Escribió Carlos Manuel Álvarez que “los cubanos son los rehenes de la idea de Cuba” (El País, Madrid, 16 de febrero). Es que no se puede seguir exigiendo a los cubanos de a pie que soporten solos el peso de ser “la dignidad de América Latina”. El 17 de abril de 2003, con motivo del fusilamiento de tres opositores, escribí en Brecha: “La Cuba idealizada que surge de la revolución de 1959 aún existe, pero se ha separado del referente concreto que la contenía. Hoy sobrevive en el territorio inmaterial de quienes todavía se sienten inspirados por aquel episodio histórico y sus corolarios de justicia social. [...] La Cuba de hoy parasita a la Cuba de los años 60, y aquella mítica Cuba arrastra pesadamente los crímenes del régimen actual, como si tuviera la culpa”.

Por supuesto, en todo este marco, no se puede ignorar el costo del bloqueo. Según La Habana, en seis décadas de aplicación de esta política por parte de Estados Unidos, se han acumulado pérdidas para la isla, a precios corrientes, de 138.843,4 millones de dólares. Casi el triple que toda la exportación mundial de carne vacuna uruguaya en esos 60 años. Si se lleva a la depreciación del dólar frente al “valor oro”, los perjuicios cuantificables para Cuba han superado los 922.630 millones de dólares en el período (“Cuba vs. bloqueo”, informe del Ministerio de Relaciones Exteriores cubano ante la Asamblea de Naciones Unidas, julio de 2019).

¿Qué es exactamente el bloqueo?

Echando mano a la Ley de Comercio con el Enemigo de 1917, la Ley de Asistencia Exterior (1961) implicó el embargo total al comercio con Cuba; luego, en 1963, se congelaron los activos cubanos en Estados Unidos y se prohibieron todas las transacciones financieras con la isla. En los años 1990 se extendió la medida a las compañías subsidiarias de firmas estadounidenses afincadas en terceros países (Ley Torricelli, 1992), y a los directivos de empresas extranjeras (Ley Helms-Burton, 1996). Si bien la administración de Bill Clinton autorizó en 2000 la exportación de productos agrícolas a Cuba, condicionada al pago en efectivo por adelantado y sin financiamiento estadounidense (hoy, de hecho, Cuba le compra a Estados Unidos carne de pollo, su principal proteína), prohibió hacer turismo en la isla (en 2016 Barack Obama autorizó viajes educativos individuales). Luego, llegó Donald Trump y la soga se ajustó todavía más. Con independencia de cifras y conceptos, el bloqueo, el más largo de la historia contra nación alguna en tiempos de paz, afecta la vida cotidiana de las personas –y el derecho a la vida, directamente– en ambos extremos de la cadena. Por poner el caso de la salud: los estadounidenses se ven privados de recibir de Cuba, por ejemplo, el medicamento Heberprot-P, único de su tipo en el mundo para el tratamiento de la úlcera del pie diabético, y los cubanos ya no pueden comprar los equipos que se utilizan para asistir mecánicamente a los pacientes cuando la ventilación pulmonar espontánea compromete la vida, ya que las empresas suizas que los proveían han sido adquiridas por una compañía con sede en Illinois, Estados Unidos. Desde 1992 la Asamblea General de las Naciones Unidas ha venido adoptando resoluciones anuales –con el voto consistentemente favorable de Uruguay– sobre la necesidad de terminar con este bloqueo económico, comercial y financiero. La más reciente es la del 29 de octubre de 2025, con 165 votos a favor (incluyendo Uruguay), siete en contra (Argentina, Estados Unidos, Hungría, Israel, Macedonia del Norte, Paraguay y Ucrania) y 12 abstenciones.

“Castigo colectivo”

Hoy, ante la tragedia de un pueblo bloqueado y asediado, organizaciones políticas de izquierda, sindicatos y ciudadanos indignados de varios países del continente responden con manifestaciones de solidaridad y apoyo, también en Uruguay (“Caravana por la paz y contra el bloqueo imperialista en solidaridad con Cuba”, del 28 de febrero). La bancada del Frente Amplio, por su parte, propuso una declaración al Senado uruguayo en la que se lee: “Se puede reclamar otro tipo de gobernanza y mayores libertades, pero eso no puede justificar la adopción de medidas coercitivas unilaterales de alcance extraterritorial, que terminan funcionando como un castigo colectivo contra el propio pueblo que se supone se pretende ayudar” (la diaria, 18 de febrero).

Es que desde aquel 2003 de los incomprensibles fusilamientos, otros 22 años de bloqueo se han abatido sobre la isla. No hay realidad que pueda resistir tanta asfixia. Si “Cuba resiste”, con todas las comillas que eso implique en el presente, y todo el peso que esa “resistencia” ponga, injustamente, sobre los hombros de las personas concretas que la habitan, quizá lo que la sostiene no es solo represión y control, aunque también exista. En alguna parte ha de quedar, aún, algo de aquel fuego. Y por ese fuego la izquierda de América Latina, y sus gobiernos progresistas, deberían estar dispuestos a chamuscarse un poco.