Vaya una a saber cuántas historias comienzan en el momento exacto en el que una niña aprende a hacer paro de mano. Rodeada de primos en el fondo de lo de sus abuelos, entre vecinos en la plaza del barrio o acompañada por amigos en el recreo de la escuela, el instante en el que logra erguirse con los pies hacia el cielo, dejando caer todo su peso sobre sus brazos, tiene el potencial necesario para cambiarlo todo. Su vida, esa que ahora puede poner de cabeza, por lo menos.

Basta una breve búsqueda en Google para saber que en Montevideo hay varios clubes para seguir observando las cosas al revés. Entre Palermo y Colón, hay alrededor de diez centros dedicados a la enseñanza de gimnasia artística, y en la Federación Uruguaya de Gimnasia se encuentran 18 instituciones registradas. Cada una tendrá su nivel y su organización, pero su presencia alcanza para inculcar esta antigua disciplina en nuevas generaciones que, en muchas ocasiones, aprenden a realizar acrobacias antes que a leer y escribir.

“Yo quiero hacer gimnasia artística y nada más”. Anaclara Torelli a los 11 años

Algunas, como Anaclara Torelli, se dieron de frente con el deseo a través de la televisión. Para ella, un canal que transmitía unos juegos olímpicos en los que ciertas muchachas parecían de goma fue suficiente para impulsar la convicción que se materializaría tiempo después. “Yo quiero hacer gimnasia artística y nada más”, le dijo a sus padres cuando tenía 11 años, luego de haber conocido varios clubes y otros deportes. A partir de ese comentario, tras decenas de tardes aprendiendo trucos sola en el patio de su casa, Torelli comenzó a entrenar en el Club Banco República, en donde conoció a quien es hasta hoy su amiga, Mariana Machado.

Ambas pasaron allí toda su adolescencia, más tarde estudiaron la Licenciatura en Educación Física y se convirtieron en docentes. “El trato entre compañeras era muy bueno”, cuenta Torelli, y opina que la clave de ese buen relacionamiento se encuentra en el relato que construyen quienes están a cargo. “En tanto no haya un sentido de competencia en el que los profesores te pongan a competir con tu compañeras sino con vos misma, hay una facilidad de la gimnasia de generar vínculos estrechos”, explica. Esto se debe a que, por lo general, ellos “no pueden estar todo el tiempo contigo, tienen que estar con otras gurisas” y, por esa razón, “te enseñan a ayudar” a las demás. Esa visión no es la de la mayoría. Otros van por el camino contrario, porque entienden que “si las gimnastas compiten entre ellas, después cuando vayan a la competencia, van a ser aún más competitivas”, o priorizan el avance individual y ponen el ojo en las que se destacan para enfocarse en su evolución. “Cada uno tiene su librito”, reflexiona Torelli, antes de aclarar que el que fomenta la rivalidad no es el suyo.

Por su parte, Machado hace hincapié en lo que significa esta disciplina para quienes la vivencian. “Lo que veo en mis gimnastas y lo que veía en mi grupo de compañeras es que todas tienen y tenían tremenda pasión, y un vínculo re fuerte”, que genera que las adolescentes sacrifiquen desde paseos, hasta cumpleaños, por entrenar. En su caso, esta renuncia siempre valió la pena, pero ahora, con la perspectiva que otorgan el tiempo, la docencia y la formación universitaria, Machado analiza el pasado con algo de precaución. La joven reconoce que lo positivo de su experiencia probablemente se deba a que ella pertenecía a un nivel intermedio, porque en el siguiente escalón, “hay una línea que el alto rendimiento cruza”.

Mariana Machado.

Mariana Machado.

Foto: Ernesto Ryan

La presión en juego

Cuando Yari Ferro conoció la gimnasia, tenía casi seis años y más de una actividad extracurricular encima. Como además de natación y teatro había tomado clases de danza, sabía hacer el paro de mano y la rueda de carro, habilidades que significaron una ventaja ante sus compañeras y la llevaron, a pesar de su corta edad, a ascender rápidamente hacia el mayor nivel. “Ahí me empezó a gustar un poco más”, cuenta tras haber comentado que al principio la disciplina no la “enloquecía”, y sin buscarlo, explicita una característica fundamental de su experiencia. Para la estudiante del ISEF y de la Facultad de Psicología, el encanto de la gimnasia estuvo estrechamente vinculado al encanto de lo que sucede cuando sobresalís.

La exigencia es una parte importante del asunto. En las competencias nacionales de los niveles para principiantes y avanzados cada país tiene sistemas de rutinas obligatorias, con una serie de elementos preestablecidos y un orden particular, y su evaluación parte de diez puntos que se descuentan según determinadas carencias o errores en la ejecución. Por lo tanto, al comparar lo desarrollado con la técnica perfecta, siempre primará el enfoque en las equivocaciones, más que en aquello que fue bien logrado. Esta modalidad no aplica para las categorías de elite, cuyas rutinas son libres.

“En tanto no haya un sentido de competencia en el que los profesores te pongan a competir con tu compañeras sino con vos misma, hay una facilidad de la gimnasia de generar vínculos estrechos”. Anaclara Torelli, exgimnasta

“Lo que más me gustaba era hacer gimnasia, no tanto la competencia”, admite Romina Moccia y recuerda que, aunque su práctica fue “bastante exigida”, “era un placer”. De niña, la actual entrenadora se ejercitaba alrededor de cuatro horas y media, de lunes a viernes, y doble horario los sábados. En las semanas previas a instancias internacionales la carga se duplicaba: entrenaba de lunes a domingo, también en doble horario. Lo dice y le brillan los ojos: “Estaba en mi salsa”. Sin embargo, con el tiempo los torneos obtuvieron una relevancia que hubiese preferido evitar. “Cuando empecé a sentir el peso de la competencia y de lo que significaba, más que nada para el entorno, fue que comencé realmente a sentir la exigencia y a decir: esto es mucho más de lo que esperaba”. Tenía entre nueve y diez años, le encantaba la dinámica de la malla, la colita de pelo bien tirante y el maquillaje, “pero cuando se empezaron a poner otras cosas en juego, la verdad es que la presión jugó bastante”.

En los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro en 2007, Moccia fue la única deportista uruguaya en su categoría. Tenía “entre 13 y 14 años” y era la más chica de la delegación. Si bien desde afuera puede parecer una experiencia agradable para cualquier adolescente, ella admite que le “costó mucho” convertir el recuerdo en algo “que realmente disfrutara, porque sentía una autoexigencia importante”. De acuerdo a sus palabras, durante la semana y media que estuvo allí, en su cabeza se repetía una única frase: “No soy suficiente para estar acá”. “Estaba en un lugar en donde había una infraestructura que era alucinante, en otro país, compitiendo contra las que en los Juegos Olímpicos siguientes salieron campeonas; no caía y a la vez no me sentía merecedora de ese lugar”, asegura.

Usualmente, las gurisas se acostumbran. Quizás tomando un razonamiento del universo adulto, entienden que encontrar “su lugar en el mundo”, como lo definió Moccia, tiene un precio. Pero, a veces, las condiciones de ese costo las superan. A Ferro le pasó luego de viajar una semana a San Pablo a solas con su profesora, para entrenar a tiempo completo, sin instancias de recreación. “Era muy intenso, yo tenía diez años y estaba lejos de mi casa y de mi familia, entrenando doble horario”, detalla la joven, que en su momento se “desbordó” y volvió convencida. Quería dejar no sólo el club, también la gimnasia. Cuando se lo comunicó a sus padres, la apoyaron, pero actuaron con cautela y le sugirieron que fuera una última vez para estar segura. El final de la anécdota se cuenta solo. La niña regresó a su espacio, se reencontró con sus amigas y, en pleno disfrute, se arrepintió. Al mirar en retrospectiva, Ferro resalta que en todo momento contó con la posibilidad de elegir lo que hacía: “Siento que tuve la libertad, siempre, y a mí la gimnasia me enamoró”.

Anaclara Torelli

Anaclara Torelli

Foto: Ernesto Ryan

Fuera de foco

“Está bien que te digan que te tiene que doler, pero no te tiene que doler”, le dijo su padre una tarde en la que la fue a buscar a uno de los clubes que integró, y ella apareció caminando. Unas horas antes, cuando se despidieron en la entrada, Ferro usaba unas muletas recién alquiladas porque tenía un moretón interno que no le permitía apoyar el pie. Había ido con la intención de adaptar la práctica a su condición, pero le ordenaron: “Está bien, te duele pero ya está, vas a tener que apoyarlo para acostumbrarte”. A pesar de las indicaciones médicas y de lo sugerido por sus padres, la niña apoyó el pie ignorando el dolor de la misma manera en la que más adelante, a los 14 años, entrenó durante un año con una hernia de disco. “Competí en un Sudamericano fracturada y ni siquiera sabía, porque es normal tener dolores”, relata y agrega: “Decía ‘bueno, ta, ya está’. Me tomaba una pastilla y se me iba”.

“Hay una línea que el alto rendimiento cruza”. Mariana Machado, exgimnasta

Por lo general, los límites se vuelven difusos en el terreno de la flexibilidad, en el que se suele incitar a las niñas a ir más allá de sus posibilidades. Un ejemplo es lo que sucede durante el aprendizaje del spagat, una posición en la que las gimnastas alinean sus piernas de manera lateral o frontal, con una apertura de 180 grados. Aunque lo coherente es que el proceso lleve un determinado tiempo por la dificultad que implica, la tendencia apunta a la rapidez y esos ritmos apresurados se ven caracterizados por el dolor. La que no experimentó dolor sabe que tuvo suerte, y la que no tuvo suerte, lo entendió como algo normal.

“La psicología deportiva reconoce que el deporte de alta competencia no es salud, es cruzar los límites”, reflexiona Machado al hablar sobre esta relación de las deportistas con el dolor. “Es algo que recién ahora está saliendo a la luz” y que evidencia “la necesidad de que el docente de gimnasia sea una persona que estudió” para ejercer. Según explica: “Hay clubes en la Federación en los que los docentes no son técnicos y lo que pasa es eso, que se explota a las niñas”. Para evitarlo, la educación en “psicología, pedagogía y didáctica” resulta fundamental.

Por último, las entrevistadas coinciden en que una clave para el desarrollo saludable de la disciplina se relaciona con la unión y coordinación entre las diferentes instituciones. De acuerdo a Moccia, “este es un país chico y hace muchos años que está como en loop porque todos los clubes quieren tener a la mejor gimnasta, y en busca de eso, a veces se ciegan”. Así, termina por tener mayor peso “el ego del docente”, y queda en segundo plano el bienestar físico y emocional de las atletas. “Eso es clave, porque cuando se pierde el foco de la persona que está poniendo en riesgo su cuerpo y su salud mental, las cosas no salen bien”. La realidad es que “si no vamos todos para el mismo lado y no unimos fuerzas, no vamos a salir de donde estamos. Somos muy chicos, y hay que unir fuerzas, no dividirlas”.