El jueves, exactamente a las 21.46 hora uruguaya, me transformé, junto a más de 18.000 amigos anónimos de internet, en uno de los dueños de la constitución de Estados Unidos. Sí, no es ni una broma ni una metáfora. Formé parte (y sigo formando) de un grupo coordinado de forma online que en apenas seis días recaudó más de 46 millones de dólares para comprar una de las últimas copias originales de la Constitución de Estados Unidos que seguía en manos privadas. Fue en una subasta de Sotheby’s, la famosa compañía dedicada a la venta de artículos coleccionables.

Esa era la columna que pensaba escribir. Una historia de épica democrática en la que un grupo de integrantes, desconocidos y anónimos, unían fuerzas para adquirir uno de los artículos más emblemáticos de la democracia occidental, mediante una resignificación digital del símbolo que representa la frase “We The People” en la cultura estadounidense. Pero perdimos, y esta es la columna que no pensaba escribir: la historia del mejor fracaso del mundo. Pero antes de contarles el fallido desenlace, empecemos por el principio, y eso supone responder la siguiente interrogante: ¿cómo un grupo de personas, que nunca se vio, que no se conoce y que no tiene una relación mutua de confianza, puede coordinarse para intentar lograr algo semejante? La respuesta descansa en una sigla: DAO.

¿Qué es un DAO?

El internet ha evolucionado, y esa evolución ha venido marcando a la raza humana. Una de las cosas que distingue al humano es la capacidad de comunicarse, que no es ni más ni menos que la capacidad de transmitir información de manera precisa y veloz. La historia del internet es conocida y ha sido descrita por personas mucho más calificadas a tales efectos que este humilde servidor, desde el nacimiento como herramienta gubernamental y académica, hasta las aplicaciones tan adictivas que hoy desafían nuestra socialización y también nuestros mecanismos democráticos.

La evolución del internet, que tiene como punto cúlmine a las empresas y las aplicaciones que hoy todos conocemos, es lo que en la jerga se conoce como Web2 o Web 2.0. La nueva frontera, posibilitada por el desarrollo de las criptomonedas, y en particular por el protocolo de Ethereum que permite desarrollar aplicaciones descentralizadas (Dapps),1 dan nacimiento a la denominada Web3, y con ella a nuevos mecanismos de comunicación, intercambio de información y transacciones. Uno de estos mecanismos es justamente el de los DAO’s que hoy nos ocupan. En concreto, DAO significa Decentralized Autonomous Organization, que, en su traducción literal, significa una Organización Autónoma y Descentralizada. Para entender mejor el concepto, vamos a ir desagregando cada una de las palabras.

1) Primero, el DAO es una organización y tiene, como tal, roles diferenciados, un conjunto de reglas de comportamiento, un objetivo común, y hasta desarrollos más sutiles, como pueden ser chistes internos, un determinado lenguaje o también enemigos comunes. En particular, en ConstitutionDAO existen canales de comunicación específicos para el marketing y prensa de la organización (donde contribuyo ocasionalmente), un canal específico de debate legal y financiero, un canal de música, de discusión política, entre otros. Respecto a las reglas, se prohíbe explícitamente la homofobia, xenofobia, bullying, racismo, sexismo y cualquier tipo de discurso de odio. No respetar eso deriva en la expulsión del grupo. En este momento, esta comunidad cuenta con más de 18.000 miembros, comunicados mediante una plataforma de mensajería llamada Discord (una app no muy diferente a WhatsApp que es muy utilizada también en la comunidad gamer y que permite organizar grupos en diferentes servidores).

2) Segundo, el DAO es una organización con autonomía. Al contribuir al DAO uno recibe tokens, que son una especie de moneda propia de la comunidad.2 El token de esta comunidad (ConstitutionDAO) se llama People, en honor al famoso pasaje de la constitución americana “We The People”. Esta moneda interna de la comunidad sirve para verificar la pertenencia a la comunidad y participar en las votaciones que definen las reglas del grupo y en las decisiones económicas, de gestión y logísticas. Una de las cuestiones que está en discusión, por ejemplo, es qué hacer con la Constitución de Estados Unidos una vez adquirida.

Pese a que la posición mayoritaria definida apunta a “prestársela” a un museo para que la exponga con entrada abierta y gratuita al público, cuando la votación ocurra cada uno hará valer sus tokens para manifestar su postura en un mecanismo de decisión cuasidemocrático y enteramente online. En mi opinión, este es el potencial principal de los DAO’s: funcionan como mecanismo de resolución verificable, mediante blockchain, inmediato y completamente online. Este mecanismo puede ser usado con diversos fines. Por ejemplo, puede servir al extravagante fin de comprar la constitución de Estados Unidos, como intentamos hacer, pero también sirve para coordinar las transacciones de un fondo de inversión o cualquier tipo de comunidad online.

Este mecanismo tiene tanto potencial que está despertando el interés entre los inversores más prestigiosos del mundo. En octubre, el fondo Andressen Horowitz lideró una ronda de 10 millones de dólares en uno de los DAO’s más famosos: Friends With Benefits (FWB). Hace menos de un mes, PleasrDAO adquirió un disco único de colección del conocido grupo de rap americano Wu Tang Clan por 4 millones de dólares, y la semana pasada, el Ethereum Name Service se transformó en un DAO y regaló a sus usuarios más de 2 mil millones de dólares en tokens: personas que simplemente habían comprado un dominio .eth fueron recompensadas por la organización, recibiendo como regalo a hasta decenas de miles de dólares, simplemente por su apoyo y participación temprana en el proyecto.

3) El tercer aspecto del DAO es la descentralización. Si son seguidores del tema, la habrán escuchado por doquier. Uno de los aspectos principales del movimiento Web3, tanto técnico como ideológico, es la descentralización. El aspecto técnico obedece a que todas las aplicaciones que conforman esta “nueva internet” están desarrolladas sobre protocolos descentralizados, como Ethereum u otras alternativas como Solana. Esto genera una dinámica nueva, donde los usuarios de una aplicación o comunidad, al tener sus tokens, se transforman en cuasi copropietarios. Para entender un poco más imaginate ese café o librería que tanto te gusta, pensalo y acordate de por qué te hace sentir tan bien. Su tradición, el servicio, el librero, el ambiente, lo que sea. Ahora imaginá que vos, por ser habitué del establecimiento, pudieras ganar dinero (sin sacárselo al comercio) simplemente por el hecho de ser su fan. ¿No difundirías más el lugar? ¿No te sentirías más parte? ¿No estaría el dueño más contento por recompensarte y por la publicidad gratis que le vas a hacer? Bueno, esa es la clave de Web3.

El internet que conocemos (Instagram, Twitter, Facebook, Meta, etcétera) nos garantizó distribución. Distribución masiva de ideas, de arte, de todo lo que posiblemente pudiera ser distribuido dentro (y en algunos casos fuera) de los términos y guías de cada uno de los servicios. Sin embargo, el mecanismo de monetización siempre fue altamente asimétrico y, honestamente, un poquito perverso. Las plataformas más generosas, como Spotify, hacen un acuerdo y entregan determinado porcentaje de los ingresos generados por los artistas hacia ellos. ¿Es poco? Sí, pero al menos hay un mecanismo de retribución establecido. Otras plataformas, como Twitter o Instagram, directamente esperan y demandan nuestro trabajo duro (porque, sí, querido lector, crear contenido es trabajo) a cambio de corazones rojos, deditos azules para arriba y la promesa, siempre vaga, de “exposición”. Lo que permite Web3 es justamente monetizar esa distribución de una manera mucho más efectiva y recompensando a la comunidad de fans, sean de un artista, de un servicio o de un producto.

Vamos a comprar la constitución de Estados Unidos, ¿querés sumarte?

Me encantaría decir que recibí un mensaje así, pero ni soy tan importante ni tengo ese tipo de amigos (si usted, querido lector, se embarca en este tipo de aventuras bizarras le pido que me escriba). La realidad es que encontré la comunidad en base a un tweet, en uno de esos momentos de scrolleo con el cerebro apagado. Decidí sumarme y ver qué tal. En ese momento éramos menos de 5.000 personas en la comunidad y todavía no se había abierto la posibilidad de contribuir con dinero; solo había un formulario de Google, para responder con cuánto querías contribuir, y gente debatiendo los aspectos legales y filosóficos de una gesta que parecía inalcanzable: reunir el capital necesario para comprar una de las únicas dos copias originales de la constitución estadounidense que quedan en manos privadas. También había memes, el mecanismo de socialización por excelencia del internet; y había muchos.

Como yo, otros fueron entrando a la comunidad y el asunto comenzó a intensificarse a medida que se abrió la posibilidad de contribuir y todos empezaron con sus donaciones. Salimos en la prestigiosa revista Forbes3 y empezábamos a hablar en primera persona del plural sin darnos cuenta. Se había formado una comunidad de amigos desconocidos y anónimos, que se ayudaban mutuamente y empujaban parejo para lograr esa hazaña. Llegamos a 20 millones de dólares, luego a 30 millones de dólares, y luego no podíamos dormir. Sentíamos que teníamos un raro privilegio, el privilegio de protagonizar, de manera consciente, un hecho histórico y de gran importancia simbólica y cultural; comprar la constitución de los Estados Unidos, nada más ni nada menos.

El día de la verdad

Hasta que un día llegó el momento de la verdad, el día de la subasta. Se cortaron las contribuciones y un equipo se preparó para ir a la casa de Sotheby’s, mientras el resto de la comunidad lo seguía por internet desde un sinfín de países. Éramos menos de 20.000 personas, pero éramos un universo efervescente.

Cuando comenzó formalmente la subasta, comenzaron los problemas. Primero, no sabíamos quién pujaba por nosotros. Sí, es insólito. Entre desconocidos de todo el mundo logramos coordinar y acumular más de 40 millones de dólares en menos de una semana, pero no pensamos en quién iba a pujar por nuestra oferta en la subasta. La realidad supera la ficción.

Cuando terminó la subasta, la Constitución estadounidense se vendió por 42,3 millones de dólares. Cayó el martillo y se produjo un descontrol: ¿ganamos? ¿perdimos? Nadie lo sabía hasta que apareció el mensaje oficial. Habíamos perdido. Sin embargo, pese al gusto amargo, habíamos hecho historia: fue la campaña de recolección de fondos más grande y rápida de la historia. También fue la primera vez que la casa de subastas Sotheby’s trabajó con un DAO y que aceptó ofertas en $ETH (el token que representa el ya mencionado protocolo Ethereum). Los tiempos están cambiando.

Al día de hoy, y entre sentimientos ambiguos, estamos en el proceso de devolución de los fondos. Cada contribuyente va a volver a recibir el dinero que había puesto y se votará para definir el futuro del DAO: ¿se disolverá la comunidad? ¿cambiará el objetivo? La mayoría decidirá. Por lo pronto, nos vamos sin la constitución, pero con el pecho hinchado de certeza: la certeza de que la cultura, las comunidades digitales y los mecanismos de inversión cambiaron para siempre.


  1. De las que hablábamos en esta columna: “DeFi: Guía para la cosmopista financiera” 

  2. De acuerdo a un esquema de contribución previamente establecido. 

  3. “What Is A DAO—And Why Is One Trying To Buy The U.S. Constitution?” (Revista Forbes).