Axel Kicillof se encamina al momento decisivo de su vida política en una situación paradójica. Por un lado, la provincia de Buenos Aires [de la que es gobernador] sufre, más que cualquier otra provincia argentina, los efectos regresivos del modelo Milei. Con ingresos por coparticipación que siempre estuvieron muy por debajo de lo que le correspondería, la “provincia del pecado”, como la llama el escritor Jorge Asís, carece de los recursos hidrocarburíferos y minerales de las provincias cordilleranas y no puede apelar a la herramienta de los dos senadores para negociar concesiones puntuales como las que consiguen los gobernadores de los distritos más chicos; pero sobre todo, por su tamaño y conformación socioproductiva, se ve especialmente afectada por la caída del consumo, la desindustrialización y la crisis de empleo. Según cálculos de la gobernación, desde la llegada de Milei al poder, el presupuesto se redujo en un tercio, entre el recorte de las transferencias no automáticas, la quita de fondos nacionales y el fin de la obra pública.

Si en términos financieros la situación de Kicillof es apremiante, políticamente, en cambio, parece más auspiciosa. Para llegar a este lugar, tuvo que recorrer un camino estrecho.

Retrocedamos diez años, a las elecciones de octubre de 2015. Ministro estrella del gobierno y favorito de Cristina [Fernández de Kirchner], Kicillof acaba de ser elegido diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires con... 22 por ciento de los votos (Patricia Bullrich, al frente de la boleta de Juntos por el Cambio, centroderecha, lo duplicó). Consciente de que permanecer en su distrito natural lo hubiera condenado a una vida apacible de fracasos legislativos, prefirió dar el salto al vacío de la candidatura bonaerense, decisión que generó la inicial resistencia de los intendentes peronistas (no de Cristina), que veían la idea como un experimento extrañísimo cuyo único fundamento parecía el alto nivel de autovaloración del exótico candidato. Fue así que, en el marco de la victoria más general del Frente de Todos, un Axel uruguayizado –menos soberbio, dispuesto mate en mano a abrazar ancianas– terminó con la estrella fugaz de María Eugenia Vidal [Propuesta Republicana, PRO, centroderecha] y logró lo que durante una década habían intentado sin éxito políticos con experiencia y recorrido como Agustín Rossi o Jorge Capitanich, algo que no había conseguido ningún otro integrante de la juventud kirchnerista y que ciertamente no logra Máximo [Kirchner Fernández]: expresar a los votantes de Cristina.

Ya instalado en La Plata, Axel se mantuvo convenientemente al margen de la pulsión autofágica del Frente de Todos [coalición kirchnerista] y, con un fuerte apoyo financiero del gobierno nacional, consiguió afirmarse en la gobernación, construir una red de apoyo con los intendentes y llegar políticamente vivo a las elecciones del 2023. Allí se produjo la primera ruptura con Cristina y La Cámpora [juventud kirchnerista], que insistían en que debía convertirse en candidato a presidente de lo que ya se llamaba Fuerza Patria. La historia es conocida: el gobernador se mantuvo firme (incluso resistió el intento de imponerle como vice a Martín Insaurralde, lo que, dada la posterior difusión de los viajes de placer del funcionario, hubiera sido un desastre) y, con Verónica Magario nuevamente como compañera de fórmula, consiguió la reelección. Lo ayudaron, claro, la división del voto opositor entre macristas [por el expresidente Mauricio Macri, PRO, Juntos por el Cambio] y libertarios [seguidores del actual presidente Javier Milei] y el sistema electoral bonaerense de una vuelta; pero lo cierto es que en un contexto en el que casi todos los caudillos históricos del peronismo –Sergio Uñac, Capitanich, Alberto Rodríguez Saá, Alicia Kirchner– cayeron derrotados, Axel obtuvo su segundo mandato. Solo el exitoso cordobesismo, con su fuerza irreductible de aldea gala, pudo sobrevivir al huracán.

La reelección de Axel, en lugar de apaciguar la interna, terminó de desatarla. En los años siguientes, ya con Milei en la Casa Rosada, Axel produjo dos gestos adicionales de diferenciación con Cristina (la pereza del periodismo suele llamar “gestos” lo que en realidad debería leerse como la construcción de espacios de autonomía). En octubre de 2024 se negó a apoyarla en su aspiración a presidir el Partido Justicialista (PJ), una decisión que tenía como excusa no desairar al riojano Ricardo Quintela y como trasfondo real la voluntad de no mostrar la subordinación que se le reclamaba. Y el año pasado, contra la opinión de la expresidenta, desdobló las elecciones bonaerenses, una maniobra que el grupo de intendentes que lo apoyan le venía pidiendo desde hacía tiempo y sobre la que el gobernador dudaba. Podría haber salido mal, incluso muy mal: podría haber fracasado el operativo electoral (era la primera vez que la provincia organizaba elecciones propias en su vasto territorio) o podría haber sucedido una derrota del peronismo provincial. Pero funcionó: empujado desde abajo por los jefes municipales, que se jugaban a suerte y verdad sus concejos deliberantes, el PJ se impuso por 14 puntos.

Los fantasmas de Axel

Se mueven muy rápido las cosas en Argentina. En las últimas semanas el clima social parece haber cambiado: la imagen del gobierno nacional cae y, más importante aún, las expectativas de una mejora de la situación socioeconómica, que hasta ahora habían sostenido el apoyo al oficialismo, se derrumban. Cada vez son menos los que creen que con Milei les puede ir mejor. Sin embargo, el esquema macroeconómico de dólar planchado, inflación controlada (aunque ligeramente en alza) y crecimiento (aunque moderado y, sobre todo, muy heterogéneo) se mantiene vigente. Por más que la situación socioeconómica siga empeorando, nada indica que el diseño de Luis Caputo [ministro de Economía de la Nación] vaya a volar por el aire: mientras continúen ingresando dólares y Estados Unidos mantenga su apoyo, el esquema podrá seguir en pie. Y si algo enseña la historia argentina es que un escenario electoral como el que asoma –derecha unificada con dólar bajo– es un escenario difícil para las fuerzas progresistas y populares.

En este marco, la candidatura presidencial de Axel cuenta con algunas ventajas y enfrenta varios obstáculos. Entre las primeras cabe señalar el peso político propio ganado en estos años, la ausencia de contendientes de peso (los gobernadores de las otras provincias importantes probablemente buscarán su reelección) y su perfil antagónico a la gestión libertaria. Axel es un antimileísta natural, incluso en el detalle de que ambos son economistas.

Entre los obstáculos, el primero, que ya señalamos, es la dificultad inherente a la gobernación bonaerense, ese cementerio de presidenciables (ni Eduardo Duhalde ni Carlos Ruckauf ni Felipe Solá eran exactamente tontos, y ninguno llegó). El segundo escollo es la interna, todavía abierta, con Cristina. Pasa algo nuevo en la política argentina: no sabemos cuántos votos tiene la expresidenta. Como en 2019 decidió cederle su lugar a Alberto Fernández, en 2023 no quiso presentarse y en 2025 ya había sido proscrita, su caudal electoral es hoy un misterio. Por supuesto que aún conserva la adhesión –menguante– de un sector de la sociedad, pero es un apoyo que no se traslada a ninguno de los dirigentes que la rodean. En esta circunstancia, la posibilidad de que el kirchnerismo fabrique una candidatura alternativa (la hipótesis de un Juan Grabois por afuera) está ahí, latiendo como amenaza. ¿Será posible? ¿Aceptará dividir ese voto? Cristina ha sido muchas cosas a lo largo de su extensa vida política, pero nunca apostó a las construcciones testimoniales y mantuvo siempre su vocación por las mayorías. No es [el dirigente español de Podemos] Pablo Iglesias, y por eso un acuerdo con su exministro sería lo más conveniente. El problema es la forma exacta de este pacto y la estética de su presentación en sociedad. Axel debe trascender al kirchnerismo, sin negarlo.

Sin embargo, incluso si logra mantener la provincia controlada y llegar a un acuerdo con Cristina, Kicillof enfrenta un problema de electorabilidad, el mismo que desde hace una década afecta al kirchnerismo. Toda la zona núcleo es un problema. Cuando se les pregunta por el tema, sus asesores explican que desde su llegada a la gobernación viene dándose una estrategia de diálogo con el sector agropecuario, simbolizada en sus regulares visitas a Expoagro y ratificada con sus victorias en algunos distritos de raíz sojera, como Chascomús y Pehuajó. Es verdad, pero parece poco para penetrar en provincias hostiles como Córdoba, donde Macri superó el 70 por ciento y Milei llegó al 75 por ciento, o para conquistar esa sensibilidad antikirchnerista que se proyecta hacia el centro de Santa Fe, La Pampa o San Luis, y que tiene otro epicentro en Mendoza. Sea por enconos históricos (la relación de los cordobeses con cualquier cosa que suene a kirchnerismo está rota desde que fueron abandonados en medio de un amotinamiento policial) o por malas gestiones del peronismo local, como en Mendoza, lo cierto es que Axel tiene por delante el desafío de acercarse a estos universos electorales que hasta ahora lo rehúyen.

La construcción de un amplio frente antimileísta que incluya expresiones diversas parece la estrategia más adecuada, aunque en el camino habrá que evitar los dos grandes problemas de las coaliciones, los que determinaron el fracaso de la Alianza y del Frente de Todos: el síndrome de la bolsa de gatos y el síndrome del doble comando. En este sentido, mi impresión es que la dirigencia peronista todavía no alcanza a comprender lo que significó para un sector importante de la sociedad el fracaso de la gestión de Alberto Fernández, tanto más grave por cuanto todos, de un modo u otro, quedaron implicados (Alberto y Cristina, claro, pero también el exministro de Economía y luego candidato Sergio Massa, el “peronismo racional” e incluso aquellos que no integraron formalmente el gobierno, como los gobernadores). Como señalamos en su momento, el problema del Frente de Todos es que estaban… todos, lo que le impidió al peronismo ir a la periferia partidaria a buscar el recurso para su renovación, como sucedió en los 1980 con Antonio Cafiero, en los 1990 con Carlos Menem y en los 2000 con Néstor Kirchner.

La candidatura de Kicillof debe resolver también algunas cuestiones de ingeniería electoral, como la posibilidad de un nuevo desdoblamiento de los comicios provinciales, que beneficiaría a algunos intendentes pero que, esta vez, afectaría sus aspiraciones, privándolo de ese empuje municipal decisivo. Sin embargo, mi impresión es que el principal riesgo que lo acecha no pasa por la oportunidad electoral o la arquitectura coalicional, sino por el temor al caos económico que genera el peronismo en parte importante de la sociedad. Es paradójico, pero el partido que con Menem y con Kirchner se había ganado la justa fama de partido del orden ha quedado asociado en el inconsciente colectivo a los peligros de la inflación, el descontrol cambiario y el cepo. La amenaza de un “lunes negro” sigue siendo el mejor argumento de Milei.

Por eso, mi tesis es que Axel, igual que cualquier otro posible candidato del campo popular, necesita convencer a los votantes de que su llegada al poder no implicaría volver al caos final del Frente de Todos: una promesa de fe –un compromiso con la estabilidad macroeconómica– como la que en su momento se vieron obligados a formular Luiz Inácio Lula da Silva, con la Carta al Pueblo Brasileño de 2002, el uruguayo Tabaré Vázquez, anunciando que Danilo Astori sería su ministro de Economía, y el mismo Néstor Kirchner, garantizando la continuidad de Roberto Lavagna [ministro de Economía y Producción durante el precedente gobierno de Eduardo Duhalde]. Y para lograrlo, lo esencial es construir un “vector de confianza”. Del mismo modo que Lula prometió mantener vigente el programa firmado por su antecesor Fernando Henrique Cardoso con el Fondo Monetario Internacional, Axel podría decir: “El RIGI [Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones] no me gusta, yo lo hubiera pensado de otra forma, pero lo vamos a mantener porque es importante para el desarrollo de las inversiones”. O podría anunciar tempranamente un responsable económico que transmita tranquilidad, un Astori argentino. No es, como se argumenta a veces, un problema de los mercados, de concesiones al poder económico, de agachadas; es una señal a esa parte de la sociedad que desconfía.

Cuando se les plantea la idea, en el entorno del gobernador explican que su estilo no contempla los golpes de efecto ni las operaciones estrafalarias, recuerdan que dejó el Ministerio de Economía con la inflación por debajo del 25 por ciento y que las cuentas de la provincia siempre estuvieron en orden. “No se va a transformar en algo que no es”, sostienen. El argumento es atendible y los datos son ciertos, pero creo que subestiman –insisto– el impacto social que produjo la frustración del Frente de Todos, ese “cajón de Herminio” del siglo XXI.1 Como ya señalamos, el peronismo requiere una renovación programática equivalente a la que en su momento lideraron Cafiero, Carlos Grosso y José Manuel de la Sota,2 cuyo punto de partida debería ser un compromiso con la estabilidad económica que incluya definiciones claras en materia del equilibrio fiscal, emisión monetaria y tipo de cambio. Para llegar con chances a las elecciones del año que viene, Axel debe despejar esta incertidumbre –conjurar este fantasma–, de modo de quitarle al gobierno la carta del miedo y, entonces sí, hablar de producción, de empleo o de educación, todas cuestiones en las que Milei tiene mucho para perder.

José Natanson, director de Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.


  1. NdR: En la campaña electoral de 1983, el aspirante peronista a la gobernación de Buenos Aires, Herminio Iglesias, quemó en público la reproducción de un ataúd con el nombre del candidato presidencial y a la postre presidente Raúl Alfonsín (Unión Cívica Radical), en lo que se consideró un error comunicacional decisivo para la derrota del peronismo. 

  2. NdR: Respectivamente, gobernador de la provincia de Buenos Aires (1987-1991), intendente de la ciudad de Buenos Aires (1989-1992) y gobernador de Córdoba (2011-2015). Cafiero, además, fue uno de los impulsores de la renovación programática del justicialismo que habilitó, paradojalmente, la heterodoxia de los gobiernos nacionales de su rival en la interna peronista Carlos Menem (1989-1999).