Jeffrey Epstein nació en 1953 en el seno de una familia judía humilde de Brooklyn, un barrio popular de Nueva York; su padre era jardinero municipal y su madre cuidadora de niños. Pero pronto se hizo extremadamente rico y empezó a sacar partido de los contactos que fue acumulando a lo largo de los años.1 Su relación con Douglas Leese, un comerciante de armas británico afincado en Estados Unidos, fue determinante: lo introdujo en la oligarquía de Reino Unido, y su hijo Nick le presentó a las jóvenes promesas de Wall Street. El multimillonario Leslie Wexner, a quien conoció en esa misma época, también le abrió muchas puertas, en particular, confiándole la gestión de parte de su patrimonio. En 1987, con solo 34 años, Epstein comenzó a formar parte del consejo de administración de la prestigiosa New York Academy of Arts, lo que le permitió ampliar su agenda de contactos en los mundos del arte y las finanzas. Gracias a sus numerosos clientes y amigos multimillonarios, acumuló una fortuna tal que no tardó en comprarse un Boeing 727 y, posteriormente, una de las Islas Vírgenes, Little Saint James, que goza de un régimen fiscal muy ventajoso. En poco tiempo, empezó a vivir entre países, donde mantuvo sólidas redes de contactos.

El éxito de Epstein se debe en gran medida a su capacidad para combinar los ingredientes tradicionales de la “ensalada oligárquica”. Frecuentar así a los poderosos le permitió enriquecerse con mucha rapidez y llevar un estilo de vida fundado en la apropiación de múltiples recursos –a veces llegando a las formas más extremas de depredación, incluida la violencia sexual contra mujeres muy jóvenes– con una sensación de impunidad.

El círculo cerrado de la oligarquía

Los jets privados, un medio de transporte 50 veces más contaminante que el tren y entre cinco y 14 veces más que un vuelo comercial, constituyen uno de los símbolos más visibles de este círculo cerrado que desafía a la “gente común”.2 Al viajar así, los “líderes pioneros” no corren ningún riesgo de cruzarse con “los que no son nada”, en palabras del presidente francés, Emmanuel Macron.3 Para garantizar su tranquilidad, los ultrarricos disponen de infraestructuras específicas, como el aeropuerto de Le Bourget, cerca de París, o el de Farnborough en las afueras de Londres. Los controles son lo suficientemente blandos como para evitar cualquier fila; incluso se puede llegar en limusina hasta la puerta del avión.

Capaz de transportar entre 20 y 30 pasajeros en “configuración VIP”, el Boeing 727 de Epstein aterrizó por primera vez en París en 1996. Seis años después, el millonario compró un departamento de unos 800 metros cuadrados en la capital francesa, en el segundo piso de un imponente edificio de la avenida Foch, a dos pasos del Arco de Triunfo. Es decir, en la zona más exclusiva del distrito XVI, la que corresponde al código postal 75116, ya que el 75016 se considera tradicionalmente el de los “menos ricos de los ricos”. El prestigio reside en este tipo de detalles.

Epstein se codeó así con otras grandes fortunas, oligarcas rusos o de Medio Oriente, cerca de las embajadas y las sedes de holdings financieros. Su mayordomo brasileño, a sus órdenes durante 18 años –fallecido en la cárcel en 2015 antes de su juicio, tras haber intentado vender documentos de Epstein a la Oficina Federal de Investigaciones (FBI)–, también vivía con él en el barrio, cuatro pisos por encima de su empleador. Una placa dorada bien visible en la avenida Foch indica a cada transeúnte que la entrada de servicio se encuentra en el 1 de la calle Chalgrin. Este sistema permite evitar cruzarse con el personal de servicio, al tiempo que facilita el paso discreto de algunos visitantes, que pueden esquivar el vestíbulo principal. Una vez más, el prestigio se esconde en los detalles.

Dado que el poder social es también un poder sobre el espacio, nadie se sorprenderá al saber que la anchura de la avenida Foch supera la de los Campos Elíseos (120 metros contra 70). La arteria se duplicó con carriles laterales, destinados al inicio a los jinetes que deseaban llegar con total seguridad a la entrada del bosque de Boulogne, al final de la avenida. Los ricos se arrogan así todo el espacio que consideran que les corresponde, tanto en la ciudad como en la sociedad.4 Barrios de lujo, jets privados, islas paradisíacas u hoteles exclusivos constituyen otros tantos enclaves que permiten desmarcarse de lo común y desarrollar una sociabilidad y una solidaridad mundanas a escala global.

Los medios de comunicación dominantes –a menudo propiedad de los multimillonarios– han convertido el caso Epstein en una noticia policial escabrosa y sensacionalista. Esta interpretación tiende a ocultar el funcionamiento real de una clase social que concentra todos los poderes (económico, social y cultural) y vive al margen del resto de la población, a la que domina y explota a su antojo. El círculo cerrado de la oligarquía fomenta un sentimiento de superioridad y un clima de “ojos que no ven, corazón que no siente”, propicio para los favores recíprocos. Según correos electrónicos que se hicieron públicos, Epstein prestó su jet privado a Jack Lang, entonces presidente del Instituto del Mundo Árabe (IMA), para que viajara a Marruecos, mientras que el exministro ayuda al multimillonario en sus búsquedas inmobiliarias en Marrakech. “El precio es de 5.400.000 euros, offshore”, le precisa el exministro francés en un mensaje de marzo de 2015, acerca de un hotel tipo riad en la Palmeraie. Lang conoció al empresario a principios de la década de 2010, en una cena organizada en honor al director Woody Allen.

La riqueza se autorreproduce

Esta agrupación de pares que se mueve en las altas esferas contribuye a la opulencia. La riqueza de cada uno refuerza la del resto, de acuerdo con un funcionamiento en un círculo cerrado que excluye cualquier “filtración” hacia las clases medias o populares. Lejos de ser una simple noticia policial, el caso Epstein pone de manifiesto los mecanismos de un mundo social que suele estar protegido por muchos secretos –fiscales, bancarios, de seguridad o, más recientemente, el “secreto comercial”–. “Para vivir felices, debemos vivir ocultos”, nos han repetido a menudo durante nuestras investigaciones en el mundo de la alta burguesía. Esta vida al reparo de las miradas alimenta un sentimiento de impunidad entre los multimillonarios a quienes el sistema capitalista ofrece una libertad casi total, en especial aquella de apropiarse de las formas de vida con fines de lucro y placer. Recordemos que, desde la llegada de Macron, ex socio gerente del banco Rothschild, al Eliseo en 2017, la fortuna acumulada de los multimillonarios franceses se ha duplicado, hasta representar en la actualidad un monto de 220.000 millones de euros en manos de 32 personas, es decir, lo que equivale a financiar 10.000 puestos de docentes en Francia durante casi 400 años.5

Más que una anomalía, el caso Epstein se presenta como el producto lógico de un sistema de dominación y explotación inherente al capitalismo globalizado. Si bien sorprende por su magnitud y la brutalidad de los delitos revelados, probablemente no sea un caso aislado. Los escándalos que mezclan dinero, poder y violencia sexual salpican la historia reciente de las élites económicas y políticas. Las ilegalidades de la oligarquía terminan saliendo a la luz, a golpe de Offshore Leaks, LuxLeaks, SwissLeaks e incluso de Panama Papers. Pero un asunto sustituye a otro, sorprendentemente similar, del que surge el siguiente, sin que se establezca relación alguna entre ellos.6 Como en el poema de Robert Desnos: “El pelícano de Jonathan, / por la mañana, pone un huevo muy blanco / del cual sale un pelícano / que se le parece extraordinariamente. / Y este segundo pelícano / pone, a su vez, un huevo muy blanco / del que sale, inevitablemente, / otro que lo mismo hace. / Esto puede durar mucho tiempo / si antes no se hace una tortilla”.7

Para evitar que algunos se pongan a cocinar, los poderosos se aprietan los codos en aquello que Pierre Bourdieu llamaba una “orquestación sin jefe de orquesta”.8 Las redes personales de los dominantes se insertan en un conjunto de organizaciones internacionales, clubes privados, clubes de golf, think tanks [usinas de pensamiento] y a veces partidos políticos. Estos círculos de poder se duplican de un país al otro y favorecen una solidaridad internacional entre miembros de las élites.

La publicación en 2026 de millones de documentos procedentes de la investigación estadounidense sobre Epstein confirma el alcance internacional de sus redes. Estos archivos ponen en evidencia una sociabilidad que atraviesa los círculos políticos, financieros, científicos y culturales de varios continentes. Epstein debe, por ejemplo, su entrada en la Comisión Trilateral a los favores del magnate petrolero David Rockefeller en los años 1990, según afirmó en una entrevista con Steve Bannon. Esta organización privada reúne a altos dirigentes del mundo financiero y político de las principales potencias occidentales (Estados Unidos, Europa y Japón). En 1975, dos años después de su creación, denuncia los “excesos de la democracia” que, en su opinión, expresan las manifestaciones contestatarias de la época.9

Este universo cerrado se basa en un sistema de cooptación social en el que los ricos eligen ellos mismos a quienes son dignos de “estar adentro”. De este modo, cuando Epstein solicitó el apoyo del aristócrata y abogado Matthieu de Boisséson para facilitar la entrada de Lang en la Unión Interalliée, prestigioso club del distrito 8 de París, el intento fracasó: el acceso a estos lugares sigue estando estrictamente controlado. La clave no reside tanto en el intercambio de servicios, donación por donación, sino en la certeza de que cada miembro del grupo de poder cuenta, en caso de necesitarlo, con la solidaridad de todo el resto. En esta lógica casi colectivista de las élites, cada uno protege a los demás y mantiene la cohesión del círculo.

“A los ricos, el mundo social les da lo más escaso que hay: reconocimiento y consideración, es decir, sencillamente, una razón de ser”, escribe Bourdieu.10 Pero este reconocimiento engendra un sentimiento de superioridad, vivido como merecido y, por tanto, natural, que hace perder el sentido de la mesura, al punto de percibir las normas y las leyes como facultativas. De este modo, Lang puede aceptar trajes ofrecidos por la marca italiana Francesco Smalto, por un valor estimado de 500.000 euros, sin declararlos ante el responsable de ética de la Asamblea. Su abogado alegará que se trata simplemente de “actividades de representación” y la investigación quedará archivada. Los archivos que se hicieron públicos a principios de 2026 mencionan a Lang y a su hija Caroline 673 veces. En ellos se descubre, en particular, el rastro de una donación de cinco millones de euros concedida por vía testamentaria a Caroline Lang unos días antes de la muerte de Epstein en la cárcel, en agosto de 2019.

El archivo como arma

¿Es debido a sus orígenes modestos por lo que Epstein archivó cuidadosamente todos sus correos electrónicos intercambiados desde Francia, Marruecos, Estados Unidos y Reino Unido, como garantías potenciales? En estos círculos donde la discreción es la regla, el archivo sistemático puede convertirse en un arma, una moneda de chantaje, un medio de presión. Estos rastros escritos debilitan la solidaridad tácita que suele proteger a la oligarquía.

Más allá de los excesos individuales de un multimillonario y su entorno, el caso Epstein arroja luz sobre el funcionamiento de un universo social basado en el círculo cerrado, la cooptación y la protección mutua. Un mundo en donde la extrema concentración de riqueza y poder alimenta un sentimiento de impunidad –y donde, a veces, un testamento y unos pocos archivos bastan para resquebrajar el muro de silencio que lo protege–.

Monique Pinçon-Charlot, socióloga y exdirectora de investigación en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS). Traducción: Emilia Fernández Tasende.


  1. Los datos que conciernen la biografía de Jeffrey Epstein fueron tomados prestados de la prensa. 

  2. Ver el capítulo “Le joyau de la couronne: les jets privés”, de Les Riches contre la planète. Violence oligarchique et chaos climatique, Textuel, París, 2025. 

  3. NdR: El 29 de julio de 2017, al inaugurar la Station F, en París, el presidente francés dijo: “Una estación de tren es un lugar donde uno se cruza con gente que triunfa y con gente que no es nada”. Ver “Emmanuel Macron évoque les ‘gens qui ne sont rien’ et suscite les critiques”, Le Figaro, 3-7-2017. 

  4. Ver la reedición de nuestra obra original de 1980, Dans les beaux quartiers, Rue De L’echiquier, París, 2025. Prefacio de Éric Vuillard. 

  5. “Focus France. Résister au règne des plus riches”, Oxfam France, París, enero de 2026. 

  6. Michel Pinçon y Monique Pinçon-Charlot, Tentative d’évasion (fiscale), Zones, París, 2015. 

  7. [NdR] Poema de Robert Desnos disponible en Pierre Bourdieu, La reproducción. Elementos para una teoría del sistema de enseñanza, Editorial Laia, México D. F., 1979. 

  8. Pierre Bourdieu, El sentido práctico, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2007. 

  9. Olivier Boiral, “Treinta años de la Comisión Trilateral”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2003. 

  10. Pierre Bourdieu, Meditaciones pascalianas, Anagrama, Barcelona, 2006.