El mundo parece llegar a una cornisa en donde se acaban las esperanzas de un mundo mejor y cada palabra que contiene la idea de utopía se deshilacha en un sentido común arrasado por la nostalgia. Todo tiempo pasado fue mejor. No. ¿No? ¿Sí? ¿Cómo? ¿Cómo hacemos para pensar que todo tiempo futuro puede ser mejor? El mundo no está sostenido por tortugas y elefantes. Pero si decimos que no, en realidad, podemos estar diciendo que sí. Hoy nos une más el espanto que el amor. Ser antiderechas, antifascistas, antirracistas, antimisóginos. Sabemos lo que no queremos. Pero perdimos la brújula de cómo llegar a lo que sí queremos. Esa desorientación es un problema al que cuesta encontrarle la vuelta. Nos quedamos varadas en una orilla en donde nos defendemos de los ataques sin saber cómo avanzar, cómo remar, cómo hablar, cómo escribir, cómo proponer, cómo esperanzar y esperanzarnos. Sin embargo, hay una mujer que viene organizando un arca de la esperanza.

Ante la inundación de decepción y desolación, Mónica Roa López creó Puentes, la organización más interesante surgida de éxitos y fracasos, exposición y refugios, para poder pensar cómo volver a pensar más en lo que queremos que en lo que no queremos y en cómo hablar con los que piensan diferente pero no son adversarios. Hacer puentes. Eso necesitamos. Es la manera de avanzar, de cruzar el río, de ir por encima de la velocidad de los autos que nos llevan puestas, de subir al aire para poder ver con altura y de probar en ensayos en los que cada cual tiene su partitura para llegar a un ritmo común. “¿El autoritarismo tiene antídoto? Sí, y es la interconexión”, propone. “En Puentes creemos que si el autoritarismo crece gracias al miedo y al aislamiento, necesitamos posicionar nuevas narrativas que nos recuerden que nuestro bienestar está entrelazado con los sistemas sociales y naturales que nos sostienen”, invita.

Hay salida. Hay muchas salidas. Hay formas de contar que hay salida. Hay qué pensar cuáles son. Hay que imaginar. Hay que intentar. Hay que juntarse para que haya salidas. Esa es la propuesta de Mónica Roa, una abogada que se animó a pelear por la despenalización del aborto en Colombia y logró un fallo histórico –el primer paso para la sentencia de Causa Justa–, en 2006, y lo logró. Una abogada que estaba acostumbrada a hablar en televisión, en la calle, en donde sea y que buceaba en el mar para poder dejar de hablar y observar hasta que el asombro y el respiro le traigan nuevas preguntas. Una refugiada que tuvo que irse ante las amenazas. Una analista estratégica que construyó salidas ante jugadas que parecían perdidas. Una mujer que camina para encontrarse y descansa mientras se mueve.

Mónica Roa es una mujer que habla de la esperanza y da esperanza escucharla. ¿Por qué? Porque no dice lo que todas sabemos y ya no se escucha, porque no repite lo que otros dicen, porque se sabe cuidar y dar cuidado, porque piensa fuera de mapas y con una estrategia que hace lazos y porque sus ojos apuntan a una dirección que no sólo habla del futuro, sino que tiene futuro: narrar la capacidad de futuro, reinventar la posibilidad de transmitir esperanza.

Mónica Roa es la fundadora y directora ejecutiva de Puentes, una organización que busca aumentar la eficacia de los movimientos que trabajan por la justicia social. Puentes es una entidad virtual que trabaja para fortalecer el poder narrativo de los movimientos por la justicia social en América Latina. “En este momento crucial para el planeta y la humanidad convocamos a un acto radical de imaginación colectiva para visionar un nuevo horizonte”, articulan. También escribió el libro Elefantes en la sala. Una mirada íntima, crítica y amorosa a la familia, de Editorial Ariel. Ella remarca: “La invitación es a que usemos la narrativa de la interconexión como antídoto al autoritarismo, porque rompe la lógica individualista que a ellos les está funcionando tan bien”.

¿Qué efecto tiene el individualismo?

Los dueños de plataformas tecnológicas fomentan el individualismo a través de la oferta de entretenimiento y servicios híper personalizados. Yo con mi pantalla puedo resolver todo lo que necesito sin necesidad de hablar con otras personas ni de entrar en contacto con gente en la calle o de ir a una tienda. Un ejemplo es tener que ir a una ferretería a tratar de explicar, con toda la torpeza, cuál es la herramienta que necesitas y no poder saber ni siquiera cómo describirla ni cómo se llama, pero igual entrar en esa conversación con el dueño de la tienda. Eso hoy en día no sucede porque nada más con el smartphone la buscas y ya está. Se pierde esa capacidad de encontrarte con gente diferente a ti que hace que tengas la conciencia de por qué es tan importante construir un mundo donde haya espacio para la diferencia.

¿Qué falló para que el feminismo latinoamericano, con tantos logros demostrables, hoy parezca en retroceso?

Creo que esta idea de “divide y vencerás” les funciona muy bien. En el “divide y vencerás” no importa quién es el bueno y quién es el malo, lo importante es el divide. Y yo creo que nosotras hemos caído un poco en esa lógica al intentar decir que las buenas somos nosotras y que las que traemos avances somos nosotras. Pero hemos seguido reforzando esa idea de que somos nosotros contra ellos. Y siento que es muy sutil la diferencia, porque lo que yo pretendo proponer no es meter la cabeza debajo de la tierra como el avestruz y pretender que ellos no existen. La diferencia, si esto fuera una elección popular, sería “vota por mí porque yo voy a lograr vencerles” o “vota por mí porque yo voy a lograr construir el mundo donde va a haber bienestar para nosotras”. Obviamente que para que yo pueda construir un mundo donde hay bienestar para nosotros, implícitamente, implica vencerles. Pero no es el propósito. Nuestro propósito es crear bienestar, dignidad, justicia. Y creo que nos hemos ido confundiendo el propósito. Últimamente todo son las tensiones, los antis y cómo les ganamos. Pero no podemos centrarnos en ellos. No puede ser lo que nos mueve. ¿Cómo hablamos de lo que sí queremos construir para que haya suficiente gente que se anime, se inspire y diga: “Sí, yo también quiero ese mundo, y entonces me voy a unir a ellas porque es lo que prefiero construir”?

¿Por qué el rechazo al acuerdo de paz en el plebiscito en Colombia en el que ganó el No, en 2016, te despertó una nueva forma de pensar?

Para mí fue una alarma. Si a quienes nos dedicamos a hacer cambio social nos sorprenden las cosas que pasan es porque hemos perdido contacto con la sociedad. Porque esto no fue una cosa aislada, sino que eran millones de personas que votaron por esa otra cosa que a nosotros ni siquiera se nos había pasado por la cabeza que podía ocurrir. En ese momento yo empecé a decir: “Aquí hay un problema muy grande”. Estamos en las burbujas digitales y sociales. Y si uno no hace un esfuerzo proactivo para salir de su burbuja y buscar qué están pensando otras personas, pues no va a entender realmente. Y ahí empecé a decir: “Hay que hacer estudios de audiencia”.

¿La burbuja se acentúa con las burbujas de los algoritmos en las redes sociales?

Claro. Pero, además, no creo que sea sólo un tema de redes. En nuestra vida, de carne y hueso, también estamos acostumbrados a rodearnos de gente que piensa como nosotros. Es muy incómodo tener en nuestra vida a gente que nos reta y que nos incomoda con su manera de pensar. Las dos cosas se alimentan. A partir de ahí dije que es súper importante ponernos a hacer investigación de audiencias porque necesitamos entenderlas. Y cuando nos pusimos a hacer investigación comprendimos la desconexión con los simpatizantes que somos rebeldes con causa. Las causas nos importan. Y somos rebeldes porque no nos interesa la opinión de nuestros padres cuando tomamos decisiones. No nos interesa la tradición. Y para la gran mayoría, no todos, Dios no es importante en nuestra vida. Pero las causas sí son muy importantes en nuestra vida.

¿Qué diferencias hay entre flexibles y simpatizantes?

Los flexibles apoyan nuestras causas, pero ellos no son rebeldes. La opinión de los padres es importante, la tradición es importante y Dios es súper importante. Entonces empecé a darme cuenta de que, si desde el mundo de derechos humanos, justicia social y justicia de género revisamos que la religión es monolítica y que todos los que son religiosos automáticamente están por fuera y, por lo tanto, no les hablamos o hablamos de una manera en la que se perciba como incompatible tener una fe con apoyar nuestros temas, pues nos estamos disparando en el pie, porque ya, para empezar, solamente le estamos hablando al 30% de la población. Finalmente entendí que todos nuestros contenidos son siempre súper rebeldes. Ese es el tono que caracteriza al feminismo. Y no estoy diciendo que esté mal ni que tenga que cambiar, pero sí tenemos que darnos cuenta de cuál es el alcance que eso tiene y a donde ya no llega. Por eso, parte de lo que empezamos a intentar hacer es interpelar a los flexibles, porque si no los antagonistas llegan con un discurso de “estas viejas son insoportables y nosotros sí te entendemos; ven y reza con nosotros o ven y haz familia con nosotros”.

¿Cómo es disputar el significado de la familia?

Lo que históricamente ha pasado es que el concepto de familia lo monopolizaban los antagonistas y nosotras no teníamos ningún discurso alternativo que ni siquiera intentara disputar esa narrativa. En América Latina hay alrededor del 40% de flexibles y tenemos que invertir en desarrollar narrativas que resuenen con sus valores, que tomen en cuenta lo que para ellos es importante, pero que incluyan los propósitos que nosotros queremos alcanzar. No estoy diciendo que las feministas tengan que dejar de ser rebeldes y radicales, pero necesitamos diversificar los instrumentos –como si fuéramos una banda de jazz– para poder llegarles a todas las audiencias.

¿Qué quiere decir ampliar el “nosotros”?

Tenemos que cambiar la narrativa sobre quiénes somos y lo que hacemos. Estamos cerrando una época en la que el movimiento social estuvo dedicado a reivindicar diferencias identitarias. El movimiento de mujeres, el movimiento LGBTI+, el movimiento racial. Pero todos como si fueran temas separados. A partir de 2016 empezamos a sentir que tenemos un enemigo común. ¿Y eso qué quiere decir? Que realmente lo que hay en el fondo son dos visiones del mundo o dos conjuntos de valores que dan lugar a una visión del mundo completamente distinta y que, entre nosotros, compartimos visión del mundo y compartimos unos valores. Cuando hablamos de cómo creamos un “nosotros” más amplio, es cómo empezamos a contar una historia sobre quiénes somos en la que dejemos de lado estas ideas separadas de movimientos temáticos y empecemos a vernos como un gran movimiento que se puede cohesionar alrededor de esa visión de futuro deseada, de esos valores compartidos, que han estado siempre implícitos conectando los movimientos. Uno puede reconocerlos históricamente. Pero nunca habíamos tenido la necesidad de juntarnos para crear mayorías por las peleas entre nosotros, como si va a haber una reunión en la OEA [Organización de los Estados Americanos] y hay cinco minutos de micrófono, quién va a hablar. Y ahí nos peleamos. Pero, de repente, la OEA empezó a llenarse de ONG antis y nos dimos cuenta de que la pelea no era entre nosotros, sino de nosotros contra otros que llegaban a usar los espacios que habíamos abierto de sociedad civil.

¿Qué se puede hacer cuando usan nuestras estrategias en nuestra contra?

Usan nuestras estrategias para desmontar todo lo que habíamos logrado. Pero la lógica de enemigos no nos va a llevar a ningún lado, sino que termina sirviéndoles a ellos y genera miedo. La lógica del enemigo genera miedo, y el miedo significa que la gente está más dispuesta a ceder control y represión para dar una cierta idea de seguridad. El nosotros contra ellos les sirve a los autoritarios. A nosotros si algo nos sirve es cómo activamos el cerebro superior, que es el de la empatía, la capacidad analítica y la solución de problemas. Y para eso el “nosotros” es más grande que es lo que sí queremos lograr. Ese es otro componente súper fuerte de lo que estoy intentando hacer, y es en esto de cómo creamos una nueva narrativa sobre quiénes somos y qué hacemos. Históricamente hemos sido los que denunciamos injusticias. Denunciar injusticias es señalar todo lo que está mal en el mundo. Eso termina reafirmando los marcos que queremos criticar. Si nosotros queremos proponer un mundo donde los derechos sean para todo el mundo, necesitamos hacerlo superando el individualismo.