“Kast CTM”. El grafiti no tiene el vuelo metafórico de aquel que estaba pintado en el respaldo de un banco de plaza a fines de 2019, el año del estallido: “Paco Perkin”. Doble metáfora para decir que la policía –los pacos– son los sirvientes de la clase dominante. Sin embargo, este de ahora es conciso y directo. Concentra lo que una parte de la población –los cinco millones de personas que votaron por la izquierdista Jeannette Jara el 14 de diciembre de 2025, en la segunda vuelta de las presidenciales– cree que vendrá con la elección del nuevo presidente de Chile, el filopinochetista José Antonio Kast. Estamos en enero y aún queda un limbo de dos meses para que todo empiece a desbarrancarse, podría decir el anónimo autor de la pintada. En parte ya ha comenzado. El Cuarto Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Santiago absolvió hace una semana a Claudio Crespo, un exoficial de carabineros que dejó ciego a Gustavo Gatica en noviembre de 2019, durante la represión de las protestas juveniles. Gatica fue una de las 464 víctimas de trauma ocular de lo que comenzó de forma casi performática –saltándose los torniquetes de entrada al metro por un aumento de tarifa– y terminó con el intento más fallido y radical de reforma constitucional vivido en la historia política moderna del país del otro lado de los Andes.
Mientras Chile espera por el marzo de Kast, este enero de 2026 tiene algo de aquel clima del ascenso del nazismo de los años 1930, podría decirse sin demasiada originalidad entre una obra y otra del festival Teatro a Mil. Es la edición número 33 de un encuentro que tomó su nombre de las entradas a mil pesos, la luca chilena, y que ha crecido hasta volverse una de las instancias más importantes del arte dramático del continente. Este año, con foco en Brasil –de hecho, un recital de Ney Matogrosso fue parte central de su cruce con la música–, recibió obras de China, Corea, España, Francia, Italia, Países Bajos, Perú y Reino Unido, entre otros países, sin olvidar una adaptación brasileña de Las venas abiertas de América Latina, del uruguayo Eduardo Galeano (Venas abiertas 60 30 5 seg, de Aquela Cía). Por detrás, tensa despreocupación y un temor no dicho en la entrelínea.
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A Macbeth Song se titula la pieza que el colectivo catalán La Perla 29 pone en escena junto con la banda británica The Tiger Lillies. Se presenta en el Teatro de la Universidad de Chile, justo en la Plaza Baquedano, sitio clave del estallido de 2019. Ya no está el caballo del prócer cuyo plinto era disputado por pacos y manifestantes entre gases lacrimógenos y balines de goma. Habrá que ver la obra Caballo, del histórico teatro Ictus, que también está programada en el festival, para saber cómo la dramaturgia lee desde hoy los acontecimientos de ayer nomás, pero que parecen, al mismo tiempo, pasado remoto y probable futuro. También podría interrogarse a Historia de un jabalí, versión libre del uruguayo Gabriel Calderón a partir de la shakesperiana Ricardo III, que acá monta Cristian Plana, para tener una perspectiva, quizá, de mayor calado histórico. Pero estamos hablando de A Macbeth Song. Una mezcla de punk y cabaret que, según su director, Oriol Broggi, se inspira en aquellas canciones de Bertolt Brecht y Kurt Weill. No es difícil encontrar el eco de La ópera de los tres centavos ni encontrar, siguiendo el hilo, el eco de aquel tiempo del ascenso del nazismo. Por algo el músico principal, al terminar la obra, cuando los actores ya han hecho mutis y el público se prepara para estallar en aplausos, improvisa algo que los subtítulos no logran captar y que parece ser un “fuck you [Donald] Trump y todos los dictadores”. Es el día en que se ha conocido que ya son 2.000 los manifestantes asesinados por el régimen iraní, que el presidente de Estados Unidos sigue amenazando con capturar Groenlandia y que su servicio de inmigración, el ICE, le ha disparado a un inmigrante venezolano (vaya paradoja, después de que esa misma comunidad exiliada aplaudiera, mayoritariamente, el ataque militar de Estados Unidos sobre Caracas del 3 de enero para secuestrar al presidente/dictador Nicolás Maduro). Las imágenes que inundan las redes sociales y acercan en una línea imaginaria Santiago de Chile con Mineápolis parecen un enfrentamiento civil resbalando torpe y peligrosamente en las calles tapizadas de hielo. La risa nerviosa ante los primeros pasos de la debacle.
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El festival de teatro se combina todo el tiempo con la música. Dos instrumentistas esperan en extremos opuestos del escenario de la sala de la Universidad Católica, en el barrio de Ñuñoa. En esa misma zona de Santiago está el estadio donde la selección uruguaya de fútbol ganó su primer torneo Sudamericano hace un siglo, en 1926, en los alguna vez llamados “Campos Sports de Ñuñoa”. El topónimo, aunque parezca exótico con su doble eñe, debería sonarnos familiar. La canción conocida como “Uruguayos campeones” se llama, en realidad, “Dianas de Ñuñoa” y la escribió Omar Odriozola para que Los Patos Cabreros le pusieran la música del tango “La brisa”, de Francisco Canaro, y la hicieran saltar al futuro desde los tablados de febrero de 1927. No se necesita más estímulo que la memoria para tararearla, olvidando, casi siempre, la que fue en su tiempo la estrofa principal: “Los clarines que dieron las dianas en Colombes / más allá de los Andes volvieron a sonar”. ¿Se habrán acordado de esa canción los 58 uruguayos que en 1973 estuvieron detenidos por la dictadura de Augusto Pinochet en el Estadio Nacional, construido en el mismo predio donde estuvieron aquellos Campos de Ñuñoa? Quizá, para algunos, haya sido una melodía para exorcizar el ruido de los disparos con los que se fusiló a decenas de personas debajo de las tribunas. Difícil saber a cuántas en un lugar por donde pasaron más de 20.000 detenidos, lo que convirtió al coliseo deportivo en el mayor campo de concentración de la dictadura.
Espectros encima de otros espectros. También de fantasmas habla la obra que está comenzando con esos dos músicos ubicados en extremos opuestos del escenario de la sala de la Universidad Católica, en el barrio de Ñuñoa. En este caso habla del nacimiento de los dioses coreanos. Con instrumentos tradicionales, vistoso vestuario y potentes voces, un coro de mujeres canta, en Munjeon Bonpuri, cómo los espíritus pueden ser protectores o amenazantes, pero siempre deben ser exorcizados para darle sitio a lo humano. Habrá que ver si los inuit tienen algún escudo similar en Groenlandia. El Sai Baba del que era seguidor Maduro, o los orixás que se invocaban en las ceremonias secretas del chavismo, no surtieron demasiado efecto en estos días.
-No recuerdo el título, pero es una canción de Caetano Veloso.
A la salida del viejo cine de Providencia, hoy renacido como Teatro Oriente, todos quieren saber el nombre de la canción que ha sonado tres o cuatro veces en escena. Se sabrá luego que es “Sonhos”, del disco Cores e Nomes (1982).
Todos no es una exageración. Hay algo de totalidad en esa larga ola de aplausos con las que terminó La distance y que obligó a los dos actores a salir a saludar media docena de veces.
Algunos llegaron por casualidad, como a veces se llega a elegir una obra de las muchas disponibles en el festival. Otros, por conocer a su autor, Tiago Rodrigues, de obras como By Heart, que ya había presentado en una edición anterior de Teatro a Mil, y que incluso había pasado por el Festival Internacional de Artes Escénicas de Montevideo, el Fidae, en 2019. Otros imantados por la rareza del tema: la colonización de Marte.
El principio no puede ser menos “espacial”. Un hombre de anticuado traje marrón está solo en mitad del escenario. A su lado hay un árbol muerto y unas rocas contra las que se recuestan algunos libros apilados y un tocadiscos. Un intercambio de mensajes por medio de un dispositivo que nunca se ve en escena permite ir descubriendo que la distancia no es sólo una figura retórica. El mundo ha colapsado y un grupo de millonarios ha impulsado una colonia en Marte para escapar del desastre. Llevaron consigo a personas jóvenes con habilidades especiales con la condición de que olviden –tras un proceso químico y psicológico– todo vínculo con la Tierra. La hija del protagonista es una de las “olvidantes”. La exploración marciana del plutócrata Elon Musk tiene mucho que ver con el argumento, aunque ya no se lo nombre. No es sólo crítica social. También trata sobre la distancia de los padres con sus hijas, de la distancia con los dolores del pasado y de la que existe entre la posibilidad real de rebelarse contra lo inevitable y la imperiosa necesidad de seguir haciéndolo. El texto, las actuaciones, el sencillo pero efectivo dispositivo escénico y esa canción de Caetano Veloso transformarán ese título sobre el olvido en una de las propuestas inolvidables del festival.
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Hay mucho más que teatro en el caluroso enero chileno. Las olas rompen sobre la playa de Las Cruces, que se desborda de bañistas. En el horizonte, columnas de humo se levantan del cerro Concepción, en San Antonio. No son incendios forestales, son quemas de llantas en la protesta de los ocupantes ilegales del cerro que se resisten a ser desalojados. Es la toma, como le dicen acá, en Chile. Despreocupados veraneantes se tuestan al sol mientras otros pelean por no perder el pedazo de suelo donde han levantado el techo. No es, sin embargo, lucha de clases directa. En el Litoral de los poetas, como se conoce la zona donde están San Antonio y Las Cruces, no veranean las élites chilenas. Ropa china comprada en los techitos verdes o en grandes almacenes de descuentos donde todo huele a goma, carteles deslavados con indicaciones que han dejado de leerse antes de la era del óxido y la insolación, densas harinas azucaradas para engañar el estómago en largas tardes playeras. Los vacacionistas son casi tan pobres como los ocupantes ilegales. Ese casi está sostenido en la distancia. Las billeteras de los visitantes de estas playas para pobres están más cerca de las pocas monedas de los quemadores de llantas del cerro cercano que de las cuentas bancarias de los propietarios de la cercana Viña del Mar. Pero sus mentes ocupan un punto inverso de la escala. Así, indiferentes a la densidad del humo y al batir ocasional de las aspas de los helicópteros, se tienden en las arenas terrosas y se lanzan al mar sin preocuparse por las banderas rojas y los silbatos de los guardavidas.
Indolencia podría ser una palabra para nombrar algunas posturas políticas de Nicanor Parra, que fuera el más ilustre vecino del lugar. No hay ni siquiera una placa que señale la que fue su casa, aunque todos saben cuál fue, en la calle Lincoln, no demasiado lejos de la esquina con Uruguay. Casa sin museo ni placa, en un recuerdo muy adecuado para el antipoeta. Todo lo contrario de lo que ocurre con la casa “del Poeta con mayúscula”, Pablo Neruda, que vivió apenas a 15 minutos de aquí y que a partir de su refugio, Isla Negra, le dio nombre a un topónimo, como corresponde. Entre las muchas formas de llegar a esa isla en tierra firme, elegí la micro. El pequeño ómnibus se detiene en cada parada eternamente, esperando llenar todos los asientos y hacer más rentable la carrera. Cuando algún pasajero protesta y dice que arranquen de una vez que tiene que llegar al trabajo, chofer y guarda lo patotean argumentando que si está apurado, se tome un taxi o se levante a las cinco de la mañana. Emprendedores en toda la amplitud de la palabra, o quizá empleados que tienen que cumplir con la cuota de boletos vendidos a riesgo de perder el puesto.
He venido al Litoral de los poetas atraído por su nombre y por las tres casas que quiero visitar. La del antipoeta, la del poeta y la del incomprendido. En esta última, la de Vicente Huidobro, estuve en la mañana, en Cartagena. En la “casa y tumba del poeta”, como anuncian los carteles. Me bajé en la plaza después de llegar en un taxi colectivo –modelo de transporte más amable y sostenible que las micros, y que el subdesarrollo tendría que exportar a todo el mundo– y la recorrí en ritual para pisar sus cuatro esquinas. A la sombra del que me pareció el único árbol del lugar, un cartel expone en braille lo que no puede verse. La iglesia está cerrada y no escucho sus campanas, sino una sirena intensa que me parece un anuncio de tsunami. Pero no. Si acaso actúa sobre mí como un recordatorio de la catástrofe global. El narcisista extremo que pretende gobernar el mundo sigue amenazando con tomar más territorios. Ahora quiere la nieve y lo que hay debajo. Más sirenas y bomberos que pasan. Me interno en la montaña rusa de bajadas y subidas de la geografía de Cartagena, la chilena, que me recuerda que aquí también hay cerros, aunque no haya tomas.
El malecón no es más que un pasaje en medio de las ruinas. No me refiero a las casonas solariegas –algunas imitando castillos– que se han rendido a la mordedura del salitre y la erosión de la caída de las viejas fortunas. Eso, esa decadencia, esas paredes de madera carcomida y esos balcones derruidos, son el encanto del lugar. Las ruinas que de verdad expulsan son las que anuncian la crisis climática. En los pocos puestos ambulantes de la costanera se venden chucherías de plástico y prendas que amenazan con deshacerse en el primer lavado. La pobreza no puede darse el lujo de ser sostenible cuando tampoco los ricos lo son, y así Chile llena su desierto del norte con vertederos de ropa que no ha logrado venderse. Pero si se mira al otro lado, está la inmensidad del mar. No hay esplendor que pueda comparársele. Olas turquesa baten los sargazos contra imaginativas formaciones rocosas. Un altar a la Virgen de los Suspiros con sus 15 escalones de piedra. Decenas de pequeños letreros de acrílico agradecen los favores recibidos, cabos de vela muestran que la devoción más pura también puede derretirse, un candado herrumbrado cierra solitario un amor perdido y una gaviota, majestuosa, lo mira todo desde la cabeza de la imagen sagrada. Al bajar, un cartel algo más grande recuerda el pasaje por este mundo de Charlie Brown, a quien sus hijos dedican una vieja canción de Piero. Su foto, recortada de una foto colectiva, lo muestra sentado ante una mesa y presto a la que será su última cena para siempre, o al menos hasta que el aire de Cartagena termine por borrarla.
Es tiempo de remontar el cerro. La subida por la calle Vicente Huidobro parece menos empinada que lo que termina siendo. Llegaré casi media hora más tarde. Recorreré sus habitaciones y vitrinas. Leeré el recorte de La Nación, no la argentina, sino una cabecera homónima que se editaba en 1927 en Nueva York, donde Huidobro dice, con anticipación de visionario, que la sede de los organismos panamericanos no debería estar en Washington, sino en Montevideo. Sabré de su vida, de sus deslices, de sus triunfos, de su trabajo como periodista y de su muerte, en la cama que está ahora frente a mí. Cuentan que había llegado a la estación y le asombró no encontrar un solo taxi. Le dijeron que había una huelga. Un chofer se ofreció a llevarlo, amablemente, pero Huidobro se negó. Su origen aristocrático le había granjeado la burla de Neruda, que siempre le llamó “El Pituco”, pero el creador de “Altazor” era tan comunista como el autor del Canto General, así que no quiso montarse al coche de un rompehuelgas. Decidió caminar los varios quilómetros entre subidas y curvas que le separaban de la única propiedad que podía considerar su casa –el padre lo había desheredado, por poeta y por rojo–, aunque eso significara desoír las recomendaciones del médico que le estaba tratando las secuelas de la metralla que le había impactado en la cabeza cuando era corresponsal de guerra en el frente alemán. Así fue que el metal, sumado al esfuerzo, hizo su trabajo y le amputó la vida. “Por escuchar más sus principios que a la medicina”, podría decir su lápida, que está varias cuadras cerro arriba. Quiero comprobarlo, aunque eso implique seguir subiendo estas lomas interminables. El camino es de tierra y parece llevar hacia la nada. Una pareja que baja de la cumbre me confirma que allá arriba está la tumba. “Aguante Uruguay”, me dice la muchacha, como si hubiera reencarnado desde el cemento o la madera de las gradas de los Campos Sports de Ñuñoa.
Llego.
La tumba está sola en la cumbre.
A los pies, el océano.
“Aquí yace el poeta”, dice la lápida. Y diciendo eso lo dice todo. Podría ser Alemania en 1933. Es Chile en 2026. Tiempos sombríos, dijera Brecht.