Las tecnologías de análisis del lenguaje muestran que en contextos de polarización las diferencias lingüísticas se ensanchan: dos grupos políticos que hablan castellano pueden, en realidad, hablar dos idiomas distintos. Así, en la actual campaña electoral argentina, regresan expresiones propias de tiempos autoritarios.

Ashique KhudaBukhsh, profesor del Instituto de Tecnología de Rochester, Estados Unidos, trabaja con una tecnología emergente conocida de manera coloquial como transformers, un nuevo tipo de red neuronal que desde hace años revoluciona el análisis del lenguaje natural computacional y que está a la base de desarrollos como ChatGPT, entre otros. En el área de “traducción”, estos transformers han mejorado de forma exponencial la calidad de programas como Google Translate, los cuales son utilizados por millones de usuarios para traducir sus textos a distintos idiomas. Los transformers también son usados para traducir páginas o mensajes en redes sociales en tiempo real, para producir subtitulados, transferir voz a texto y otras aplicaciones diferentes.

El trabajo de Ashique va más allá de los usos tradicionales de un “traductor”, abriendo la pregunta de cuál es la frontera entre distintos lenguajes y qué textos deben ser considerados una familia lingüística distinta. ¿Dónde empieza y dónde termina una lengua? El castellano es distinto del catalán y del inglés, pero ¿qué tan distintos son, por ejemplo, el castellano que se usa en la política y el que se usa en el arte o en el fútbol?

Este cambio de perspectiva es de fundamental importancia en la investigación social de fenómenos como la polarización. A fin de cuentas, la pregunta que subyace al proceso de polarización es si los votantes de distintos partidos siguen hablando el mismo idioma. ¿Cuán distintos son el castellano de la derecha, el del centro o el de la izquierda?

[...] En computación, el proceso de traducir un documento describe la transformación de una secuencia de texto de un lenguaje a otro. Los idiomas están representados por una colección de textos (un corpus), que tienen distinta probabilidad de ser considerados como estadísticamente similares. Las computadoras estiman, a partir de la frecuencia de utilización de una palabra cerca de otra, si se volverá a recurrir a ella, conformando de este modo un lenguaje. Así, todo texto de un universo lingüístico, incluido el universo lingüístico de Juntos por el Cambio [coalición opositora argentina], puede ser traducido a otro universo lingüístico, como por ejemplo el de Unión por la Patria [coalición gobernante argentina].

La novedosa idea de Ashique fue utilizar estas redes neuronales para traducir el “inglés-The New York Times” al “inglés-Fox News”. La traducción de un lenguaje político a otro no sólo indica cuáles términos son utilizados por cada grupo, sino, más importante aún, permite entender cuál es la distancia lingüística entre simpatizantes del Partido Demócrata estadounidense (que leen The New York Times) y simpatizantes del Partido Republicano (que miran Fox News). Los investigadores encontraron que las personas en lados opuestos de la división política a menudo usan diferentes palabras para expresar ideas similares1. Ashique muestra que los demócratas dirán “calentamiento global” mientras que los republicanos usarán “cambio climático”, expresiones que se alinean con las interpretaciones de cada partido sobre la cuestión medioambiental y la necesidad o no de abordar el tema, que para la mayoría de los republicanos no es necesario. Pero este proceso de traducción también incluye insultos, apodos y un vasto conjunto de metáforas que son específicas de cada grupo.

En Argentina, la frase que en el “castellano-Juntos por el Cambio” dice “el gobierno de Alberto Fernández es el peor de la historia” probablemente sería traducida al “castellano-Unión por la Patria” como “el gobierno de Mauricio Macri es el peor de la historia”. Esto no es muy distinto que traducir la frase “me encanta la palta” en Argentina por su equivalente “me encanta el aguacate” en México.

Por supuesto, estos usos del lenguaje (o familias de lenguajes) pueden no ser suficientemente distintos. Muchas veces no es posible predecir diferencias significativas entre distintos grupos de textos. En ese caso, todos están hablando en verdad el mismo idioma. El “castellano-Juntos por el Cambio” es posible que no sea distinto del “castellano-Unión por la Patria” cuando se habla de fútbol. Al leer una publicación en Facebook de un votante opositor es posible que se pueda “predecir” su familia lingüística cuando habla de política, pero no cuando habla de fútbol. El hecho de que distintos individuos puedan hablar el mismo lenguaje y entenderse cuando hablan de fútbol, pero no cuando hablan de política, abre interrogantes acerca de si estas diferencias realmente califican como distintos idiomas. Sin embargo, tanto para los transformers como para ChatGPT, las diferencias entre los distintos lenguajes son un problema de grado y no de cualidad.

Autoritario vs. democrático

Cuando interpretamos la polarización como un problema lingüístico, asumimos que la distancia entre los usos del lenguaje de los distintos actores políticos es mayor. Así como las diferencias en preferencias políticas se agigantan, la capacidad para entender al otro disminuye, literalmente. Una mayor polarización implica una mayor distancia lingüística entre la selección de palabras, símbolos y significados. En lugar de que ambos interlocutores hablen castellano, uno de ellos habla castellano y el otro, en cambio, catalán.

Lo mismo ocurre con la creación o recuperación de términos que remiten a períodos anteriores a la transición democrática de 1983. En esta campaña electoral argentina se ha visto un inesperado crecimiento de la intención de voto por [el candidato libertario de derecha] Javier Milei, y en paralelo la expansión de términos castrenses, metáforas bélicas y giros idiomáticos que no se habían escuchado en varias décadas. En 1983 comenzó un período de transformación del discurso de la política argentina, que se consolidó a partir del informe de la CONADEP2 y del Juicio a las Juntas3. Se extinguió, por ejemplo, el “algo habrán hecho”, una de las frases más emblemáticas del viejo lenguaje autoritario, y una gran cantidad de términos asociados con el “orden”, la “guerra” y la “patria”. En esta campaña electoral, ya sea por motivos instrumentales, es decir, para capturar el voto emergente de la derecha libertaria, o por un cambio de agenda real de los candidatos, muchos de estos términos han regresado.

En Estados Unidos es común que los políticos exporten palabras y anécdotas vistiendo los ropajes de sus viejas carreras profesionales para comunicar a los votantes que son dirigentes competentes. Deportistas, astronautas y artistas intentan capitalizar políticamente sus éxitos profesionales anotando “touchdowns”, “explorando el futuro” e invistiendo a la política de logros personales que no vienen de la política. Lo mismo sucede con expolicías y militares que “protegen”, “ponen el cuerpo” o son “comandantes” en la lucha contra el crimen o la corrupción. Estos profesionales de la guerra están sobrerrepresentados en el Partido Republicano y, al igual que Patricia Bullrich4, recurren a menudo a frases como “¡ustedes saben que conmigo en seguridad no se jode!”. Esta bukelización5 del discurso político, dura contra el crimen y poco preocupada por los derechos adquiridos, ha visto un renacer político en América Latina, Argentina incluida.

Ernesto Calvo, profesor de la Universidad de Maryland, Estados Unidos. Una versión completa de este artículo fue publicada en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto de 2023.

Punto uy

El regreso de términos castrenses a la política uruguaya acompañó la irrupción del partido Cabildo Abierto, que entre otras sensibilidades representa la de los militares nostálgicos del golpe de Estado de 1973. Con el carácter atemperado con el que se procesan en Uruguay fenómenos que en Argentina son más estridentes, el partido liderado por el comandante en jefe del Ejército impuso el “se terminó el recreo” como una bandera de lucha contra la delincuencia que se extendía, en términos de interpretación más amplia, al cuestionamiento de la llamada “nueva agenda de derechos”.

Aunque Cabildo Abierto, que integra la coalición oficialista, es el máximo representante del quiebre, en términos de lenguaje, del “Pacto del Nunca Más” en esta orilla, su ataque a las víctimas del terrorismo de Estado (1) es consistente con la “teoría de los dos demonios” impulsada, entre otros, por el dos veces expresidente de la República Julio María Sanguinetti (2).

El uso de lenguaje confrontativo llega a lo más alto de la actual línea de sucesión presidencial. Un tuit del 24 de julio de la vicepresidenta en funciones, la senadora Graciela Bianchi, del Partido Nacional, motivó que el gobierno español llamara en consulta a la embajadora uruguaya en Madrid. Bianchi había escrito que con el Partido Socialista Obrero Español “se tiene asegurado la financiación y los valores de las narcodictaduras cubana, venezolana, nicaragüense, iraní, el terrorismo de la ETA”. El canciller uruguayo, Francisco Bustillo, pidió disculpas al embajador de España en Montevideo.

(1): Pablo Rodríguez Almada, “Las ejecuciones de las muchachas de abril y la prédica de Cabildo Abierto a favor de la impunidad”, la diaria, 29-7-2022.

(2): Miguel Aguirre Bayley, “La teoría de los dos demonios: tan falsa como inmoral”, la diaria, 24-6-2023.


  1. Will Knight, “The Left and the Right Speak Different Languages-Literally”, Wired, 21-10-2020. 

  2. NdR: Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, creada por el presidente argentino Raúl Alfonsín el 15 de diciembre de 1983. 

  3. NdR: proceso judicial realizado en Argentina del 22 de abril al 9 de diciembre de 1985 a nueve de los diez integrantes de las tres primeras Juntas Militares de la dictadura (1976-1983). 

  4. NdR: presidenta de Propuesta Republicana, PRO, de derecha liberal, exministra de Seguridad de Mauricio Macri y actual precandidata presidencial opositora. 

  5. NdR: por el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, que implantó en su país una política de seguridad basada en un “régimen de excepción” muy cuestionado por organismos de derechos humanos pero de alta popularidad en la percepción ciudadana.