Según el último informe de perspectivas globales del Banco Mundial, la región crecerá este año 2,1%, lo que implica una desaceleración con respecto al desempeño observado durante 2025 (2,4%). Esto supone que América Latina vuelve a ser una de las regiones con peor desempeño del mundo, con una expansión marginal del ingreso per cápita.

De acuerdo con el reporte, una de las limitantes principales que conspiran contra un mayor dinamismo es la falta de inversiones, que sigue siendo baja en un contexto de alta incertidumbre (que restringe la expansión de la inversión privada) y de escasa holgura fiscal (que limita la capacidad de desplegar proyectos desde el sector público).

En el caso uruguayo, la proyección del organismo sugiere un crecimiento de 1,6% para este año, en línea con lo que se desprende de la encuesta relevada por el Banco Central entre los analistas durante marzo (última edición disponible). Para 2027, por su parte, el Banco Mundial estima una expansión de 1,9%, también alineada con la última actualización de las expectativas entre los analistas.

Uruguay: una “superestrella” que se apaga

En el capítulo que aborda la situación de la productividad, el organismo analiza el rezago relativo que experimenta la región desde mediados del siglo XIX, cuando varios países latinoamericanos contaban con niveles de ingreso comparables con los de Suecia, Finlandia, Japón, Portugal, España y Finlandia.

Sin embargo, desde aquel momento, estos dos conjuntos de economías exhibieron trayectorias divergentes: el segundo se acercó a los niveles de Estados Unidos y el primero se fue alejando cada vez más, estabilizándose posteriormente en torno al 30% del ingreso estadounidense. A modo ilustrativo, el documento señala que en 1950 Jamaica tenía un nivel de ingresos que duplicaba el de Corea.

No obstante, más allá de este dato, encuentran que es “más deprimente” la situación de Uruguay, de Argentina y, en menor medida, la de Chile, dado que estos tres países tenían, a mediados del siglo XIX, niveles de ingresos equivalentes a los de Francia y Alemania, pero en el correr del siguiente siglo se fueron estancando y terminaron convergiendo a los de América Latina.

En particular, el Banco Mundial analiza el período de industrialización por sustitución de importaciones que atravesó la región a partir de la segunda mitad de los años 60, contrastándolo con la experiencia de los llamados “tigres asiáticos”. Sobre esto, el informe indica que, si bien ambas regiones se industrializaron, las economías asiáticas nucleadas en torno a este rótulo crecieron a una tasa tres veces mayor que la de los países latinoamericanos.

En el caso asiático, el incremento de la productividad aportó entre el 30% y el 40% del crecimiento económico (el resto provino de la acumulación de factores de producción, es decir, del aumento del capital humano y físico), mientras que en la región la productividad disminuyó y redujo el crecimiento “debido a una asignación de los recursos extremadamente inadecuada e industrias ineficientes que no estaban alineadas con las ventajas comparativas de los países latinoamericanos”.

En el caso particular de China, que por aquel entonces todavía no había desplegado a pleno su abanico de reformas ni se había integrado a la economía mundial (en el marco del proceso acelerado de globalización), el fuerte aumento de las capacidades productivas encontró su sostén en la acumulación de factores, lo que también le permitió encauzar un dinamismo económico mayor que el de América Latina.

En otras palabras, por distintos caminos, las economías asiáticas lograron apuntalar sus capacidades productivas de forma pronunciada durante el siglo pasado, despegándose crecientemente de la región (los tigres por la vía de la productividad y China por la de la acumulación).