Cuando se enteró de que estaba embarazada, Esther Vivas no imaginaba que, en paralelo, empezaría a gestar también un libro. La idea surgió, en realidad, como surgen muchas obras: de la indignación. “A partir del embarazo, tomé conciencia de cómo la maternidad, un tema que es tan central para la vida de muchas mujeres, era tan invisibilizado en la sociedad”, recuerda la periodista, nacida en Barcelona. Tampoco era un tema del que se hablara mucho en los espacios de activismo feminista, dice, porque a su parecer generaba cierta “incomodidad”.

Decidió entonces investigar y escribir sobre la necesidad de promover maternidades feministas. Es decir, maternidades que rompan con los mandatos, ideales y estereotipos impuestos históricamente por el sistema patriarcal. El resultado quedó plasmado en las más de 300 páginas que componen Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad, un ensayo que llegó a las librerías españolas en marzo de 2019 y este año se reeditó para Argentina y Uruguay.

El libro no es un manual de cómo ser madre, y tampoco pretende serlo. Es, más bien, una invitación a reflexionar sobre nuevos modelos de maternidad que se desprendan del concepto tradicional que defienden “los sectores conservadores, la derecha, el capitalismo y el patriarcado”, asegura Vivas, para ir por experiencias “emancipadoras” y libres de violencias, discriminación y desigualdad. Experiencias que, además, dejen de percibirse como responsabilidad exclusiva de las mujeres, porque la maternidad –asegura e insiste– es una responsabilidad colectiva. De estos y otros temas que plantea el libro habló la autora con la diaria.

¿Qué es Mamá desobediente?

Es un grito a rebelarse contra los modelos de maternidad que nos han impuesto, generadores de culpa y de malestar. Es también una reflexión de la maternidad en clave feminista, porque es fundamental que desde el feminismo tengamos un relato propio de la maternidad en clave de derechos y de poder decidir sobre nuestros cuerpos. Lo que planteo además es una mirada política y colectiva a la maternidad, entendiendo que viene atravesada no sólo por desigualdades de género sino también por desigualdades de clase y de raza, y que, para que otra maternidad sea posible, otra sociedad es necesaria. De lo que se trata no es de idealizar o esencializar la maternidad, sino de señalar el valor social, político y económico de esta experiencia, que le ha sido negado a la maternidad. Porque ¿qué sería de las sociedades sin mujeres que gestasen, pariesen, diesen de amamantar?

Hacés un llamado a “desobedecer”. ¿A qué, concretamente?

A los ideales de madre perfecta que nos han impuesto. Por un lado, el ideal de madre sacrificada, abnegada, que no tiene otros intereses más allá de sus criaturas. Un ideal de maternidad dentro de un sistema patriarcal que quiere a la maternidad y al cuidado encerrados en casa y a cargo en exclusiva de las mujeres. Por otro lado, nos han impuesto un ideal de “supermami” que tiene que llegar a hacerlo todo, que está siempre disponible para el mercado de trabajo, que tiene un cuerpo perfecto. Este es un ideal de maternidad dentro de un sistema capitalista y neoliberal, que quiere el cuidado supeditado al mercado. Estos ideales de maternidad son inasumibles, son generadores de malestar y de culpa en las madres, y por eso creo que es tan importante desobedecer tanto a estos ideales como al mandato de la maternidad. La maternidad será una elección o no será. Por eso me gusta más hablar de madres desobedientes que tratar de analizar qué es una madre obediente. Cada madre hace lo que puede en su maternidad. No creo que se trate de juzgar a las madres, sino de apelar a una maternidad en clave emancipadora en que las mujeres nos podamos reconciliar con nuestra experiencia materna.

Hablabas de la culpa, una palabra que está muy presente en el libro. ¿Reivindicar una maternidad feminista es, también, librarnos de las culpas que nos imponen a las mujeres desde que somos niñas?

Totalmente. La culpa es uno de los elementos a eliminar en la experiencia materna, porque genera alta dosis de malestar en las madres. La culpa nos hace vivir la experiencia materna de una manera, a menudo, dolorosa o insatisfactoria. Hay que desenmascarar la culpa, porque no es fruto de nuestra práctica o de nuestra experiencia, sino de un ideal de maternidad inasumible que se establece. Nos dicen que tenemos que ser madres perfectas, pero nunca llegamos a serlo, entonces siempre nos sentimos malas madres. En realidad, el problema no somos nosotras, sino ese ideal de maternidad que es tóxico, edulcorado, y que no representa la maternidad real. A la vez, la culpa se debe también a que vivimos en una sociedad que desfavorece la experiencia materna y la crianza de tal modo que, como madres, constantemente lo tenemos todo en contra. Entonces nos sentimos culpables por no llegar a todo, por haber sufrido una cesárea, por no poder dar el pecho a demanda. Pero el problema no somos nosotras, sino un sistema que dificulta un parto respetado, la lactancia y, en definitiva, la experiencia materna. La culpa no es nuestra: la culpa es patriarcal y es fruto de esta sociedad antimaternal y antiinfancia.

“Es hora de que desde el feminismo disputemos el concepto de maternidad y de familia a los sectores más conservadores, a la derecha, al patriarcado, porque la maternidad que defienden no nos representa”.

¿Qué implica incorporar una perspectiva feminista en el análisis de las maternidades?

Implica que desde el feminismo haya un relato propio de la maternidad, implica reconciliarse con la experiencia de ser madres e implica al capitalismo. En el libro digo que la maternidad es un campo en disputa con un sistema patriarcal y unos sectores reaccionarios que se han apropiado de la maternidad. Si tú hablas de la maternidad o la defiendes, fácilmente considerarán que te sitúas en posiciones conservadoras, porque tradicionalmente defender la maternidad y la familia han sido posiciones que han defendido a ultranza los sectores de derecha y conservadores, pero lo han hecho en clave reaccionaria, negando el derecho a decidir de las mujeres. Es hora de que desde el feminismo disputemos el concepto de maternidad y de familia a los sectores más conservadores, a la derecha, al patriarcado, porque la maternidad que defienden no nos representa. La maternidad implica poder decidir sobre nuestro cuerpo, tener el derecho al aborto y también a tener criaturas. E implica promover políticas que defiendan la maternidad y acaben con las desigualdades sociales, de clase, de género. También disputarles el relato de la maternidad al neoliberalismo y al capitalismo, porque hoy en día este sistema quiere la maternidad, el cuidado y todo lo que significa la dependencia supeditados al empleo. Lo que hay que adaptar es el mercado de trabajo a la maternidad, no al revés.

“Las madres recibimos un trato muy paternalista a lo largo de nuestra gestación, durante el parto, y también a posteriori, en la lactancia y en la crianza”.

Distintos capítulos están dedicados a problematizar las experiencias que viven las mujeres durante las etapas de embarazo, parto, posparto y lactancia. En ese sentido, decís que la maternidad es “un campo plagado de discriminaciones” y violencias.

El problema es que, una vez que las mujeres nos convertimos en madres, nos infantilizan de manera sistemática y nos hacen sentir que no sabemos gestar, parir o amamantar. Constantemente todo el mundo nos da lecciones y parece que no podemos opinar sobre estos procesos. Si tú como madre tienes desacuerdos en relación a la opinión que tu obstetra o tu matrona tiene de tu embarazo, es como que no estás legitimada para opinar. Si en tu parto quieres decidir y quieres que te informen correctamente, a menudo te encuentras con muchos obstáculos. Es necesario e imprescindible una mirada feminista a la atención al embarazo y al parto, porque no se da. Las madres recibimos un trato muy paternalista a lo largo de nuestra gestación, durante el parto y también a posteriori, en la lactancia y en la crianza. Todo el mundo considera que sabe más que tú y se te cuestiona constantemente lo que haces como madre, y tiene mucho que ver con esta sociedad patriarcal que no valora el trabajo de las mujeres. También lo que vemos es que en el posparto muchas veces la mujer que da a luz es la gran olvidada. Es como que mientras las mujeres están embarazadas se las cuida y se las acompaña, pero una vez que dan a luz muchas madres expresan que no se las tiene en cuenta o se las olvida. Es como que se valora a la madre como recipiente de ese bebé, pero una vez el bebé nacido todo el mundo se olvida de la mamá y la gente sólo mira al bebé. Esto también es significativo de esta sociedad patriarcal en la cual vivimos. Esta infantilización, este paternalismo y este no poder decidir sobre la experiencia materna muchas veces lleva a que las madres reciban un trato constitutivo de violencia. Violencia física y violencia psíquica, algo que vemos en particular en el embarazo, con todas las prácticas vinculadas a lo que llamamos violencia obstétrica.

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¿Pensar en las maternidades feministas implica hablar también de aquellas mujeres que eligen no ser madres?

Sí, claro. La maternidad debe ser una elección y nunca una imposición. Se habla de que las mujeres tenemos este “instinto maternal” que nos lleva a tener que ser madres sí o sí, y esto es una construcción cultural. El instinto maternal como un instinto que te lleva a reproducirte como mujer es falso. Es verdad que hoy en día la maternidad es más una elección que en la época de nuestras abuelas y de nuestras madres, pero aun así sigue habiendo un cierto estigma que recae sobre las mujeres que no tienen criaturas. Hay un cuestionamiento sobre por qué no tienen criaturas, cuándo las van a tener, etcétera. Hay que rechazar esta mirada que ve a la mujer sólo como madre. Creo también que es muy necesario establecer alianzas entre las mujeres que somos madres y las que no lo somos, porque tanto a unas como a las otras nos infantilizan, nos tratan de manera paternalista, y creo que se trata de sumar, apoyarnos y dejar de lado esa absurda guerra entre madres y no madres, que a menudo es más resultado de intereses mediáticos que un reflejo de la realidad.

Hablar del derecho a decidir es referirse también, ineludiblemente, al derecho al aborto, que describís como “otra cara de la maternidad”.

Sí, porque el aborto, ya sea voluntario o involuntario, forma parte de nuestra sexualidad femenina y, como tal, las mujeres tenemos derecho a poder decidir sobre si queremos tener una criatura o no la queremos. Es tan importante reivindicar el derecho al aborto como el derecho a tener criaturas, e incluso reconocer el dolor tras una pérdida gestacional o un aborto involuntario, porque a menudo un aborto voluntario y uno involuntario tienen más puntos en común de los que pueda parecer a simple vista. De hecho, tanto en un aborto voluntario como en uno involuntario a menudo se culpabiliza a la mujer. Tanto en uno como en otro difícilmente se reconoce el dolor. Muchas veces en un aborto libremente elegido también hay dolor, pero en cambio se considera que no puedes sentir dolor porque tú te lo has buscado. A una mujer que ha perdido a su criatura mientras estaba embarazada tampoco se le permite ese dolor, porque se le dice “ya quedarás embarazada de nuevo”.

¿Qué pasa con las maternidades que desafían el modelo normativo de familia nuclear biparental y heterosexual?

Cada vez hay más nuevos modelos de maternidad y de familia, y por eso yo creo que es fundamental reivindicar la maternidad y la familia desde una perspectiva feminista y emancipadora. Porque la familia no puede ser sólo la que está integrada por una madre, un padre, un niño y una niña. Hoy en día, tenemos que leer a la familia y la maternidad en plural. Y cada vez hay más mujeres que tienen criaturas solas, ya sea por elección o por circunstancias específicas, y estos modelos de familia monomarental desafían al modelo tradicional de familia, en donde necesariamente tiene que haber un padre y una madre. Además, desafían este ideal conservador en el cual siempre tiene que haber un hombre presente para que haya una familia. Pues no, porque hay muchas familias en que hay básicamente una mujer. Incluso hay mujeres que deciden tener criaturas por su propia cuenta, al margen de una pareja, y aún sigue habiendo un estigma en relación a estas madres. Se las llama “madres solteras”, “madres solas”, como si criar por cuenta propia a tus hijos fuera una crianza en soledad, cuando no necesariamente tiene que ser así. Una mujer con una pareja puede criar más en soledad que una madre por su cuenta. Lo mismo pasa con las parejas del mismo sexo, que forman parte de este nuevo modelo de familia que es tan importante reivindicar y, sobre todo, visibilizar y normalizar.

¿Repensar las maternidades en clave feminista tiene que ver también con analizar cómo somos o fuimos como hijas?

Implica un proceso de deconstrucción del modelo de maternidad que se ha impuesto. La maternidad como la entendemos es una construcción cultural y social, y tiene mucho que ver con lo que nosotras como niñas y como hijas hemos visto en nuestras madres y abuelas. Por lo tanto, tiene que haber un proceso de deconstrucción y de desaprendizaje, y de entender que la maternidad va mucho más allá de esta maternidad patriarcal históricamente impuesta. Aquí también tiene que haber una nueva mirada desde el feminismo, en el sentido de que las feministas de la segunda ola, de los años 60 y 70, se rebelaron contra la imposición de la maternidad en su momento. Gracias a su lucha por tener derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, se acabó en parte con el mandato de la maternidad. Pero, en este rebelarse, se cayó también en un cierto discurso antimaternal y antirreproductivo, porque se asociaba maternidad a la maternidad patriarcal e impuesta, por lo tanto, la respuesta era: yo no voy a ser madre. Hoy en día es necesaria otra mirada a la maternidad desde el feminismo. Una mirada reconciliadora que mire más allá de esta maternidad patriarcal y que reconozca que la maternidad, cuando es libremente elegida, es una experiencia central y gratificadora para muchas mujeres, más allá de todas las contradicciones que implica. Pienso que hay una nueva generación de mujeres feministas que hemos nacido a mediados de los 70, en los 80 y en los 90, que hemos podido decidir si ser madres o no, y esto nos permite mirar la maternidad con menos prejuicios y apelar a esta maternidad feminista que consideramos tan imprescindible.

¿A qué te referís cuando abogás, en el libro, por “maternizar la paternidad”?

Me refiero a que la maternidad es responsabilidad de mujeres, de hombres y de la sociedad en general: no es una experiencia personal que cada mujer tiene que resolver en su casa. Por lo tanto, es una responsabilidad colectiva, que nos incluye a todos. Cuando hablo de maternizar la paternidad me refiero a que también es importante que los padres, en esas parejas heterosexuales, se impliquen desde el primer momento en la crianza y el acompañamiento de sus criaturas. Es cierto que hay un carácter biológico innegable de la maternidad, que tiene que ver con el embarazo, el parto y la lactancia, y aquí hay unas prácticas que el hombre no puede asumir, pero hay muchas otras prácticas que el hombre sí puede llevar adelante. Me parece que, más que el “instinto maternal”, lo que existe es un deseo muy grande de las personas para cuidar a sus bebés. Se genera un vínculo muy importante que es fruto también de este contacto estrecho entre el progenitor y el bebé, y este vínculo, este afecto, esta voluntad de protección, de ganas de cuidar, lo puede desarrollar tanto una madre como un padre. Va más allá de la biología. La maternidad es entonces una experiencia colectiva, pero también pública, porque mi maternidad viene muy determinada por el contexto social en el cual yo me encuentre. No es lo mismo la experiencia materna para una mujer de clase media o clase media alta blanca que para una mujer con pocos recursos económicos, migrante, indígena o racializada.

“Para que otra maternidad sea posible, necesitamos también otro modelo de paternidad”.

¿Se puede hablar de “paternidades feministas”?

Sí, una maternidad feminista necesita de una paternidad feminista, de unos padres que se impliquen y que consideren que la crianza es su responsabilidad. Y para que otra maternidad sea posible, necesitamos también otro modelo de paternidad. De hecho, para que tengamos maternidades más satisfactorias y más vivibles necesitamos por un lado un cambio de sociedad que acoja la maternidad, la crianza, la dependencia y el cuidado, y que entienda que es una responsabilidad colectiva; y, por otro, paternidades comprometidas con la práctica de cuidar.

Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad, de Esther Vivas. Ediciones Godot, 2020. Buenos Aires. 340 páginas.