El primer ministro canadiense, Mark Carney, no se limitó a advertir de una “ruptura” en el orden internacional durante su discurso en Davos el pasado mes de enero. También esbozó una posible alternativa, y justo a tiempo. Estados Unidos ha seguido ahora los pasos de Rusia al iniciar una guerra agresiva en flagrante violación de la Carta de las Naciones Unidas. El mismo país que lideró la creación del orden actual lo está atacando ahora activamente.

¿Podría esta ruptura dar impulso a una transformación sistémica? Carney argumentó que las “potencias medias” (como Canadá) pueden “construir un nuevo orden que abarque nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados”.

Pero ¿qué podría implicar esto? El primer paso es ofrecer una evaluación honesta de los fallos y las hipocresías del orden actual. Solo entonces podremos “construir aquello en lo que decimos creer” y crear “instituciones y acuerdos que funcionen tal y como se describe”.

Algunos pueden dudar de que un grupo de potencias medias pueda llegar a ser lo suficientemente fuerte como para impedir que Estados Unidos, Rusia, Israel y, potencialmente, China y Corea del Norte utilicen la fuerza cuando y como les plazca. Pero ya conocemos muchos de los principios que hacen que el multilateralismo sea eficaz: una misión clara y recursos suficientes para llevarla a cabo, votación por mayoría ponderada y normas que se apliquen por igual a todos los miembros.

Por supuesto, una misión clara y convincente requiere una visión del mundo que queremos y que podríamos alcanzar. Como observó el teórico de la gestión Peter Drucker en 1980, el mayor peligro en tiempos de turbulencia no es la turbulencia en sí misma, sino el impulso de seguir la lógica de ayer. En lugar de seguir actuando con supuestos, objetivos y estrategias obsoletos, necesitamos una “nueva lógica” de la política global para reducir los conflictos violentos, generar una prosperidad compartida de forma más equitativa y lograr la sostenibilidad planetaria en este siglo.

Una lógica para el futuro debe reconocer la doble realidad de la interdependencia global y el pluralismo multipolar. Debe abandonar el antropocentrismo para apreciar más plenamente toda la vida en nuestro planeta. Reconocería los beneficios de una distribución más equitativa del poder y de la soberanía colaborativa. Favorecería soluciones de suma positiva y promovería una economía del bienestar humano y planetario. Y haría hincapié en la empatía estratégica por encima del narcisismo estratégico.

Tal visión atraería el apoyo de personas de todo el mundo y, sin duda, beneficiaría a las potencias medias. Al fin y al cabo, académicos, diplomáticos, expertos en política exterior y activistas llevan años pidiendo algún tipo de acción por parte de las potencias medias. Sin embargo, para ejecutarla, o incluso para empezar a planificarla, necesitamos saber quiénes son exactamente las “potencias medias”.

Wikipedia enumera 53 países que los expertos han identificado como “potencias medias” en la era posterior a la Guerra Fría. Cliff Kupchan, de Eurasia Group, define las potencias medias como países distintos de Estados Unidos y China que tienen una influencia significativa en la geopolítica, pero se centra específicamente en seis “países decisivos”: Brasil, India, Indonesia, Arabia Saudí, Sudáfrica y Turquía. En el Instituto Montaigne, el exdiplomático francés Michel Duclos se centra en las “potencias medias sin inhibiciones”, entre las que se incluyen Arabia Saudí, Turquía y la India (una “superpotencia media”).

Llama la atención que muchos de estos análisis se centren más en las potencias emergentes que en las democracias industrializadas avanzadas. Probablemente se deba a que las potencias medias europeas o asiáticas se han considerado tradicionalmente parte de la Unión Europea (UE), la OTAN o la “OTAN plus”. Además, aunque el Reino Unido y Francia no puedan rivalizar con China o Estados Unidos, sí reivindican su condición de grandes potencias como Estados poseedores de armas nucleares con puestos permanentes en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

En cualquier caso, desde la perspectiva canadiense de Carney, la mayoría de los miembros de la UE, el Reino Unido, Noruega, Suiza, Japón, Corea del Sur y Australia podrían considerarse potencias medias para algunos fines. Además, es probable que la UE se vea a sí misma como un pilar de un orden de potencias medias, al menos en términos militares.

Pero organizar iniciativas siempre es más difícil que elaborar listas. A menos que un pequeño grupo de líderes con ideas afines se comprometa plenamente, el actual “momento de las potencias medias” se perderá. Quizá el mejor enfoque sería crear un credo basado en la nueva lógica y diseñar un ecosistema institucional alineado y adecuado a los retos globales de este siglo. Otros países podrían entonces decidir si están dispuestos a sumarse.

Hay mucho en juego. Las potencias medias representan ahora una parte cada vez mayor del PIB mundial y controlan importantes recursos naturales. Además, han demostrado ser hábiles negociadores en instituciones multilaterales dominadas por un puñado de grandes potencias, y a menudo se encuentran en primera línea de las consecuencias de la turbulencia causada por los desastres climáticos, la volatilidad geoeconómica y la migración forzada.

Pero, ¿existe la voluntad política y la capacidad para una acción verdaderamente transformadora? Estados Unidos impulsó la creación de la ONU, junto con el Reino Unido, la Unión Soviética y China. Un grupo de líderes de potencias medias no puede aspirar a hacer lo mismo. Pero lo que sí pueden hacer es empezar a planificar y prepararse para una crisis lo suficientemente grande como para sacudir al mundo y llevarlo a una órbita política diferente.

Esa crisis se avecina. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, se están librando guerras híbridas de alta intensidad en dos frentes. La competencia de alto riesgo entre las grandes potencias amenaza con desencadenar un enfrentamiento más directo entre ellas. Se está produciendo una nueva carrera de armamento nuclear. El cambio climático está causando graves estragos en vidas y medios de subsistencia en todo el mundo, alimentando desplazamientos y migraciones generalizados. Las tecnologías hiperdisruptivas avanzan a un ritmo demasiado rápido incluso para que sus inventores las comprendan, y mucho menos las controlen.

La planificación que condujo a la creación de la ONU comenzó en 1941, después de que el presidente de Estados Unidos, Franklin Roosevelt, y el primer ministro del Reino Unido, Winston Churchill, firmaran la Carta del Atlántico. Eran los días más oscuros de una guerra mundial a la que Estados Unidos aún no se había sumado formalmente. No había un camino claro hacia la victoria ni hacia la construcción de instituciones, solo una visión y la determinación de que del caos podría surgir un mundo mejor y más seguro. Hoy se presenta la misma oportunidad a Carney y a cualquiera de sus homólogos líderes de potencias medias que estén dispuestos a aprovecharla.

Anne-Marie Slaughter, exdirectora de planificación de políticas del Departamento de Estado de Estados Unidos, es directora ejecutiva del think tank New America, profesora emérita de Política y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y autora de Renewal: From Crisis to Transformation in Our Lives, Work, and Politics (Princeton University Press, 2021). Stephen B Heintz es presidente y director ejecutivo del Rockefeller Brothers Fund. Copyright: Project Syndicate, 2026.