El 22 de setiembre, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Lula afirmó que “Brasil no es el patio trasero de nadie”. Al día siguiente, los gobiernos que forman parte del Escudo de las Américas -la alianza militar contra los cárteles que impulsa Donald Trump y que Brasil se niega a integrar- incluyeron a los dos principales grupos criminales brasileños en una lista de organizaciones “narcoterroristas”. El 4 de octubre, contra lo que anticipaba la mayoría de los sondeos, Flávio Bolsonaro, senador y heredero del bolsonarismo, ganó la primera vuelta con 47 por ciento de los votos contra 45,1 por ciento de Lula; llega como favorito a la segunda vuelta del 25 de octubre.

La presencia de Washington en la campaña ya fue documentada por la prensa brasileña1 y se inscribe en una larga historia de injerencias. Pero el resultado se explica primero puertas adentro. Aquí interesa indagar qué pasó con Lula y su gobierno en una sociedad que profundizó su carácter conservador, cómo operó esa presencia externa y qué límite encontró en un país que hizo de la autonomía un rasgo de su identidad. Además de quién ocupe el Palacio del Planalto, está en juego si Estados Unidos consigue transformar a Brasil, la mayor economía de la región, en otro de sus peones hemisféricos en la disputa global con China.

Una sociedad corrida a la derecha

Los indicadores no anticipaban este resultado. Con el desempleo en 5,3 por ciento y la economía creciendo en torno al dos por ciento anual, la disputa tampoco pasó por un cambio radical del modelo económico. Lula sostuvo una ortodoxia macroeconómica con heterodoxia microeconómica y Flávio Bolsonaro, aunque propone más desregulación y recorte del gasto, no plantea romper con ese esquema.

Comparando esta elección con la de 2022, Bolsonaro obtuvo casi cuatro puntos más que su padre Jair y Lula sacó tres puntos menos, manteniendo su ventaja solo en el Nordeste. El resultado legislativo apunta en la misma dirección y muestra que hubo algo más que un clivaje entre lulismo y antilulismo. El Congreso que surge de las urnas es más conservador que el actual. El bolsonarismo se quedó con 19 de las 54 bancas del Senado que estaban en juego y tendrá 28 de los 81 senadores, el triple que el Partido de los Trabajadores (PT). En Diputados seguirá siendo, con ventaja, la primera bancada. La polarización, asimismo, es asimétrica: uno de los polos crece y se endurece, mientras que el otro se atrinchera.

La explicación hay que buscarla en un corrimiento hacia la derecha de la sociedad brasileña que excede a las urnas. Según registró Datafolha en junio, los brasileños que se ubican a la derecha (44 por ciento) superaron a los que se sitúan a la izquierda (39 por ciento), cuando cuatro años antes la relación era la inversa.2 Seis de cada diez prefieren trabajar por cuenta propia antes que en relación de dependencia y una etnografía en la periferia de Porto Alegre mostró que quienes accedieron al consumo durante los gobiernos del PT vivieron ese ascenso como una conquista individual.3 A ello se suman el crecimiento evangélico, que ya alcanza a cerca del 30 por ciento de la población, y la demanda de “mano dura” frente al crimen que atraviesa a todas las simpatías partidarias.4

Que el PT no haya podido contener, responder o incorporar la oleada conservadora se explica, en buena medida, por el desgaste tanto personal como político de la figura de Lula. Con 80 años frente a un rival de 45, pasó buena parte de su campaña sobreactuando vitalidad, resaltando su lucha contra el cáncer y publicando videos en la cinta de correr. Y en el último tramo sumó el pedido a los mayores de 70, para quienes el sufragio es optativo, de que no se quedaran en casa y fueran a votar a una elección que registró el nivel de abstención más alto en una primera vuelta.

Lula está, además, por terminar su tercer mandato y no hay nadie en Brasil que no tenga, para bien o para mal, una opinión formada sobre él. Casi la mitad del electorado afirmó que no lo votaría de ningún modo,5 lo que le deja poco margen para sumar adhesiones nuevas. A ello se agrega que no supo construir un sucesor, una debilidad que se le suele señalar a la izquierda sudamericana, junto con la dificultad para proponer una idea convincente de futuro. El lema con el que llegó a la elección, “Brasil listo para más”, dejó sin responder qué era ese más.

Lula volvió al gobierno para reconstruir lo que el bolsonarismo había roto, pero esa agenda de restauración quedó a medio camino en los resultados y sin mucho más para ofrecer que la restauración misma. Detrás de esa promesa estaba un diagnóstico que había abrazado buena parte del progresismo brasileño (y regional): el bolsonarismo había sido una excepción, un paréntesis después del que el país volvería a su cauce. “Brasil está de vuelta”, le anunció Lula al mundo en 2022, como Joseph Biden había dicho “Estados Unidos está de vuelta” en 2021, cuando el trumpismo también parecía un hiato. Ese aparente autoengaño le impidió al progresismo ver que Bolsonaro, más que un candidato, es la expresión de una identidad político-religiosa arraigada en la sociedad.

Valor identitario

Lo que ordenó el voto, en ese terreno, fue lo identitario. Ante una crisis, lo material puede ser determinante. Sin embargo, cuando la economía no se derrumba pero tampoco despega, como ocurrió en Brasil en estos años, las mejoras materiales rinden menos en las urnas, porque el votante las lee a través de su identidad. Los pentecostales, que son siete de cada diez evangélicos, recompensan menos al PT aun cuando se beneficien de sus políticas sociales. A ello se suma una fractura de género, con Lula siendo favorito entre las mujeres y Flávio Bolsonaro entre los varones (sobre todo en los menos escolarizados).

Ese voto identitario tiene una forma de circulación social, hecha de religión, redes sociales y justicia. Su punto de encuentro fue el escándalo en el Supremo Tribunal Federal, que en 2025 condenó a Jair Bolsonaro por el intento de golpe de Estado y que llegó a la elección dividido. En setiembre, André Mendonça (el juez evangélico designado por Bolsonaro padre) difundió mensajes atribuidos a Alexandre de Moraes (el magistrado que condujo esa causa) y la disputa judicial se tradujo de inmediato a un lenguaje religioso. Un monitoreo sobre 573 perfiles de líderes e influencers evangélicos muestra a Mendonça presentado como el “elegido” y el “ungido”, y a Moraes como su adversario espiritual. El mensaje, resumen sus investigadores, es que el cristiano legítimo no puede ser de izquierda.6

Entre los evangélicos Flávio Bolsonaro casi duplica el voto de Lula, y las redes hicieron de un expediente judicial una batalla entre el bien y el mal. Los católicos, que son la mitad del país, prefieren sin embargo a Lula por casi veinte puntos y por ende cabe pensar si estas controversias movilizan más de lo que convierten.7

La potencia política de las redes es inseparable de una subjetividad neoliberal basada en el individualismo extremo y la exaltación de la meritocracia. Los dos diputados más votados, Lucas Pavanato en San Pablo y Nikolas Ferreira en Minas Gerais, son influencers. Se trata de figuras jóvenes que no les deben su voto a un partido ni a un territorio. Éric Sadin llama “individuo tirano” al sujeto que encuentra en las redes y las pantallas una impresión de autosuficiencia y que, a su vez, desconfía de todo “discurso oficial”, sea del Estado, la ciencia o la prensa tradicional. En Brasil, sin embargo, esa desconfianza traslada la credibilidad hacia los vínculos de proximidad, como la familia o la congregación, donde pesa más quién envía el mensaje que su veracidad. La pantalla da el alcance y la iglesia, la cercanía. De ahí que cada intento del Supremo Tribunal por regular lo que circula digitalmente tienda a confirmar el relato de que hay una persecución estatal “desde arriba”.

Elección internacionalizada

La campaña tuvo a Flávio Bolsonaro reclamando en Washington “presión diplomática” sobre las instituciones de su país y a sus seguidores paseando por la avenida Paulista un muñeco inflable del presidente estadounidense con la leyenda “Trump, libera a Brasil”.

Frente a la coerción y la interferencia creciente de Washington, Lula recurrió al nervio nacionalista como instrumento de acumulación política. Después de que Trump impusiera aranceles a Brasil en 2025, la popularidad de Lula mejoró. La mayoría de los brasileños asoció el injerencismo con el accionar de Flávio Bolsonaro, lo que llevó al candidato a pedirle a Washington que postergara los siguientes hasta después de la elección.8

La autonomía, entendida como mantener un margen de maniobra soberano a la hora de tomar decisiones estratégicas, ha sido históricamente uno de los rasgos de la identidad internacional de Brasil y uno de los principios rectores de su política exterior. Esto ha hecho que la impronta nacionalista estuviera presente aun en los gobiernos más alineados con Estados Unidos, como el de Getulio Vargas o la dictadura militar.

Durante el mandato de Jair Bolsonaro, sin embargo, comenzó a gestarse lo que pareció una anomalía, dado que la búsqueda de autonomía quedó relegada o, en todo caso, subordinada a un alineamiento incondicional con Estados Unidos. Que el bolsonarismo apoye la posibilidad de que Estados Unidos intervenga para “liberar” al país muestra que la lucha autonómica se resignificó contra el globalismo y el wokismo, en lugar de los embates de una potencia extranjera. En clave de distopía orwelliana, para la extrema derecha “intervención es liberación”.

Ahora bien, si los aranceles pudieron haber favorecido el discurso soberanista de Lula es porque golpean el bolsillo de todos y tienen un remitente extranjero a la vista. El “narcoterrorismo” y la denuncia de la “censura”, sin embargo, parecen haber generado el efecto contrario. Como responden a reclamos que ya existían en Brasil -la “mano dura” frente al crimen, la idea de que los cristianos son perseguidos-, muchos brasileños parecen no haberlos vivido como una imposición externa. Unos unieron al país contra Washington, los otros lo dividieron. Entre unos y otros, Estados Unidos aprendió que dividir le rinde más.

Lo que queda por delante

El triunfo de Flávio Bolsonaro sugiere que la ruptura iniciada por su padre es más profunda de lo que se suponía, que el viraje conservador en Brasil es más profundo y estructural y también que el principio de autonomía ya no está grabado a fuego en la sociedad brasileña.

¿Cuánto pesó entonces la injerencia trumpista? Que haya pesado en el voto es difícil de establecer. Lo que sí puede decirse es que Washington buscó este resultado y que se montó sobre fracturas que no creó, pero que sí supo explotar. Y además, más allá del resultado de la segunda vuelta, el efecto disciplinador a nivel regional de la injerencia de Estados Unidos ya está vigente: que Trump haya podido interceder en Brasil, el país latinoamericano con más medios para defender su autonomía, funciona como advertencia para los demás.

Esa advertencia, además, llega a una región que definitivamente gira hacia la extrema derecha subordinada a Trump. Desde que volvió a la Casa Blanca, los candidatos adscriptos al trumpismo ganaron en los ocho países de la región que celebraron elecciones. En este punto hay, además, una razón que excede a la política. “Me encanta cuando le doy apoyo a alguien y no pierde”, dijo Trump luego de la victoria de José Antonio Kast en Chile. Para una figura egomaníaca como la del presidente estadounidense, que Flávio Bolsonaro confirme su ventaja es un objetivo político y una cuestión personal.

En todo caso, lo cierto es que Bolsonaro llega al balotaje con la aritmética a favor. Renan Santos, Augusto Cury y Ronaldo Caiado sumaron 7,3 por ciento. Según un estudio de Quaest, más de cuatro de cada diez de los votantes de estos candidatos se inclinan por Flávio contra uno de cada cinco que elige a Lula.9 Además, desde 1989 quien gana la primera vuelta gana también la segunda.

Es probable que la campaña de Lula apele a la épica de sobreponerse a los obstáculos, de las huelgas de sus años sindicales a la cárcel y al regreso. Pero esa épica mira hacia atrás, y cabe dudar de que lo que no rindió en la primera vuelta rinda en la segunda. Para revertir el resultado Lula puede buscar votos en tres lugares: el tercio de los votantes de los otros candidatos que todavía no eligió, los mayores de 70 años y los 33 millones de electores que no fueron a votar. Pero no alcanza. Para revertir la derrota, Lula necesitaría un hecho que irrumpa desde afuera de la campaña, como un escándalo de corrupción ligado al clan Bolsonaro.

También se vislumbran importantes cambios institucionales. Si Flávio Bolsonaro gana las elecciones, a la presidencia se le sumará un Senado donde el bolsonarismo y sus aliados pueden reunir la mayoría. Así, Bolsonaro podrá proponer hasta cuatro de los 11 jueces del Supremo Tribunal, que con los dos que designó su padre harían mayoría hacia el final del mandato. La primera prueba sería la condena del expresidente, para quien su hijo prometió una amnistía o un indulto y cuyo pedido de anulación ya está en manos de un juez. Lo que en 2023 se intentó por la fuerza podría buscarse ahora por la vía institucional.

Alejandro Frenkel, profesor de Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de San Martin. Investigador del Conicet.


  1. “Eleições 2026: Ameaça de Trump assombra disputa no Brasil”, Folha de São Paulo, 19-9-2026. https://www1. /ilustrissima/2026/09/ameaca-de-interferencia-de-trump-assombra-eleicoes-no-brasil-e-em-paises-vizinhos.shtml ↩

  2. Poliana Santos. “Datafolha: 44% dos eleitores se identificam com direita; 39% com esquerda”, CNN Brasil, 3-7-2026. ↩

  3. Rosana Pinheiro-Machado y Lucia Mury Scalco, “From hope to hate: The rise of conservative subjectivity in Brazil”, HAU: Journal of Ethnographic Theory, Vol. 10, No 1, marzo de 2020. ↩

  4. Jonathan Rosen y Sebastián Cutrona, “Understanding support for Mano Dura strategies: Lessons from Brazil and Colombia”, Trends in Organized Crime, Vol. 24, No. 3, setiembre 2021. ↩

  5. Leticia Moreira, “Datafolha: Flávio é rejeitado por 46% dos brasileiros; Lula, por 45%”, CNN Brasil, 21-8-2026. ↩

  6. Flávio Conrado y Lorena Mochel, “A crise no STF nas disputas por quem é ‘cristão legítimo’ nas redes evangélicas”, Le Monde diplomatique, edición Brasil, 22-9-2026 ↩

  7. Guilherme Pavarin, “Católicos mais com Lula, evangélicos mais com Flávio: o que as pesquisas mostram sobre a batalha do voto e as religiões”, BBC News Brasil, 1-10-2026. ↩

  8. “Quaest: após tarifaço de Trump, aprovação de Lula tem maior crescimento dos últimos 12 meses”, Brasil de Fato, 16-7-2025. ↩

  9. “Quaest: Cury, Renan e Caiado transferem mais votos a Flávio Bolsonaro”, Correio Braziliense, 14-9-2026. ↩