A pesar del desmoronamiento del orden mundial vigente desde la segunda posguerra y de la imprevisibilidad que supone el cúmulo de alteraciones y disrupciones que ello supone, el Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta que la economía mundial se expanda 3,3% durante este año, en línea con el ritmo de crecimiento que exhibió durante 2025 y levemente por encima de lo previsto por el organismo en octubre. Según el informe divulgado el lunes, “esta evolución firme a primera vista es producto de fuerzas divergentes, pero que se equilibran”.

Por un lado, están pesando los “vientos en contra” que supone el rebrote proteccionista y la disfuncionalidad que atraviesan los vínculos comerciales en un mundo fragmentado y convulso, una de las tantas manifestaciones del quiebre antes mencionado. Por el otro, y en dirección contraria, operan las inversiones asociadas al avance tecnológico, especialmente a la inteligencia artificial (IA), y el soporte fiscal y monetario desplegado por las principales economías, soporte que ha favorecido la “adaptabilidad del sector privado” y el mantenimiento de condiciones financieras menos desfavorables que las que prevalecerían a la luz del desorden mundial actual. Obviamente, “las perspectivas siguen expuestas a factores adversos” (no por obvio, menos trivial).

¿Burbuja tecnológica?

En primer lugar, destaca la eventual corrección financiera que podría generar la “revaluación de las expectativas acerca del aumento de la productividad relacionado con la inteligencia artificial”; es decir, el estallido de la burbuja que se ha ido generando en torno a esta tecnología y que parece comenzar a adquirir una naturaleza más sistémica que la que se estimaba meses atrás.

Dada la situación actual, un evento de esta naturaleza ya no afectaría únicamente a las empresas del sector y a los inversores de riesgo, sino que podría suponer un declive de la inversión y desatar una “corrección brusca en el mercado financiero” de alcance generalizado (según las estimaciones de varios analistas, el crecimiento reciente de Estados Unidos se explica enteramente por la incidencia de la inversión tecnológica).

Como referencia, señala el FMI, una corrección “moderada” en las valoraciones actuales de las acciones de IA (ante un resultado decepcionante de las empresas del sector), con el endurecimiento de las condiciones financieras consecuentes, reduciría el crecimiento global un 0,4% con relación al escenario base de proyección.

Caos adicional

En segundo lugar, el organismo menciona la posibilidad de que se exacerben las tensiones comerciales, prolongando la incertidumbre y generando un lastre mayor sobre la actividad mundial, al tiempo que se agudizan las tensiones sociales y políticas al interior de los países (como está sucediendo en Estados Unidos desde hace varias semanas).

Esto alteraría “la economía mundial debido a su impacto en los mercados financieros, las cadenas de suministro y los precios de las materias primas”, presionando por esa vía las finanzas públicas, caracterizadas por niveles de déficit y endeudamiento históricamente elevados.

A este respecto, el organismo advierte que “un aumento de los déficits fiscales y una deuda pública abultada podrían ejercer presión sobre las tasas de interés a largo plazo y, a su vez, sobre las condiciones financieras en términos más generales”. Esto ya está ocurriendo, y de hecho es un fenómeno que se agudizó durante las últimas jornadas producto de las intervenciones de Trump en el marco del Foro de Davos.

En efecto, el vertiginoso avance de los acontecimientos y la imprevisibilidad inherente al accionar de Trump parecen dejar rápidamente obsoletos este tipo de informes, que asumen como riesgos latentes cosas que terminan ocurriendo apenas unas semanas después de sus publicaciones. Pero bueno, esto es apenas una digresión para dimensionar el vértigo que caracteriza a este punto de inflexión histórico, descrito de forma cristalina por el primer ministro canadiense durante su intervención en Davos.

En breve, estamos “en medio de una ruptura, no de una transición”, y vamos camino a un mundo que “será más pobre, más frágil y menos sostenible”, más allá de las señales de “resiliencia” que visualiza el FMI y de los argumentos que esgrime para sostener que estamos ante una “economía firme”.