El hombre está parado casi en el borde de la pista del Velódromo Municipal Atilio François. Gira en el sentido de la carrera, observa concentrado. Lo sabe bien: Milton Wynants fabrica con sus ojos las cosas que la realidad no puede ver.

En setiembre de 2020 habrán pasado 20 años de los Juegos Olímpicos de Sídney, en los que el ciclista sanducero ganó la medalla de plata. Pero como la vida cotidiana no muere en los titulares de diarios porque siempre da un paso más, ahora Wynants se dedica, además de a llevar adelante un comercio de bicicletas en Paysandú, a formar futuros ciclistas. Lo que haría un maestro.

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Foto: Sandro Pereyra

“Me propuse la idea en 2019, arranqué en agosto. Quise armar una escuelita de ciclismo de pista”, dice Wynants. Su propuesta es bien casera: la realiza en horarios que no compliquen su otro trabajo, y en su propio auto lleva los materiales y una bicicleta especial. Además, usa prestado el velódromo desvencijado y sólo cuenta con el apoyo de los padres de los chiquilines y de su familia. “Como el deporte en Uruguay: a pulmón”, resume el hombre que un día desafió las leyes y reavivó la historia del deporte nacional.

Sus dirigidos tienen entre 11 y 18 años, algunos compiten en el Consejo de Categorías Menores y otros son juniors, pero todos coinciden en algo: nacieron después de que Wynants fuera “Uruguay pa todo el mundo”. Una de sus pupilas, Josefina Rodríguez, es la actual campeona nacional de velocidad. Durante buena parte de la preparación, mucho antes de los campeonatos de pista, Josefina fue varias semanas a la casa de Wynants. Ahí se quedaba junto a la familia sanducera para entrenar toda la semana, y los fines de semana volvía a su Durazno natal. “Si quería superarse, Josefina tenía que hacer pista. Le dije eso porque las medallas no se prometen, sino que se ganan con dedicación, con disciplina y sabiendo en qué especialidad anda cada uno”, sostiene Wynants, hombre de quien la palabra tiene un valor importante. Josefina ganó más que una medalla: ahora sabe que la victoria está en el trabajo previo.

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“En Uruguay potencial siempre hubo. Lo que falta es calendario. Dentro de la federación hay que pensar en un calendario nacional e internacional, asegurar más competencias ajustando las fechas mirando qué hay afuera, y entonces armar un calendario adentro para dar soporte y preparación adecuada. Si no se va de mal en peor. Pero ta, nunca fue fácil en Uruguay”, argumenta Wynants, crítico por sabio. “Faltan apoyos para bajar a la pista, para marcar tiempos, para superarse conjuntando las dos cosas. Hay que invertir. Cuando se tuvo que explotar, no se explotó. En el año 2000, cuando conseguimos la medalla de plata, ahí se tenía que haber explotado: 2001, 2002, en esos años. En 2004 fuimos noveno, no hubo medalla y nos sacaron el apoyo. Si no lográs medalla, no hay apoyo; una cosa que parece al revés: para tener logros hay que tener apoyo. El incentivo no puede ser siempre el corazón”, remata.

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Con esa humildad de contar en plural lo que fue personal, una medalla de plata en los Juegos Olímpicos, Wynants dice que quiere seguir vinculado al ciclismo. Su hijo practica fútbol, su hija va a patín, pero no le preocupa que en casa de herrero haya cuchillo de palo. La ley del deseo lo lleva a estar cerca del ciclismo por algún lado. “El ciclismo me dio algo importante, uno le debe al ciclismo porque gracias a él tiene lo que tiene. Siento la obligación de darles algo a los chiquilines que quieren empezar, de tener un tiempito para volcar lo que uno consiguió. No me salvé gracias al ciclismo, trabajo en mi comercio. Pero vivo ahorrando para que si el día de mañana les falta algo a los chicos y chicas que entreno, pueda dárselos”, dice el hombre que logró uno de los mayores éxitos de la historia del deporte uruguayo con una bicicleta comprada con plata prestada.

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