Martina Pastorino tiene 27 años, es docente e investigadora de Educación Física y Deporte en el Instituto Superior de Educación Física (ISEF). Viene de la rama de la gimnasia artística. Desde hace dos años investiga sobre gimnasia artística, concretamente en la parte de género, y vio en las situaciones de abuso sobre los cuerpos de bailarinas y deportistas protagonizadas por el médico estadounidense Larry Nassar una punta para meterse de lleno en esas denuncias. Toma un mate y habla mucho, se entusiasma con las charlas; pasan y la saludan, se ríe y sigue. Y piensa: “En algún momento va a perder sentido el deporte binario, y se van a generar más espacios mixtos”.

¿En qué estás trabajando ahora? ¿Seguís con la investigación de los abusos sexuales en la gimnasia artística?

Estoy haciendo una etnografía en gimnasia artística, que está en curso, y tiene el objetivo de describir cómo es la práctica cotidiana en el gimnasio. Me enteré de los casos de abuso por las redes y por algunas notas de prensa que levantaron la noticia del juicio a Larry Nassar, en Estados Unidos. Dos años después de que comencé con la investigación, salieron dos documentales, uno en HBO y otro en Netflix: En el corazón de oro y Atleta A. Lo que empieza a haber son denuncias de gimnastas y bailarinas que se atendían con Nassar, que les hacía un tratamiento para liberar dolores de espalda, y las mujeres, ya más grandes, se empiezan a dar cuenta de que habían sido situaciones de abuso sobre sus cuerpos. Lo que relatan estos documentales, que es lo que viene a generar más furor ahora, son la cantidad de omisiones de las instituciones deportivas: de la Federación de Estados Unidos, del Comité Olímpico de Estados Unidos, de los clubes, de los entrenadores. Después de más de 300 denuncias se hace el juicio, en 2017. Lo interesante, ahora, es que en otros países, y en todas las federaciones, aparecen otra serie de denuncias, una nueva oleada, que tienen un carácter más oculto sobre las prácticas de entrenamiento deportivo, más sobre el cuerpo, más cotidianas: abusos físicos, morales, y desde edades muy tempranas. Estas denuncias llegan para reforzar la idea de que no es normal pegarle a una gimnasta para que entrene bien, no hay que violentarla verbalmente para que rinda.

¿En Uruguay hay algún tipo de vínculo con esos abusos?

No ha habido denuncias formales. Ni la Federación Uruguaya ni ninguna institución deportiva hoy en día tienen, por ahora, un programa de atención o de prevención de abusos. Es decir, si empezara a haber este tipo de denuncias en el ámbito uruguayo no se podrían atender, porque no hay ninguna política pública que respalde a los y las deportistas en este momento, tanto en la gimnasia artística como en cualquier otro deporte. Mi expectativa es que no tengamos que pasar por esa situación en Uruguay. Eso es lo que espero.

Varones Carnaval, entre otras cuentas, expuso una ola de denuncias de abusos. ¿Es útil la herramienta del escrache en redes sociales?

No soy especialista en prevención y atención de abusos, me dedico a investigar las relaciones de género en el deporte, y lo que me pasó fue que me encontré de golpe con esta red de denuncias de abuso sexual en Estados Unidos, que es una de las grandes potencias en la gimnasia artística, el sistema ideal, el modelo que todo el mundo quiere imitar. Esto viene a deconstruir un mundo ideal. Lo que hicieron las gimnastas fue lo que pudieron, y empezaron a denunciar a través de las redes, las redes les permitieron encontrarse entre ellas. En este caso, las redes fueron una herramienta de visibilización para ellas. Incluso sus propias familias se enteraron por esa vía de lo que les pasaba en los entrenamientos. Entonces, en ese sentido, las redes son una buena herramienta, el tiempo dirá si es lo mejor. Entre la posibilidad de que se invisibilicen las violencias y que se estén desnaturalizando las prácticas –ya sea del carnaval o del deporte–, estaré a favor de que se denuncie y se haga algo en relación a ello, que haya un aprendizaje social  de eso. Tenemos en nuestro país algunos lugares, algunos espacios que se han ido construyendo para pensar estas cuestiones: los casos de violencia doméstica, los casos de femicidios. Me preocupa que eso retroceda, que haya una reacción opuesta, sería un costo terrible.

¿De qué otra forma se puede trabajar sobre la misoginia, la homofobia y la violencia en el deporte?

Hay un montón de estrategias y un montón de caminos por recorrer. En primer lugar, la formación de formadores y formadoras; en ISEF venimos muy atrasados en eso, las discusiones de género vienen atrasadas. La formación específica en deporte, las tecnicaturas en deporte, no tienen formación de género específica. Con unos compañeros dimos un curso que se llama “Machos de barrio”, y ahí pusimos a debatir algunos de estos temas: la construcción de las masculinidades hegemónicas en el deporte, las violencias de género, pensar el deporte en clave de diversidad sexual, o la diversidad sexual en clave de deporte, esa doble relación.

“Para pensar en términos de diversidad sexual [en el deporte] estamos un poco lejos todavía”.

Género, diversidad y deporte

¿Cómo se manifiestan las estructuras de género en el deporte?

De muchas maneras. En términos de violencia de género, en el deporte no se escapa ninguna. En los deportes más populares se maximizan en términos de que hay más gente practicándolo, y llega a más gente, hay más plata de por medio (mercado, publicidad), entonces se hace más visible. Opera de muchas maneras, por ejemplo, con el acceso de las mujeres al deporte, una de las primeras reivindicaciones del feminismo. Las mujeres empiezan a estar incluidas en algunas prácticas, aquellas que están referidas más a la delicadeza, donde el cuerpo no se enfrenta a situaciones de agresividad. Una lee los manuales de gimnasia de principios del siglo XX y dicen que las mujeres, biológicamente, están creadas con esa función natural, la de tener hijos. Pero claro, cuando vas a una competencia de gimnasia artística, porcentualmente vas a ver muchísimas más mujeres que varones, entonces, el acceso en ese tipo de deportes no está limitado. Eso tiene que ver con el sexismo en el tipo de prácticas deportivas. Otra gran forma de violencia tiene que ver con la diversidad sexual: el deporte modela o exige un montón de modelos normativos, formas de vestirse, de moverse, de hablar, que están muy determinadas por la heteronormatividad. En el fútbol y en el básquetbol, por ejemplo, se espera que los varones tengan actitudes más allá de lo deportivo (técnica, táctica): no sólo se evalúan sus habilidades, sino que se exhibe esa masculinidad esperada. Nadie en su trabajo tiene que declarar sus intereses, su orientación o sus preferencias sexuales. En cambio, en el fútbol sí. Y también pasa con las mujeres: si jugás al fútbol sos “machona”, te movés como varón.

Foto del artículo ''

Foto: Alessandro Maradei

¿Qué habilita el deporte en términos de género?

En términos de género, o en términos reglamentarios, es decir, lo que esperan las federaciones, es el binarismo sexual, basado en el sexo biológico, controlado hasta en términos hormonales, es decir: hombres compitiendo con hombres, y mujeres compitiendo con mujeres. Todos los roles que se esperan, asignados a ese binarismo, tienen que ver con roles sociales. Hay deportes que son más masculinos, más femeninos. La gimnasia rítmica solo admite mujeres, por ejemplo. Pero, además, el deporte se encarga de regular estrictamente ese binarismo, porque desde fines del siglo XIX se empieza a estudiar la fisiología del ejercicio: cómo mejor la performance en términos de rendimiento biológico. Se asume que la corporalidad masculina tiene una situación de privilegio, de ventaja, por las propias condiciones hormonales, de testosterona, la capacidad de producir fuerza. Durante la Guerra Fría, Estados Unidos comienza a sospechar que Rusia en los Juegos Olímpicos mete varones a competir con mujeres, ahí empezaron los test de comprobación de sexo: las mujeres tenían que desnudarse frente a un médico, al principio; después empiezan a haber test genéticos y, finalmente, test hormonales. Eso deja un montón de gente por fuera del deporte, porque hay muchas personas que en principio no se identifican con ninguno de esos dos sexos, se consideran personas no binarias. También están los casos de personas intersexuales, como Caster Semenya, que puso en jaque toda la estructura, porque entonces no es tan sencillo decir si somos varones o mujeres.

¿Qué lugar ocupa la comunidad trans en el deporte?

En el deporte de competencia, o en el deporte mundial, ninguno. Los reglamentos no lo permiten. En Brasil hay una jugadora de vóleibol, Tifanny Abreu, que es trans, y para poder jugar el torneo nacional en un equipo femenino se tuvo que someter a un tratamiento hormonal para bajar los niveles de testosterona a menos de 0,4 [nanomoles por litro]. Es el sometimiento al consumo de hormonas exógenas, y no se sabe qué impacto tiene sobre la salud. De pronto, empieza a perder sentido hablar de deportes masculinos y deportes femeninos. Con todo el avance del feminismo, el deporte parece un dinosaurio al lado de las políticas de equidad y las reivindicaciones por la diversidad sexual: el deporte es arcaico, establece una estructura inamovible.

¿Es posible pensar el deporte desde la perspectiva de género? ¿Y pensar en el deporte mixto?

Tendría que ser a nivel mundial, no podría ser sólo en Uruguay. Yo pienso que en algún momento va a perder sentido el deporte binario y se van a generar más espacios mixtos. Donde no sea ni siquiera necesario hablar de este binarismo, clasificar ni en hormonas ni en términos de cromosomas, ni nada. Los que se van a poner a competir son los cuerpos. Ese sería el ideal. Si en Uruguay podemos habilitar espacios donde se piense un deporte diverso, pienso que sí. Necesitaríamos otros apoyos desde la política pública. Hoy ni siquiera tenemos un respaldo que les asegure a los y las deportistas derechos básicos: de profesionalización, derechos salariales, de acceso a la cobertura de salud. Para pensar en términos de diversidad sexual estamos un poco lejos todavía.