Canobbio para la definición; e inmediatamente, a la vuelta de esa jugada, sobrevino un rapidísimo ataque de los argelinos que terminó en una mala resolución de Aouar cuando tenía el gol de cara al arco de Sergio Rochet.

Apenas un minuto después, en ese vértigo de ida y vuelta, se produjo otra gran contra de la oncena oriental. El omnipresente Federico Valverde —quien se va convirtiendo en esa figura determinante absoluta, tal como lo fue Luis Suárez en la década pasada— condujo la transición con maestría y puso un pase-gol milimétrico para Giorgian de Arrascaeta. El Cocho se barrió en el piso, pero la definición se fue caprichosamente por encima del travesaño, dejando el grito atragantado en la garganta uruguaya.

El ingreso de Darwin Núñez para jugar los últimos 25 minutos incrementó la sensación de peligro real. El artiguense se conectó de buena manera con De Arrascaeta, dándole un peso específico al área que Argelia empezó a sentir como una amenaza física constante. Sin embargo, sobre el cierre, la línea media uruguaya empezó a dar notorias señales de cansancio de derecha a izquierda, fundamentalmente en la presencia de un extenuado Manuel Ugarte.

Esa merma física en el eje permitió transiciones ofensivas más cómodas para los zorros del desierto, que terminaron asediando el arco de Rochet en los minutos finales. El empate sin goles termina siendo el sello de un partido intenso, donde Uruguay demostró que aún no se desenvuelve como quiere Bielsa y no logra mandar en el campo, pero donde también quedó claro que, en el fútbol de élite, en el partido a partido, es necesario encontrar un tono propio que genere mejores expectativas.

La identidad no se negocia

Un apunte tal vez impertinente, en el sentido más literal de la no pertenencia, pero tan lleno de esa subjetividad necesaria que solo puede tener una crónica o una crítica especializada en fútbol. No debo, ni quiero, obviar mi apreciación personal: esa camiseta azul de Uruguay, con trazos fulgurantes más dignos de un buzo de superhéroe que de nuestra historia, me desagrada profundamente.

Debemos aclarar, sin embargo, que no se trata de una discusión superficial ni de una simple posición estética o de diseño. Las camisetas que representan a los países significan, por lo general, mucho más que una prenda de un determinado color. En el caso específico de Uruguay, se generó a través de la celeste una marca identitaria que, sin dudas, fue uno de los pilares de la uruguayez. No se pueden —o no se deben— realizar, por evolución o involución, cambios que en absoluto tengan que ver con ese símbolo. Son situaciones que, más allá de lo financiero, de lo comercial y de la supuesta evolución tecnológica de las telas, deben ser cuidadas como se cuida el patrimonio.

Es un diseño de oficina que se divorcia de nuestra fe de bautismo y agrede la vista de quien busca la sobriedad histórica. Pero en el fútbol, por suerte, la pelota no sabe de marketing estridente. Una vez que el juez dio la orden y el cuero empezó a rodar sobre el césped del Allianz Stadium de Turín, el disfraz pasó a un segundo plano para darle lugar al juego, a ese ajedrez táctico que tanto gusta desmenuzar.