¿La guerra o la dilación? Tras la muerte del líder supremo iraní Alí Jamenei en un bombardeo estadounidense-israelí (28 de febrero), el jefe de los hutíes, Abdul-Malik al-Houthi, se mostró muy poco vindicativo en un video que circuló en las redes sociales. En un tono moderado, aseguró que se mantenía atento “a cualquier evolución”, pero sin formular amenazas directas contra Estados Unidos ni contra Israel. Esta prudencia responde a un contexto interno tenso y a dificultades organizativas. En los territorios que controlan desde el golpe de Estado de 2014, los rebeldes yemeníes se enfrentan a una oposición creciente. El hecho de que la actividad de las organizaciones humanitarias haya menguado tras la detención de varios de sus empleados deterioró una situación alimentaria y sanitaria que ya era preocupante. Confrontada a dificultades cotidianas, la población, que apoyaba a los palestinos de Gaza, está menos dispuesta a soportar las consecuencias de un compromiso militar con Irán, país al que algunos consideran responsable del auge del movimiento que padecen.
Incertidumbre y paranoia
Por otro lado, los bombardeos estadounidenses de marzo de 2025 y los ataques israelíes del verano boreal pasado no afectaron solo a la población. También diezmaron a prácticamente todo el gobierno civil de Ansar Allah [Partidarios de Dios, nombre oficial de los rebeldes hutíes] y obligaron a numerosos cabecillas y mandatarios a abandonar la capital Saná para refugiarse en las regiones montañosas de Hajjah, Amran o Saada. El 16 de octubre de 2025, el anuncio del asesinato del jefe militar Muhammad al-Ghamari (no se sabe cuándo lo mataron exactamente) evidenció que el Mossad de Israel y la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) contaban con una red de informantes capaz de proporcionar información lo suficientemente precisa como para eliminar a altos responsables del movimiento.
Según Abdou Ahmed Awad, desertor que estuvo al mando de una compañía de infantería, la serie de asesinatos de este verano boreal “sembró el pánico entre los dirigentes hutíes. Se retiraron a sus refugios, aislándose de las tropas. Esto desmoraliza a los combatientes”. Otros oficiales que también desertaron admitieron que ya no recibían órdenes claras de parte de las cúpulas y confirmaron una ruptura en la cadena de mando. En este contexto de incertidumbre y de paranoia creciente, los rebeldes apenas lanzaron algunos misiles a Israel durante la noche del 28 de febrero, y no fueron más lejos.
¿Responderán al llamado?
Aunque se los considera parte del “Eje de la Resistencia” vinculado con Teherán, esta prudencia también responde a que los hutíes nunca estuvieron totalmente subordinados a la República Islámica. Si bien en los últimos años se acercaron mucho a la ideología revolucionaria iraní (que el fundador del movimiento, Hussein al‑Houthi, citaba con frecuencia), siempre mantuvieron una distancia razonable con Irán. Sobre todo, mantuvieron una relación mucho más cercana con las milicias iraquíes y con Hezbolá, del Líbano. De hecho, muchos dirigentes hutíes viven en Beirut y en Náyaf (Irak), donde ejercen una representación diplomática extraoficial.
Por su parte, Irán –cuyos mandatarios afirman que no necesitan a nadie para defenderse– duda en sacrificar la que en este momento constituye su última carta útil dentro del “Eje de la Resistencia”. En Teherán, el equipo del líder supremo y la Guardia Revolucionaria Islámica [conocida en farsi como Pasdaran] en ocasiones han tenido opiniones contrarias sobre la mejor manera de valerse de los hutíes. “Los representantes del líder se quejaban de que la Pasdaran tenía un enfoque demasiado extremista de nuestro movimiento. Esas divergencias podían afectar nuestras operaciones militares”, recuerda Ali al-Boukhaity, exportavoz de los hutíes entre 2013 y 2015, enviado a Irán para propiciar un acercamiento con Teherán.
El equipo del líder supremo aspiraba a que el movimiento se consolidara tanto en el plano político como el militar, y que a la vez se institucionalizara, para convertirse en un punto de anclaje sólido de la influencia regional iraní. En cambio, los miembros de la Pasdaran veían a los hutíes como una herramienta de desestabilización y de disturbio, aun a riesgo de que recibieran represalias inmediatas. El acercamiento entre Irán y Arabia Saudita, logrado gracias a la mediación de China en 2023,1 permitió una tregua en Yemen y abrió la puerta a negociaciones de paz inéditas entre los hutíes y Arabia Saudita. Evolución que el líder supremo alentaba, en su voluntad de que los rebeldes adquirieran legitimidad política. Tras suceder a su padre, Mojtaba Jamenei podría prolongar esta política destinada a afianzar la influencia del grupo en el norte de Yemen.
Sin embargo, y suponiendo que la guerra se estanque, Irán podría pedirles a los hutíes que obstaculicen el tráfico marítimo del mar Rojo, por donde transita un 40 por ciento del comercio marítimo mundial y 6,5 millones de barriles de petróleo por día. Y ¿los rebeldes responderían a este llamado? Una cosa está clara: llevan meses preparándose para un estallido regional. Desde finales de 2025, construyeron grandes fortificaciones, incluyendo una trinchera de casi 40 kilómetros alrededor de la ciudad portuaria estratégica de Hodeida. Enviaron refuerzos de hombres y de equipamiento, a la vez que aumentaron sus capacidades balísticas y navales (misiles, drones y sistemas antibuque). Evidentemente, los dirigentes del movimiento temen que la guerra en la región favorezca una ofensiva del gobierno yemení respaldada por bombardeos israelíes y estadounidenses. En ese caso, podrían ordenar reanudar los ataques contra el tráfico marítimo del mar Rojo, en colaboración con la Guardia Revolucionaria iraní que amenaza con cerrar totalmente el estrecho de Ormuz.
Quentin Müller, periodista, autor de L’Arbre et la Tempête. Socotra, l’île oubliée, Marchialy, París, 2025. Traducción: Agustina Chiappe.
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Ver Akram Belkaïd y Martine Bulard, “Pekín se sitúa como pacificador del Golfo”, Le Monde diplomatique, edición Uruguay, abril 2023. ↩