Ibirataia es el lugar de Bahía, en Brasil, donde nació Daiana Nascimento dos Santos el 21 de julio de 1979. El portugués de Brasil, que no es el de los conquistadores, sino el que suena con tambores aunque se lea en silencio, tiene la potencia y el pecado en la lengua de ser poesía solo con decirse. “O colonialismo é uma ferida que nunca foi tratada. Uma ferida que dói sempre, por vezes infecta, e outras vezes sangra”, escribió la autora Grada Kilomba y se entiende sin traducción y con el peso de la herida (ferida) colonial abierta.
Pero quiénes dicen, cuándo dicen, desde qué cuerpos y condiciones, en qué países, en cuál continente, en qué casas y casos, desde qué sexo y qué identidad y cómo dicen no es neutral, ni natural, ni inocuo. Igual que la riqueza de América Latina –que es la perdición y la posibilidad–, la lengua es una forma de nombrar el mayor genocidio de la humanidad: la esclavitud.
Datos, no opiniones. El 25 de marzo, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución, impulsada por Ghana, que declaró “la trata de africanos esclavizados y la esclavitud de africanos como el crimen más grave contra la humanidad”. Es un hito que reconoce que, al menos, 12,5 millones de personas fueron víctimas a lo largo de 300 años y cuyas consecuencias se sufren hasta ahora. Y una parte imprescindible de la reparación es que se pueda investigar los significados del relato y que se escriban y difundan nuevos relatos.
Daiana Nascimento dos Santos es doctora en Estudios Americanos del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la Universidad de Santiago. Ella se graduó en Letras en la Universidad Estadual de Santa Cruz, en Ilhéus, e hizo una maestría en Literatura en la Universidad de Chile. Actualmente es docente del doctorado y es profesora e investigadora del Departamento de Artes Integradas. Es autora del libro El océano de fronteras invisibles: relecturas históricas sobre (¿el fin? de) la esclavitud en la novela contemporánea y está investigando en la biblioteca del Instituto Iberoamericano de Berlín (IAI), en Alemania, en el marco del proyecto “Esclavización moderna en la novela de África y Latinoamérica”, del Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (Fondecyt), desarrollado en la Facultad de Arte, de la Universidad de Playa Ancha, en Chile.
En Ibirataia no hay mar ni montaña, y estudiar es una odisea que muestra por qué recordar las desigualdades es imprescindible. Daiana quería salir y estudiar, por eso estudiaba inglés y leía, leía mucho. “No tenía la infraestructura para pensar que de ahí podía salir una académica”, enmarca el lugar donde nació como un apellido que narra en el nacimiento un punto de identidad. En su infancia y adolescencia era autodidacta y tenía sed de saber.
A los 47 años sigue leyendo, aunque su mirada se profesionalizó, habla alemán, inglés, español y portugués y recita poesía, que es otro idioma universal, y hace del estudio una pasión en la que las ciudades nunca le quedan grandes.
¿Cómo fue tu decisión de estudiar aunque no contaras con las condiciones ideales?
En 2002 me fui a vivir a Ilhéus, la ciudad de Jorge Amado y, hasta 2006 realicé la carrera de Letras. Pero quería algo más. En Chile me dijeron que podía ir y tomé fuerza y coraje y me fui, ya hace 20 años. Trabajé sobre la obra de Jorge Amado (Doña Flor y sus dos maridos, Gabriela, clavo y canela, La tienda de los milagros), que es un escritor emblemático.
¿Cómo valorás a Amado, que fue parte de la generación de hombres que escribían sobre la desigualdad pero desde un lugar de protagonismo masculino hegemónico?
Después de haber tomado cierta distancia, creo que es un hombre blanco, privilegiado, de clase media alta, que viajaba por todo el mundo. Esto sí es evidente. Pero podría destacar que él encarna muy bien en sus textos el habla de los personajes. No hay un filtro en el lenguaje. Y esto hace que el texto tenga cierta veracidad en relación con la gente de a pie. Habla de una manera que Lélia González [antropóloga y activista afrobrasileña que acuñó el pretugués para explicar la africanización del portugués hablado en Brasil] diría que es el lenguaje callejero, y eso es muy rico. Y hace un personaje como el de Gabriela, que es una mujer libre y si se quiere acostar con alguien se acuesta, o las fantasías sexuales de Doña Flor y, con Teresa, de las trabajadoras sexuales que hacen una huelga de sexo.
¿Cómo empezaste a estudiar la narrativa alrededor de la esclavitud?
En 2012 viajé a Alemania por primera vez y empecé a investigar en la biblioteca sobre cómo se abordaba la esclavitud en las novelas históricas. En ese momento era la conmemoración del bicentenario de la independencia en Brasil, Argentina y Uruguay, y estaba implícita la idea de nación. En ese contexto, hubo un boom de novelas con estas características. Volví a Brasil, pero no lograba adaptarme. Es algo que, cuando sales un tiempo, suele pasar. Ahí me postulé para un posdoctorado en la Universidad de Playa Ancha, en 2015, y me quedé. Desde hace casi una década vengo consolidando esta línea de estudio.
¿Qué está cambiando en el lenguaje? ¿Qué diferencia hay entre nombrar esclavitud y esclavización?
Estas dos palabras, a veces, parecen sinónimas, pero no lo son. La esclavización se refiere a personas libres que fueron esclavizadas. Y esclavitud implica a personas que ya nacieron en esta condición como los hijos de esclavizados.
¿Qué libro te impactó en tu lectura?
Una novela que se llama El metro, de Donato Ndongo-Bidyogo, que es un escritor de Guinea Ecuatorial que vive en España. No faltan voces que escriban, sino editoriales, un circuito comercial que no sea racista y una academia que no sea racista al valorar las voces negras o lo que se escribe sobre la esclavitud. Ahora armé un proyecto para indagar sobre las metamorfosis de la esclavización moderna.
¿La resolución de Naciones Unidos tendría que cambiar el apoyo a la investigación sobre la esclavitud?
El reconocimiento es válido. Pero también es necesario hacer trabajos más concretos en relación con el racismo y también con la situación de África que visibilicen ciertas situaciones que son complejas, como –por ejemplo– la de República Democrática del Congo con la explotación laboral en las minas de cobalto. Después de que el cobalto está mezclado, no sabemos si tenemos celulares con sangre o no. Por otro lado, desde la literatura, podemos ir utilizando el texto literario como una herramienta de denuncia.
¿Cuál es el rol de las novelas?
Las novelas no te dicen directamente “esto es esclavización moderna”, pero te dan pistas. Entonces, en un conjunto de textos, voy buscando cuáles son estas metamorfosis porque en la esclavización colonial era visible el uso de las cadenas y el látigo en las plantaciones de caña de azúcar y de tabaco donde no se ocultaban estos instrumentos.
¿Cómo se puede poner en práctica la reparación que ordena la resolución de Naciones Unidas?
¿Qué nos pueden devolver hoy? ¿Cómo nos pueden devolver? ¿Cómo se puede hacer esta reparación? Yo creo que un primer paso es mejorar la situación de África actualmente.
¿Qué pasa con la relación África-América Latina?
Es complejo esto porque, a veces, nosotros mismos vamos con una actitud paternalista, y hay que entender que, aunque tengamos un pasado histórico traumático que compartimos, las realidades son diferentes. Y si queremos dialogar cultural y literariamente, tiene que ser de igual a igual. Hay que pensar qué podemos compartir y qué podemos aprender, y establecer un diálogo de igual a igual. Y esto es un gran problema nuestro. Antes que el otro pregunte, ya estamos ofreciendo algo que quizás no sea del interés de los demás.
¿Qué pueden aprender los feminismos decoloniales?
A mí me hizo mucho sentido leer un texto de la académica feminista nigeriana Oyèrónké Oyèwùmi [que escribió el libro La invención de las mujeres. Una perspectiva africana sobre los discursos occidentales de género] sobre la sororidad que habla del cuidado que deberíamos tener al hablar sobre las mujeres africanas. Yo también hice un mea culpa porque estaba utilizando un aparato teórico que responde a nuestras problemáticas de América Latina, pero en África hay otras demandas.
¿Cómo fue esa lectura de interpelación?
Aunque nosotras compartamos un mismo fenotipo, no significa que nuestras experiencias sean las mismas. Me hizo mucho eco este texto e ir al continente africano y dejar de homogeneizar. Por eso, en el laboratorio que coordino no trabajamos solo cuestiones relacionadas con la esclavización, sino también el placer de la mujer a través de una serie de poemas eróticos africanos y novelas que hablan del cotidiano y de ritmos diferentes que no son necesariamente lo que esperamos que sea tal cual lo nuestro. La manera de ver el amor, el cuerpo, la sexualidad, la sensualidad, el dinero, lo matriarcal y la familia es diferente en cada uno de estos lugares. Por eso, hay que seguir estudiando y conociendo otras realidades, pero sin usar los lentes homogeneizadores que solemos tener. La lectura es fundamental en este proceso.
Las Bravas es un espacio de la diaria Feminismos que busca amplificar las voces y las experiencias de mujeres feministas que están cambiando la historia en América Latina y el mundo. Está a cargo de Luciana Peker, periodista argentina especializada en género y autora de La odiocracia: al fondo a la derecha (2026), ¿El amor es o se hace? (2023), Sexteame: amor y sexo en la era de las mujeres deseantes (2020), La revolución de las hijas (2019) y Putita golosa, por un feminismo del goce (2018), entre otros libros.
