Más allá de las teorías de la conspiración que surgieron casi en el mismo momento que el intento de atentado contra el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el 25 de abril en la cena de corresponsales extranjeros, en Washington DC, el hecho se inscribe en una categoría que ha fascinado tanto a los historiadores premarxistas como al público de la sociedad de masas. ¿Es posible cambiar la historia sacando del juego a una sola persona?

El magnicidio histórico por excelencia fue el asesinato de Julio César durante los idus de marzo en la Roma antigua. Etiquetado como un intento de salvar la República de un líder autoritario, nos legó en su entrelínea la propia lectura de su inutilidad. Más que un salvataje, fue el prólogo de algo más antidemocrático todavía: el imperio de Augusto. Sin embargo, lo que lo hizo trascender más allá de las especulaciones del cambio de régimen fue su costado trágico. No la conspiración para matarlo, tampoco el hecho de que los conspirados se hayan repartido el acto de matar, apuñalando a su víctima todos juntos, sin dejar la solución librada al sicariato, sino el sino trágico de que César haya identificado a su más cercano discípulo entre quienes lo estaban matando. “¿Tú también, Brutus?”. Hay algo de una doble individualización en el modo en que esta frase cierra el arco del acto. Lo vuelve radicalmente distinto a otro episodio que de no ser por esto podría participar en la misma categoría. Si el teatro anglosajón renacentista se valió de los idus de marzo para construir una tragedia –Julio César (1599), de William Shakespeare–, el Siglo de Oro español también abrevó en un acontecimiento por el estilo que, sin embargo, está lejos de ser idéntico. Cuando Lope de Vega hace matar en escena a su tirano, la conclusión no es la identificación de un autor preciso, ni siquiera de uno entre los muchos, como en los idus de marzo. En Lope de Vega el perpetrador es colectivo: Fuenteovejuna.

En esta época de individualismo extremo esto último parece imposible. Lo colectivo está diluido, en la mayor parte de los casos, en el océano de las distracciones. Se abre entonces el telón para el lobo solitario y es esto, en la paradoja de la necesidad logística de que haya más de un individuo para ejecutar lo casi imposible, lo que permite la entrada en escena de la teoría de la conspiración. Con rapidez, la sinapsis de los memoriosos –o, mejor dicho, la asociación de ideas de la capa más superficial de la memoria colectiva– nos lleva a Dallas y a 1963. El asesinato de John F Kennedy es la conspiración estadounidense moderna por excelencia. Pero el engranaje no encaja. El siglo XX en el que se inscribía aquel magnicidio hacía pensar en la necesidad de tejer líneas de explicación que volvieran la transmisión en directo del crimen como una parte esencial del ocultamiento. Se mostraba el impacto, la caída casi teatral del objetivo, la captura del asesino y su posterior ajusticiamiento por un lobo solitario opuesto antes de que el juicio pudiera brindar respuestas. Y eso, lo mostrado, lo puesto en evidencia, era leído, precisamente, como evidencia de un poder oculto más grande incluso que el poder del entonces “hombre más poderoso del mundo”. Lo que no encaja del engranaje Kennedy en la narrativa Trump es una pieza más epocal que de procedimiento. Si en 1963 nadie actuaba solo, hoy todo el mundo lo hace.

En esa última frase es que hace equilibrio, en el filo de una navaja, que puede ser la de Ockham o puede no serlo, la verosimilitud del episodio de la cena de los corresponsales extranjeros en Washington DC. ¿Importa? Sí y no al mismo tiempo. El Estados Unidos trumpista está más cerca del Irán de los ayatolás que de la Venezuela de Nicolás Maduro. Es muy probable que quitar la pieza que aparece como principal no produzca un desmoronamiento del régimen, eso que la nueva teoría del imperialismo llama “cambio del comportamiento del régimen”, sino que todo siga igual, hasta radicalizado incluso. ¿O alguien duda de que JD Vance es una carta de continuidad todavía más peligrosa para sus adversarios?

Haya sido un intento real o una puesta en escena para conjurar la caída en picada de la popularidad de un Trump empantanado entre Medio Oriente y los archivos Epstein, lo ocurrido el 25 de abril no debe hacer olvidar que los procesos geopolíticos responden a causas complejas y no a la voluntad de un hombre. El encadenamiento de figuras de alta exposición alrededor del fenómeno de Donald Trump que provienen del mundo de los negocios más que de la política tradicional nos está diciendo algo. Los oligarcas (término que gracias a la Rusia de Vladimir Putin hoy puede, de nuevo, designar a los magnates) Elon Mask, de Tesla, y Alex Karp, de Palantir, por poner solo dos casos, definen más que cualquier gobernador o senador republicano el rumbo de la implementación de los intereses políticos de la superpotencia dominante. Ya no se trata solamente de los conglomerados industriales al servicio del imperialismo, como cuando las acerías de Krupp o los motores Mercedes Benz apuntalaban a las divisiones del Führer. Hoy la imbricación es sistémica. Se podrá polemizar si estamos en el tecnofeudalismo, como dice el exministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, o si, como plantea Evgeny Morozov, esa etiqueta oculta procesos de dominación menos novedosos. Lo real es que ni el trumpismo depende por completo de Donald Trump, ni el mileísmo de Javier Milei, ni el bolsonarismo de Jair Bolsonaro (por traer el foco al vecindario). Limitar esos fenómenos a su encarnación en un solo hombre, incluso cuando ese hombre es el que se ha elegido para nombrar la subcategoría de marras, es no entender la capacidad sistémica del capitalismo para alimentarse con sus propias mutaciones. El problema real es que, mientras tanto, lo que va siendo masticado es el planeta.

Roberto López Belloso, director de Le Monde diplomatique, edición Uruguay.