El momento no fue casual. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, utilizó el discurso inaugural de su segundo mandato, el 20 de enero de 2025, para anunciar que cambiaría el nombre del Golfo de México por el de Golfo de América. Para dar fuerza de ley a sus palabras, o para demostrar que su palabra es ley, firmó ese mismo día la orden ejecutiva 14.172. La tituló, con su habitual pomposidad, Restoring Names That Honor American Greatness [Restaurando nombres que honran la grandeza estadounidense]. Como si fuera un arcángel en el día del juicio, el demiurgo proclamó esa medida tres semanas más tarde mientras sobrevolaba el golfo de marras en el avión presidencial. Para festejarse, dictaminó que ese 9 de febrero sería, para siempre, el “Día del Golfo de América”. Después lo pasó al parlamento, donde sus mayorías le darían trámite.
Un millón y medio de kilómetros cuadrados de agua con costas sobre los dos países de América del Norte involucrados en el tema, pero también sobre Cuba. Los tres gobiernos deberían estar de acuerdo para cambiar la denominación de ese espacio donde se asienta una floreciente industria petrolera. Y luego el tema tendría que ser refrendado por entidades internacionales para que pueda reflejarse en los mapas. Al menos formalmente. Trump ya ha demostrado que no se atiene a los formalismos. Por eso ha presionado a diestra y siniestra para imponer su denominación, aunque no disponga de la exclusividad sobre el origen. En uno de los campos de batalla que más le importan, esa guerra semántica parece haber quedado en tablas. Los gigantes tecnológicos Google y Apple usan en sus aplicaciones de mapas ambos nombres: Golfo de América cuando la consulta de ubicación se hace desde Estados Unidos, y Golfo de México cuando proviene de usuarios situados en territorio mexicano; si se le invoca desde otra parte, optan por mantener el nombre mexicano con el capricho trumpista entre paréntesis.
Pero ¿qué tanto importa? Mucho, porque más que un juego de palabras es la reafirmación de una voluntad de posesión. Los navegantes bautizaban territorios que ya tenían nombre, pero al hacerlo, y llevarlos luego a las cartas geográficas, los hacían “pertenecer” a la corona a la que servían.
“Nombrar alcanza”, decía la poeta uruguaya Idea Vilariño. El feminismo, esa gran revolución de nuestro tiempo, batalló con éxito para que hombre dejara de ser sinónimo de ser humano. Hoy parece haber consenso al respecto. Por más arraigada que hubiera estado, ya se reconoce el carácter excluyente de la costumbre anterior. Esa que se sustentaba en la lógica bíblica de que el género gramatical de Adán llevaba implícito el de la nacida de su costilla.
Sin embargo, los progresismos no parecen haberse puesto de acuerdo en otra exclusión similar. Estados Unidos ha logrado, desde el siglo pasado, apropiarse del nombre de América para su propio territorio y del gentilicio de americanos para sus habitantes. Como bien insistió Eduardo Galeano a lo largo y ancho de su obra (desde su casi inaugural Las venas abiertas de América Latina hasta su libro póstumo Cazador de historias), Washington despojó con ese gesto a los otros 34 países que forman el continente. Tan extendido está ese uso que ni siquiera la edición francesa de Le Monde diplomatique ha estado libre de un mal que abarca a la mayor parte de la prensa de Francia, Italia y, en menor medida, Alemania. Europa occidental, colonizada por Estados Unidos al término de la Segunda Guerra Mundial, aceptó de buen grado el lenguaje del colonizador. Cabe señalar como honrosa excepción parcial a la prensa británica. Quizá por progresista, The Guardian tiene como subsecciones de sus noticias internacionales las provenientes de US (sin la A final de la sigla del país) y las que llegan de “las Américas” (el resto del continente). En el caso de la BBC, quizá como reacción de la vieja metrópoli que se niega a reconocer el predominio de su antigua colonia, su manual de estilo recomienda no usar América como sinónimo de Estados Unidos, pero acepta la costumbre de sus reporteros de llamar americanos a los estadounidenses. Obviamente los medios españoles son la gran excepción europea ya que negar la América hispana sería negarse a sí mismos y, en su caso, lo que hoy suena anticolonial puede ser (también, y en cierto punto) rezago del colonialismo viejo.
De hecho, la doctrina Monroe original, aquella de “América para los americanos”, tuvo un costado momentáneamente cuasi progresista que permitió llamar a engaños. Postulaba que el continente América debía ser para los suyos, los americanos todos, en oposición a los europeos, aunque escondía el puñal de la potencia emergente debajo del poncho de la conciencia continental. Hecha pública por la prensa tras el mensaje al Congreso del 2 de diciembre de 1823 del presidente de Estados Unidos James Monroe, se dice que fue conceptualizada por su secretario de Estado, John Quincy Adams. Pasadas las independencias latinoamericanas de los años inmediatos, se la usó para ayudar a sacar a España de Cuba en 1898. Poco después, en otro discurso ante el Parlamento de otro presidente estadounidense, el 6 de diciembre de 1904, nació el “corolario Roosevelt” (por Theodore Roosevelt, no confundir con el posterior Franklin Delano, “el Roosevelt comparativamente bueno”). Entonces la doctrina Monroe perdió todo halo de ambigüedad. América siguió siendo el continente, pero los americanos pasaron a ser sólo los estadounidenses. Extensivo en cuanto al territorio del que se apropia, restrictivo en relación con los intereses que defiende.
Si aquel “gran garrote” motivó una primera oposición en el modernismo americano (el Ariel de José Enrique Rodó y la “Oda a Roosevelt” de Rubén Darío, mitad rebelde y mitad mojigata), fue en el terreno del ensayo político donde se le desenmascaró con mayor radicalidad. Desde José Martí y su repetidísima frase de “viví en el monstruo, y le conozco las entrañas” (Carta a Manuel Mercado, 18 de mayo de 1895), hasta la lucidez del argentino Manuel Ugarte para decir, ya en 1923, que “el imperialismo de los Estados Unidos no es un fenómeno caprichoso de la política, sino una necesidad de su desarrollo económico [...] No es sólo la conquista de territorios, es la absorción de las fuentes de riqueza” (El destino de un continente).
Si de lenguaje se trata, aquella agudización del secuestro de la palabra América trae en estos tiempos de Trump, como efecto no deseado por su secuestrador, el retorno de otra que por años se había dejado confinada a las consignas de los revoltosos: imperialismo. Si Martí fue el pionero (antes incluso de que Lenin la publicara en libro, cosa que ocurrió en 1916 en El imperialismo, fase superior del capitalismo), Ugarte fue el más sistemático en usarla para Estados Unidos.
Ya sin las máscaras de gobiernos anteriores —máscaras recubiertas por el baño de azúcar de supuestos principios democráticos— las operaciones de Washington asumen ahora el deletreo desembozado de la piratería. Con más razón, entonces, decir América para el continente es tan urgente y esencial como lo fue, en los últimos años, haber recuperado lo humano para la humanidad entera.
Roberto López Belloso, director de Le Monde diplomatique, edición Uruguay.