La semana pasada se celebró “Estocolmo +50: un planeta sano para la prosperidad de todos - nuestra responsabilidad, nuestra oportunidad”, un encuentro de las Naciones Unidas para conmemorar los 50 años de la primera conferencia mundial sobre el medioambiente: la Conferencia de Estocolmo de 1972.

También por estas fechas se cumplió medio siglo de la publicación de Los Límites del Crecimiento, un disruptivo estudio liderado por Donella Meadows que ya advertía de los impactos del crecimiento económico sobre la trayectoria de los sistemas naturales en base a los primeros modelos de sistemas dinámicos aplicados en esta materia. Hoy, con el diario del lunes, podría argumentarse que en materia ambiental hemos pasado los últimos cincuenta años “dibujando Dieguitos y Mafaldas”.

Medio siglo de urgencias, disimulos y rutinas

Desde 1972 a la fecha han pasado numerosas conferencias, convenciones, encuentros y acuerdos en materia ambiental. Sobre todo, han abundado los discursos y los eslóganes derivados de estos. Actualmente estamos navegando la “década de la acción” con rumbo hacia el faro de los Objetivos del Desarrollo Sostenible en el marco de la esperanzadora Agenda 2030. Sin embargo, las advertencias que originan tanta creatividad no son novedosas y dan lugar a la pregunta; ¿qué tan efectiva ha sido la agenda ambiental en el último medio siglo? En este sentido, el riesgo de los análisis contrafácticos es demasiado alto como para asumirlo. Al menos por estos tibios autores. La seguridad de la evidencia científica acumulada, por otro lado, es un lugar bastante más cómodo para abordar esta pregunta.

El ejercicio no es sencillo. Las ciencias ambientales son un lugar complejo donde convergen muchas disciplinas y habitan variadas interpretaciones de una gran cantidad de información, imposible de sintetizar en un artículo de prensa. Sin embargo, algunos de los datos más relevantes y actuales podrían ayudar a dimensionar la fracción del iceberg que quedará bajo el agua en estas líneas, y que parece pasar indiferente también por el grueso de las decisiones en materia de desarrollo.

Apenas dos semanas antes del encuentro Estocolmo +50 se publicó el informe anual del estado global del clima de la Organización Meteorológica Mundial correspondiente al año 2021.1 En línea con el último reporte del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, este informe es un desfile de luces rojas en relación al sistema climático. En breves, el informe confirma que las concentraciones de gases de efecto invernadero, principales responsables del calentamiento global, alcanzaron nuevos máximos históricos en 2020 y habrían continuado creciendo en 2021 y 2022 según datos preliminares. En la misma línea, el informe advierte que los últimos siete años (2015-2021) fueron los más cálidos desde que se tienen registros.

El contenido de calor en el océano, principal reservorio del exceso de energía en el planeta, alcanzó un nuevo récord en 2021, y la tasa de calentamiento viene mostrando un fuerte crecimiento en los últimos veinte años. Además de calentarse, el océano continúa en un proceso de acidificación derivado de las emisiones de dióxido de carbono, también con registros récord en los últimos años y tasas de cambio sin precedentes en los últimos 26.000 años. El nivel medio del mar a escala global también marcó un récord histórico, siguiendo un aumento promedio de 4,5 mm por año en la última década, más del doble de la tasa de aumento observada en la década del 90, tan solo 30 años atrás.

La lista de los impactos observados sobre el sistema climático es muy larga; pérdidas aceleradas de masas de hielo polares y glaciares, olas de calor sin precedentes en América del Norte, el Mediterráneo y Asia central, inundaciones severas en China y Europa, sequías extendidas con impactos devastadores en África, Asia, América del Norte y Sudamérica y un largo etcétera. La lista es tan extensa como bien documentada, y tiene algunos hitos curiosos en el último tiempo, como el registro de la primera precipitación en estado líquido en la Summit Station, la estación de investigación ubicada en el punto más alto de Groenlandia. En un segundo nivel están los severos impactos derivados sobre las poblaciones, los medios de subsistencia, los sistemas productivos y los ecosistemas: pérdida de vidas, afectaciones sanitarias, pérdida de patrimonios culturales, escasez de recursos básicos como el agua, inseguridad alimentaria, pérdidas productivas multimillonarias, afectación a infraestructuras, desequilibrios ecosistémicos y otro largo etcétera.

En materia de biodiversidad, el escenario no es mucho más alentador. La biodiversidad es bastante más que osos polares, ballenas y koalas. Incluye las relaciones ecosistémicas, la diversidad de especies y la variabilidad genética, acervos invaluables de riqueza natural y custodios de los servicios ecosistémicos de los que depende nuestra vida (abastecimiento, regulación, apoyo y cultura). La biodiversidad también son las variedades hortícolas locales, las especies endémicas de polinizadores y la riqueza genética de los pastizales del Río de la Plata. Mucho menos potentes para una campaña de marketing, pero igualmente importantes.

Según el último reporte de la Plataforma Intergubernamental sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES)2 “hoy más que nunca un mayor número de especies están en peligro de extinción a nivel mundial como resultado de las actividades humanas”, con tasas de extinción decenas de veces superiores a la media de los últimos diez millones de años. El reporte reconoce además que “a nivel mundial están desapareciendo variedades locales” y que “esta pérdida de diversidad, incluida la diversidad genética, plantea un grave riesgo para la seguridad alimentaria global”, motivo de preocupación creciente en los últimos meses. Asimismo, el reporte advierte que “durante los últimos 50 años, los impulsores directos e indirectos de los impactos sobre la biodiversidad se han acelerado”, con el cambio en los usos del suelo como principal motor de cambio.

Con los datos sobre la mesa, ya bien entrada la década de la acción, es evidente que la agenda ambiental ha sido paralela, o en el mejor de los casos ha estado subordinada a una agenda económica que casi siempre es contrapuesta. Los ejemplos recientes sobran; la guerra entre Rusia y Ucrania desató una avidez renovada por combustibles fósiles (al menos en el corto plazo), Uruguay suavizó el golpe económico de la pandemia ayudado por ventas extraordinarias de electricidad a Brasil generadas por la quema de gasoil en Central Batlle y Punta del Tigre, Alemania ha pospuesto su reglamentación de rotación de cultivos para paliar la escasez de trigo global consecuencia de la guerra y la ola de calor en India, y los ejemplos siguen. Lo más interesante es que en muchos de estos ejemplos el propio deterioro ambiental es causa central o elemento amplificador de los problemas. De hecho, quizás lo más novedoso en los últimos años es la revelación implacable de la magnitud que el deterioro tiene sobre la agenda de desarrollo enfocada en el crecimiento. No dar cuenta de ello en su real dimensión profundizaría las omisiones de los últimos 50 años.

Medio siglo de príncipes azules3

“El crecimiento es uno de los objetivos más estúpidos jamás inventados por una cultura, hemos de decir suficiente. Cada vez que escuchemos que el crecimiento resolverá un problema, deberíamos cuestionar siempre: ¿crecimiento de qué?, ¿y por qué?, ¿y para quién?, ¿y quién paga el coste?, ¿y cuánto tiempo puede durar?, ¿y cuál es el costo para el planeta?, ¿y cuánto es suficiente?”. Estas declaraciones de Donella Meadows, pronunciadas en una conferencia en la Universidad de Michigan en 1999,4 seguramente hagan transpirar a más de un economista ortodoxo.

Sin embargo, no están muy alejadas de las preocupaciones que planteó el propio Simon Kuznets en 1962, veinticinco años después de haber presentado él mismo, ante el Congreso de Estados Unidos, la formulación del PIB como una herramienta de medición de la producción económica de ese país: “Hay que tener presentes las distinciones entre la cantidad y calidad del crecimiento, entre sus costes y rendimientos, y entre el corto y el largo plazo [...]. Los objetivos deberían ser explícitos: las metas de más crecimiento deberían especificar más crecimiento de qué y para qué”.5

Podría decirse que estas preocupaciones del creador del PIB no tuvieron mucho eco. Por aquellos años, en plena “edad de oro del capitalismo”,6 el uso extendido de las técnicas de cuentas nacionales estandarizadas a nivel internacional, el surgimiento de modernas teorías para explicar el crecimiento y sus factores determinantes en el largo plazo (como las formuladas por Solow y Swan en 1956), y las herramientas políticas keynesianas habían convertido el crecimiento en la principal responsabilidad (y obsesión) de los gobiernos. Con ello, se había terminado de asentar la narrativa de desarrollo que equipara el progreso social y económico con aumentos sostenidos en la producción.

Dentro de la teoría económica, quizás nada resume mejor esta narrativa que el trabajo de Walt W. Rostow de 1960, “Las etapas del crecimiento económico”.7 Emulando a una aeronave, este “manifiesto no comunista” postula que el crecimiento ocurre en cinco etapas básicas: detenida en la pista, la aeronave se encuentra en la etapa 1 de la “sociedad tradicional” caracterizada por la casi total dependencia del sector primario. Al satisfacer las “condiciones previas al despegue” (etapa 2), ya está lista para el “despegue” (3) y el viaje “rumbo a la madurez” (4) que deriva en el “alto consumo masivo” (5), el período de comodidad contemporáneo que ofrecen muchas naciones occidentales, caracterizado por una base industrial de la economía y un consumo generalizado y normativo de bienes duraderos.

Un lector perspicaz notará que a este viaje parece faltarle una etapa esencial. ¡Es que el avión de Rostow vuela indefinidamente! A su modo, el mismo autor entendió en su obra el rumbo inconcluso de su viaje, señalando tímidamente que “la cuestión que se plantea más allá, de la que la historia solo nos ofrece fragmentos: ¿qué hacer cuando el incremento de la renta real por sí mismo pierde su encanto?”. Sería difícil juzgar a nuestro piloto por haber dejado esta pregunta sin responder, considerando que, por esta obra, Rostow sería reclutado por el propio J. F. Kennedy para colaborar como asesor en su campaña presidencial de 1960 y acabaría ocupando durante esa década diversos cargos en la Administración Pública.

Correlación o causalidad, la institucionalización del crecimiento económico como principal responsabilidad de los gobiernos en las décadas de 1950 y 1960 coincide con el inicio de lo que los científicos acuerdan en llamar la “Gran Aceleración”, el período de las alteraciones más profundas y veloces sufridas por el clima y el medioambiente en la historia de la humanidad. Desde 1950, el PIB global se multiplicó por diez en términos reales y un habitante promedio de este mundo es cuatro veces más rico que a mediados del siglo pasado. La evidencia empírica sugiere que esta expansión económica estuvo asociada a múltiples avances en distintas dimensiones de desarrollo, tales como la esperanza de vida, salarios reales, salud y reducción de la pobreza. La evidencia también sugiere que, para lograrlo, posiblemente hemos hipotecado una buena porción de prosperidad futura.

En este contexto y quizás como nunca, el paradigma del crecimiento económico infinito se encuentra bajo una profunda interpelación, principalmente en los países de renta elevada. Podríamos decir que algunos pasajeros del avión de Rostow quieren seguir volando, otros creen que ya es hora de aterrizar, y un tercer grupo considera que la discusión no debería centrarse necesariamente en el aterrizaje.

Foto del artículo 'Estocolmo +50: medio siglo dibujando Dieguitos y Mafaldas'

¿Cómo completar el plan de vuelo?

Los miembros del primer grupo (entre quienes figuran la ONU, el Banco Mundial, el FMI, la OCDE, el Foro Económico Mundial y la Unión Europea), los partidarios del “crecimiento verde inclusivo”, reconocen que el crecimiento exponencial de la economía a expensas de la extracción indefinida de recursos naturales es imposible. Sin embargo, sostienen que el crecimiento del PIB puede lograrse al mismo tiempo que se “desacopla” de sus impactos ambientales a través de cambios tecnológicos (ejemplo, energías renovables) y organizacionales (ejemplo, economía circular) que permitirían “desmaterializar” la producción y el consumo. Dentro de este grupo hay quienes consideran también que la idea de crecimiento se encuentra tan arraigada en lo que la sociedad entiende por una economía exitosa, que es un “suicido” político argumentar en su contra, lo cual lo vuelve inviable desde el punto de vista práctico. Se apunta entonces a cambiar la composición de la producción y el consumo para reducir el impacto ambiental y lograr mayor inclusión y equidad social, pero sin renunciar al crecimiento.

Estos argumentos no son convincentes para el segundo grupo de pasajeros, los partidarios del “decrecimiento”, un movimiento político, económico y social cuyo origen ha sido relacionado con el matemático, estadístico y economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen. Desde este movimiento, que incluye a teóricos de áreas diversas como la filosofía, la ecología política y la economía ecológica, se argumenta que por más “verdes” que sean las formas de producción y consumo, estas nunca podrán llegar a “desmaterializarse” completamente y tarde o temprano el crecimiento deberá detenerse. Con una posición explícitamente anticapitalista, los defensores del “decrecimiento” proponen que es hora de patear la estantería: la obsesión por el crecimiento es la fuente de todos los males de la cultura occidental, no sólo como fenómeno económico sino también como paradigma de pensamiento. Solo abandonando las relaciones desiguales entre el capital y el trabajo y el sistema “depredador” que nos gobierna se puede lograr la igualdad y bienestar social y preservar la salud del ecosistema global dentro de los límites planetarios. Así, por más que se la pinte de “verde”, cualquier estrategia que tenga al crecimiento como un pilar fundamental es en última instancia un engaño y solo retrasa la acción para la transformación total del sistema socioeconómico.

En síntesis, si bien los partidarios del “decrecimiento” reconocen que los países de ingresos bajos y medios aún necesitan del crecimiento económico para sacar a una buena parte de sus ciudadanos de la pobreza, en los países de renta elevada ha llegado el momento de iniciar una reducción en los niveles de consumo y producción y fijar la prioridad en alcanzar una sociedad justa y ecológicamente sostenible. La contracción del PIB no es el fin en sí mismo, pero sí la consecuencia inevitable de seguir este curso de acción.

Nuestro tercer grupo de pasajeros mira para un lado y para el otro, escucha, se toma la cabeza, y suspira. Son los afines al “poscrecimiento”, entre quienes contamos con los economistas Tim Jackson, Kate Raworth y Jeroen C. J. M. van der Bergh. Ellos tienen el deseo de escapar de lo que creen es una discusión infértil a favor y en contra del crecimiento. Proponen que el crecimiento no debe ser el centro de la discusión, dado que este no tiene una correlación infalible con las dimensiones sociales y ambientales. Todo depende de qué es lo que crece, qué es lo que se contrae, y cómo se organizan la producción y el consumo. En su libro “Economía Rosquilla”,8 la economista Kate Raworth la describe como una posición de “agnosticismo frente al crecimiento”: se apunta a diseñar una economía que busque resultados ambientales y sociales sustantivos, juzgando el progreso a través del uso de indicadores que midan el logro de esos resultados y no el nivel de producción agregada, sin importar si el resultado final es el crecimiento o la contracción del PIB.

Si bien el paradigma de poscrecimiento es relativamente reciente, se entrelaza curiosamente con el concepto de “estancamiento secular”, un término acuñado por el economista Alvin Hansen en el contexto de la Gran Depresión de los años 1930 y revivido por el exsecretario del Tesoro de Estados Unidos Larry Summers en la última década. Es que, desde la crisis financiera de 2008, las economías occidentales han estado experimentando tasas de crecimiento mucho más bajas que en el pasado, y es probable que ello se sostenga en el futuro. En este contexto, los afines al poscrecimiento ven una ventana de oportunidad para persuadir a los principales economistas y políticos, que ya se están acostumbrando a la idea del bajo crecimiento, para que se concentren en perseguir resultados ambientales y sociales deseables. Ello conlleva alcanzar la “independencia del crecimiento”, es decir, la posibilidad de alcanzar la prosperidad a través de medios alternativos al crecimiento económico.

El debate ya está en marcha. Con o sin aterrizaje, y sea cual sea la ruta que se tome, repensar nuestra fijación en el crecimiento económico y en la incesante expansión de la demanda agregada como el medio para alcanzar el bienestar es, evidentemente, una tarea impostergable. Con ello, una incógnita fundamental queda por ser revelada. ¿Está lista la sociedad occidental para renunciar a su relación de abuso de los sistemas naturales por un arreglo diferente, uno en el que se pueda vivir en armonía con ellos? ¡Compremos los boletos, pasajeros! Porque como escribe Raworth, “revertir el dominio cultural y financiero del consumismo en la vida pública y privada será uno de los dramas psicológicos más apasionantes del siglo XXI”.


  1. The State of the Global Climate 2021. World Meteorological Organization. 

  2. The Global Assessment Report on Biodiversity and Ecosystem Services 2019. The Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services. 

  3. Además de las referencias específicas donde corresponde, el contenido relacionado con “crecimiento verde”, “decrecimiento” y “poscrecimiento” está basado en el trabajo de Likaj, X., Jacobs, M. y Fricke, T. (2022). “Growth, Degrowth or Postgrowth? Towards a synthetic understanding of the growth debate”. Forum for a New Economy, Basic Papers. 

  4. Meadows, D. (1999). “Sustainable Systems”, conferencia en la Universidad de Michigan, 18 de marzo de 1999. 

  5. Kuznets, S. (1962). “How to judge quality”, The New Republic, vol. 147, Nº16. 

  6. Período histórico transcurrido entre el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y la crisis del petróleo de 1973, caracterizado por niveles altos y sostenidos de crecimiento económico y productividad en el mundo en general, y en Estados Unidos en particular. 

  7. Rostow, W. W. (1960). “The Stages of Economic Growth: A Non-Communist Manifesto”. Cambridge at the University Press. 

  8. Kate Raworth (2018). Economía Rosquilla: 7 maneras de pensar la economía del siglo XXI. Ediciones Paidós.