A pesar de que ya pasó un lustro desde el inicio de la pandemia, y de que resta un lustro por transitar antes de alcanzar el umbral terminal que imponen los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), la situación es alarmante en varias de las dimensiones que se consideran bajo este encuadre.
En particular, la inseguridad alimentaria permanece en niveles alarmantes, principalmente en África. De acuerdo con los últimos datos compilados por el Banco Mundial, se estima que 61,6 millones de personas padecen este problema en África oriental, y se proyecta que casi 50 millones más serán alcanzadas por esta situación en los próximos años, producto de la multiplicidad de crisis que se retroalimentan cada día.
Además de las consecuencias del cambio climático, de los conflictos armados, del bajo crecimiento y de los escasos márgenes de maniobra con que cuentan los gobiernos para mitigar la situación de los más vulnerables, la inflación de los alimentos no ha descendido y continúa ubicándose en niveles elevados, pese a la moderación de los precios que ha tenido lugar los últimos dos años.
En ese sentido, la inflación de los precios de los alimentos superó la inflación general en el 56% de los 164 países que aportan datos a las bases del organismo. Según la última actualización de las estadísticas, la inflación de los alimentos es superior al 5% en el 74% de los países de bajos ingresos, en el 52% de los países de ingresos bajos y medianos, y en el 38% de los países que son categorizados como economía de ingresos medios y altos.1
Estas cifras representan un empeoramiento de la situación con respecto a los últimos meses, dado que los precios de los productos agrícolas se han incrementado, en promedio, entre 3% y 6%. Al interior de este universo, las situaciones son muy dispares. A modo ilustrativo, y alejando un poco más el punto de referencia, desde enero de 2020 los precios del maíz aumentaron 27%, los del trigo bajaron 2% y los del arroz subieron 14%. En el caso puntual del maíz, los precios de exportación se sitúan actualmente en el nivel más alto de los últimos 15 meses, como consecuencia de las restricciones de oferta.
En el marco de la crisis que afecta al funcionamiento del sistema multilateral, atravesado por las tensiones geopolíticas y las medidas proteccionistas, sólo el 3% del volumen total destinado al financiamiento para el desarrollo (aproximadamente 6.300 millones de dólares) tiene como destino el sector alimentario, una proporción que podría continuar comprimiéndose si se mantiene la tendencia inercial que viene caracterizando su evolución en los últimos años.
Datos alarmantes
El problema de la malnutrición
Según se desprende del último informe sobre el Estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, 733 millones de personas sufrían malnutrición al cierre de 2023, lo que implica un incremento equivalente a 152 millones versus el umbral prepandemia.2
El problema del “hambre oculta”
Del mismo reporte surge que el incremento de los precios de los alimentos y la profundización de los problemas socioeconómicos han provocado que cerca de 2.800 millones de personas no puedan acceder a una dieta saludable, lo que se conoce como “hambre oculta”.3
El problema de la pobreza extrema
Más allá del descenso de los precios que exhibieron los alimentos desde el pico que se produjo tras el inicio de la guerra en Ucrania, aquel shock arrastró a millones de personas hacia una situación de indigencia de la que no han logrado escapar desde entonces. A este respecto, se estima que, desde 2022, cada incremento del 1% en los precios de los alimentos empuja a cerca de diez millones de personas a la pobreza extrema, dejando al desnudo la situación de vulnerabilidad que padecen ante las fluctuaciones de estas variables, por más bajas que sean.
El problema de la ineficiencia
A todo lo anterior deben sumarse los crecientes costos que implican las ineficiencias y fallas de mercado que atraviesan al sistema alimentario mundial, que además se han venido agravando producto de la incertidumbre institucional que golpea los cimientos de la arquitectura multilateral. En ese sentido, una investigación de la Universidad de Oxford y de la London School of Economics estima que estas disfuncionalidades implican costos ocultos estimados en aproximadamente diez billones de dólares al año.4
El problema de los liderazgos
Otro de los problemas que subraya el Banco Mundial refiere a la ausencia de iniciativas ambiciosas para cortar la inercia que es inherente a estas problemáticas interconectadas. En concreto, las proyecciones de este organismo sugieren que más de 950 millones de personas continuarán enfrentando el riesgo de sufrir inseguridad alimentaria grave en 2030, lo que cuantifica, parcialmente, la distancia que al día de hoy nos separa de la meta global de “hambre cero” que forma parte de los ODS.
El problema de lo que no se mide
Todas las advertencias previas, que trazan los contornos de un porvenir poco auspicioso, surgen de un análisis pormenorizado de los datos y de los sistemas de información con que cuentan los organismos internacionales y los estados. Sin embargo, uno de los grandes problemas tiene que ver justamente con la problemática de la medición.
Como advirtió hace ya unos cuantos años Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía (2001), “lo que medimos afecta lo que hacemos, y si medimos la cosa equivocada, haremos la cosa equivocada”. Mucho peor es, por lo tanto, cuando ni siquiera se mide, que es lo que sucede con las lagunas todavía existentes en el plano de la seguridad alimentaria y nutricional. A este respecto, más de la mitad de la población mundial que sufre inseguridad alimentaria vive en países que carecen de datos fiables.
En esa misma línea, varios informes alertan que cerca del 70% de la población global vive en un país que no cuenta con datos y estadísticas suficientes para llevar adelante un seguimiento sistemático sobre los avances, o retrocesos, en los ODS 1 y 2, que refieren a erradicar la pobreza y acabar con el hambre, respectivamente.