Son pocos, pero hay episodios que condensan la fuerza suficiente para producir un cambio histórico; contienen tanta potencia que en sí mismos definen el destino de un país o incluso del mundo. Claro que para que ese momento suceda hubo antes una cadena de acontecimientos que le fueron dando forma, pero lo que sigue a partir de ese punto no es simplemente su conclusión natural, sino el resultado de una decisión, una idea, una palabra capaz de concentrar en un instante algo que perdurará en el tiempo. En Momentos estelares de la historia de la humanidad, Stefan Zweig lo resume así: “Como la electricidad de toda la atmósfera en la punta de un pararrayos, una abundancia inconmensurable de acontecimientos se amontona en el más angosto período. Lo que transcurre de forma paulatina y paralela se comprime en un único instante que todo lo determina y todo lo decide; un único ‘sí’, un único ‘no’, un ‘demasiado temprano’ o un ‘demasiado tarde’ se vuelve este momento irrevocable para cientos de generaciones y determina la vida de un individuo, de un pueblo, e incluso el curso del destino de toda la humanidad”.
La decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de ordenar la captura del mandatario venezolano Nicolás Maduro es uno de esos momentos “cargados de destino”. El 3 de enero, cerca de las diez de la noche, cuando el cielo caraqueño se despejó de las nubes que lo acechaban desde hacía días, creando las condiciones para el ataque, Trump se trasladó a la sala de situación improvisada en Mar-a-Lago y dio luz verde al operativo, tan preciso como letal. Con su palabra final, el presidente estadounidense abrió un nuevo capítulo, radicalmente distinto, en la historia del hemisferio; y también más allá, porque la decisión de apresar al presidente de un país soberano fulmina los restos del derecho internacional y habilita a otros líderes más o menos autocráticos a hacer lo propio. Las repercusiones del caso Venezuela probablemente se sientan en la forma en que el presidente ruso, Vladimir Putin, gestione la guerra con Ucrania (circulan versiones de una movilización general con conscripción total en Rusia), en los “tiempos chinos” con los que el presidente de ese país, Xi Jinping, enfoca la cuestión de Taiwán y en la eventual decisión del propio Trump de atacar Irán (se habla de un bombardeo inminente).
En América Latina, la principal víctima de este nuevo estado de cosas es Cuba. Sucede que, desde el fracaso del intento de invasión en Bahía de Cochinos en 1961, toda la estrategia de seguridad cubana descansó sobre la certeza de que Estados Unidos estaba dispuesto a cualquier cosa, incluyendo el bloqueo más largo de la historia moderna y múltiples intentos de asesinato de Fidel Castro, salvo una intervención directa.1 Esa certeza desapareció.
La política del asedio
El cerco sobre Cuba se va cerrando. Para funcionar en niveles de subsistencia, la economía cubana requiere unos 100.000 barriles diarios de petróleo, de los cuales produce 30.000 en sus yacimientos en Matanzas, un crudo extrapesado que solo sirve para alimentar las centrales térmicas de electricidad. Al momento de la captura de Maduro, Venezuela le enviaba entre 25.000 y 30.000 barriles diarios, lejos de los 100.000 de la era marcada por su antecesor Hugo Chávez, pero aun suficientes para suplir el 30 por ciento de sus necesidades. El resto lo cubría con aportes de Rusia y México, que luego del ataque contra Venezuela también fueron suspendidos.2
La asfixia energética se suma a otras decisiones adoptadas por Washington –o por terceros países bajo presión estadounidense–. A mediados de febrero, por ejemplo, el gobierno progresista de Guatemala anunció la suspensión del programa de médicos cubanos, vigente desde hacía casi 30 años. Por esos mismos días, Nicaragua –en los papeles, un aliado de Cuba– reinstauró la visa para los cubanos que quieran viajar a ese país, lo que cierra la vía de emigración más utilizada en los últimos tiempos, la “ruta de los volcanes”, que permitía hacer el trayecto Honduras-Guatemala-México-Estados Unidos evitando el Tapón del Darién, el temido paso en la frontera colombopanameña que utilizan quienes emprenden el viaje desde más al sur, desde Venezuela, Brasil o Guyana.
Si a esto sumamos los efectos de una serie de medidas que se remontan al primer bloqueo, algunas de las cuales habían sido levantadas por el expresidente Barack Obama para luego ser repuestas por Trump, como la prohibición de la inversión privada estadounidense en Cuba, las limitaciones para el envío de remesas y los castigos a compañías de otros países que inviertan en la isla, el cuadro de estrangulamiento se completa.
¿Qué busca Trump con su política de “máxima presión”? Una posible apuesta es que la crisis social –que va adquiriendo rasgos de crisis humanitaria– genere una rebelión popular como la de julio de 2021, cuando se produjeron una serie de manifestaciones masivas en protesta por la escasez, los apagones y la inflación derivada de la unificación monetaria, todo en el marco de un desplome del turismo como consecuencia de la pandemia. Iniciada en San Antonio de los Baños, la insurrección, la más importante desde el Maleconazo de 1994, se esparció rápidamente a otras ciudades de la isla, alentada por su difusión en las redes, y obligó al gobierno a desplegar una represión masiva que incluyó unas 5.000 detenciones, cortes del servicio de internet y una serie de juicios sumarios con penas de hasta diez años de cárcel. La apuesta de Trump es que la repetición de este escenario, agravado por las condiciones actuales, llevaría, de mínima, a una nueva respuesta represiva, con la consiguiente pérdida de legitimidad del régimen y, de máxima, a una caída del gobierno, al estilo de las “revoluciones de colores” que se multiplicaron en el antiguo espacio soviético en los años 2000.
El problema de esta línea de trabajo es que en Cuba no hay una oposición política organizada como la que existía en las exrepúblicas soviéticas o en la Venezuela actual. Sesenta años de una revolución que hasta no hace tanto tiempo aún conservaba cierto nivel de legitimidad, junto al desarrollo de mecanismos de coerción muy sofisticados, siempre lo impidieron. Por eso, la segunda posibilidad es la salida venezolana: no un “cambio de régimen”, sino un “cambio en el comportamiento del régimen”. Para ello, Washington podría explorar algún tipo de acuerdo con los generales del Gaesa (Grupo de Administración Empresarial), un conglomerado creado por Raúl Castro que controla compañías de comunicaciones, la Zona Especial de Desarrollo Mariel y ramas del comercio minorista y del turismo (“Destinos Gaviota”); de acuerdo con algunos cálculos, el holding controla el 40 por ciento de los ingresos de Cuba.3 Las versiones sobre negociaciones directas entre el gobierno de Trump y un sobrino-nieto de Fidel, Oscar Pérez-Oliva Fraga, un tecnócrata de 54 años que pasó de vice primer ministro a ministro de Comercio y que recientemente fue designado diputado de la Asamblea Nacional, que según la Constitución es requisito para llegar a jefe de Estado, alientan las especulaciones sobre un pacto al estilo venezolano.
Aunque la idea de una Delcy Rodríguez en la figura de un portador de la sangre de Fidel puede ser atractiva, también presenta algunos problemas. En primer lugar, hay que ver si la élite político-militar cubana –y el sector de la burocracia y la sociedad que aún la respalda– está dispuesta a emprender una vuelta de campana que descienda a los niveles de cinismo de la desvergonzada cúpula chavista. Pero, además, el régimen cubano, a diferencia de Venezuela y su petróleo, tiene poco que ofrecerle a Estados Unidos, como no sea impedir una crisis migratoria que ya se está produciendo. No hay premio. O, en todo caso, sucede al revés: la caída de una revolución que en 67 años de sobrevida vio pasar a 14 presidentes estadounidenses sería un triunfo demasiado grande para que Trump y Marco Rubio se lo pierdan, lo que alimenta las versiones sobre un bloqueo marítimo total que impida a cualquier barco, de cualquier país, abastecer de petróleo a Cuba.4 El hecho de que esto configure un acto de guerra carece a esta altura de importancia.
La respuesta
Frente a la amenaza, el gobierno cubano se dedica a “gestionar el colapso”. Si en el Período Especial (1990-2000), los años de escasez extrema posteriores a la caída de la Unión Soviética, se hablaba de la temida Opción Cero, una medida de reducción drástica de los servicios que incluiría el traslado de un sector de la población de las ciudades al campo, y que circulaba en parte como posible política oficial y en parte como mito urbano, esta vez el gobierno se dedica a administrar la crisis, pero en cuotas. Así, ajusta los servicios públicos (a inicios de febrero anunció una reducción de los horarios de las escuelas y hospitales y recortes en la libreta de alimentación), dispone un tarifazo en la electricidad y el combustible y modifica la estrategia para el turismo: en 2025 llegaron a Cuba apenas 1,8 millones de personas (contra, por ejemplo, cinco millones en 2018), lo que llevó a la política de “compactar” a los visitantes en unos pocos hoteles.5 Mientras tanto, la cúpula cubana espera que alguno de sus socios, probablemente Rusia, encuentre alguna forma de hacerle llegar nuevamente petróleo, y especula con un cambio en la orientación política de Estados Unidos luego de las elecciones de medio término. Si pese a todo logra evitar una caída, el gobierno podrá exhibir su supervivencia como prueba de que aún conserva reflejos y cierto respaldo popular –aunque, como se sabe, “los cubanos votan con los pies”, y en los últimos cinco años se fueron de la isla 1,2 millones de personas, equivalente al 10 por ciento de la población–.6
Sin embargo, las especulaciones de corto plazo no deberían ocultar el fondo de un sistema económico que no funciona y de una élite político-militar que insiste en negarle una reforma. Los datos son elocuentes: Cuba, que dispone de tierras cultivables y aptas para el ganado, importa el 80 por ciento de los alimentos que consume. El año pasado, por ejemplo, produjo solo el 13 por ciento del arroz que necesita (80.000 toneladas de 600.000 demandadas), menos del 30 por ciento del café (los cubanos lo estiran con chícharo, una leguminosa seca más barata) y casi nada de cerdo (la principal proteína que se consume en la isla). Cuba, que en su momento fue el principal exportador de azúcar del mundo, hoy la importa (la zafra 2024-2025, de apenas 170.000 toneladas, fue la peor de la historia).7
La crisis de la producción de alimentos es solo una muestra del desastre. Con un salario promedio de 15 dólares, los cubanos sobreviven “inventando” (buscando ingresos por fuera del sistema) o gracias a las remesas de los emigrados (aunque el 44 por ciento no recibe nada). Pero la bomba de tiempo más peligrosa es demográfica: la combinación de las duras condiciones de vida, las políticas progresistas de facilitación de anticonceptivos y la emigración masiva condujeron a un envejecimiento acelerado de la población. A este ritmo, en un par de décadas Cuba será el segundo país más envejecido del mundo, lo que obviamente presionará sobre el sistema previsional: la pensión media es de 10 dólares, a pesar de la decisión oficial de aumentar la edad jubilatoria –una medida que intentan otros gobiernos del mundo contra la habitual resistencia de la izquierda–.8
Este fracaso –un fracaso rotundo, sin medias tintas– contrasta con el éxito de otros experimentos socialistas que lograron reformarse a tiempo, notoriamente China, con el giro promercado de Deng Xiaoping en 1978, y Vietnam, con su política de Doi Moi iniciada en 1986. ¿Por qué, parafraseando a Pablo Gerchunoff, Cuba no pudo ser Vietnam? Es cierto que Vietnam, igual que China, era, al momento de lanzarse el programa de reformas, una sociedad mayoritariamente rural, lo que permitía, por un lado, expandir la producción agrícola poniendo fin al sistema de comunas y permitiendo a los campesinos vender sus excedentes y, por otro, disponer de una reserva inagotable de mano de obra que podía ser volcada a la industria a bajo costo. En Cuba, que ya en los años 1960 era un país urbanizado y semidesarrollado, nunca hubo un ejército de reserva de campesinos dispuestos a trasladarse a las ciudades para trabajar por 200 dólares como en Asia.
Pero el factor central es político. Aleccionada por la experiencia de la perestroika,9 es decir, la posibilidad de que la apertura económica conduzca a una caótica democratización política que la termine desplazando del poder, la cúpula castrista siempre dosificó las reformas. De algún modo, Cuba no fue Vietnam para evitar convertirse en Rusia. Y así dejó pasar los dos momentos en los que podría haber ensayado un giro aperturista que le devolviera a la economía algún nivel de dinamismo. El primero fue en los años 1990, cuando la caída de la Unión Soviética cortó casi de un día para el otro los flujos de asistencia y reveló la debilidad estructural de un sistema que solo podía funcionar subsidiado, frente a lo cual un Fidel todavía al mando aceptó a regañadientes algunas medidas promercado: despenalización de la tenencia de dólares, apertura controlada del sector turismo al capital extranjero y liberación parcial de los mercados agropecuarios, aunque unos años después pegó el famoso “frenazo”, una recentralización económica acompañada de un torniquete autoritario; en el medio, claro, Chávez había llegado al poder para inaugurar la etapa más productiva de la cooperación entre ambos países (para muchos cubanos, la época más feliz que recuerdan). Como otras veces en el pasado, a Cuba la salvó la geopolítica.
La segunda oportunidad perdida fue el deshielo de 2014, cuando Obama y Raúl Castro negociaron un acercamiento que incluyó la reapertura de embajadas, la liberación de los viajes y las remesas y el fin de la política “pies mojados, pies secos”, que concedía automáticamente la ciudadanía a los cubanos que lograran pisar Estados Unidos. Con gobiernos de izquierda en varios países de América Latina que miraban con simpatía el reencuentro, parecía el momento de iniciar un giro que le permitiera a Cuba encontrar su lugar en la economía global. Pero no pudo ser. El triunfo de Trump un par de años después puso fin a las concesiones, frente a un régimen que tampoco parecía tan decidido: todavía se recuerda la carta de Fidel, formalmente fuera del poder, en el Granma, en la que criticaba de forma implícita la decisión de su hermano asegurando que Cuba no necesitaba “regalos del imperio”. El traspaso de mando de Raúl Castro a Miguel Díaz-Canel, un burócrata sin arraigo popular ni voluntad modernizadora, marcó el último intento de la vieja guardia por preservar su poder y el sistema creado alrededor suyo.
Cuba según Padura
A lo largo de una obra vasta e inspirada, Leonardo Padura, colaborador habitual de la edición Cono Sur de Le Monde diplomatique, viene pintando la agonía cubana como el paisaje de fondo de las intrigas de sus novelas. Si en su tetralogía “Las cuatro estaciones”10 el detective Mario Conde se movía con su paso cansino por una Habana decadente pero aún en pie, en su libro más famoso, El hombre que amaba a los perros (2009), combinó el relato de la vida de Ramón Mercader con los recuerdos de los años del Período Especial, mientras que hizo de Como polvo en el viento (2020) la gran novela del exilio cubano: los que se van, los que se quedan, los que se quedaron pero se quieren ir, los que sueñan con volver. ¿Y el policía Mario Conde? ¿Qué está haciendo en estos días? Hace unos años conversé con Padura del giro extraño que Manuel Vázquez Montalbán le había dado a su personaje estrella, Pepe Carvalho, en sus últimas novelas, donde aparecía raro, como desfigurado. “Manolo no supo cuándo parar”, me dijo Leonardo. Quizás por eso, Mario Conde fue perdiendo centralidad en la narrativa de Padura. En su última novela, de hecho, apenas hace un cameo. Se titula Morir en la arena (2025), y parte de un parricidio como trauma fundante para contar la historia de un puñado de hombres y mujeres que hoy rondan los 65 años, la edad de la revolución, y que descubren que después de entregarlo todo, incluso la vida en Angola, su país no tiene nada para ofrecerles: ni una pensión decente, ni el contacto con los hijos o los nietos que emigraron, ni comida; apenas calor y el desencanto final de una vida de privaciones en una isla literalmente a oscuras.
José Natanson, director de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.
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NdR: Certeza reforzada luego de la “crisis de los misiles” de 1962. ↩
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“Cómo queda Cuba tras la caída de Maduro en Venezuela y por qué el petróleo de México pasa a ser clave”, bbc.com, 12-1-2026. ↩
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“Gaesa: el consorcio militar que controla la economía cubana”, Deutsche Welle, 8-1-2018. ↩
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“A New U.S. Blockade Is Strangling Cuba”, The New York Times, 20-2-2026. ↩
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Datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información citados en “Historic tourism slump deepens Cuba’s crisis”, upi.com, 3-2-2026. ↩
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“La población de Cuba cayó 18% entre 2022 y 2023, según un estudio independiente”, Efe, 8-7-2024. ↩
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Datos sobre el café tomados de “Cómo está cambiando el café cubano para conservar más valor”, perfectdailygrind.com, 7-12-2025; sobre la carne de cerdo tomados de “Con solo 9.000 toneladas de carne en 2024, la producción porcina en Cuba toca fondo”, 14ymedio.com, 10-4-2025, y sobre la zafra azucarera tomados de “La zafra cubana no alcanza las 150.000 toneladas de azúcar, la peor en más de un siglo”, Infobae, 8-8-2025. ↩
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Carmelo Mesa-Lago, “La larga crisis”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, febrero de 2025. ↩
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NdR: “Reestructuración” en ruso. Intento de reformar el sistema soviético realizado por el premier Mijaíl Gorbachov en 1985 y que se extendió durante los últimos seis años de existencia de la Unión Soviética. ↩
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Pasado perfecto (1991), Vientos de cuaresma (1994), Máscaras (1997) y Paisaje de otoño (1998). ↩