Tu supuesta omnipotencia era una manera de defenderte de lo poquita cosa que te sentías. Elisabeth Crosby, mi psicóloga.

No supe nada de mi psicóloga en más de veinte años, hasta que hace unos meses me dejó ese comentario en Facebook, feliz por mis logros. No estaba en mi mejor momento, la verdad, pero me dio fuerzas que la terapeuta de mis años juveniles pensara que me iba bien en la vida. Elisabeth Crosby me atendió durante un año difícil, de 1993 a 1994, cuando me preparaba para ingresar a la universidad y me debatía entre seguir mi vida de sexo, drogas y rock and roll o ponerme a estudiar en serio. Volverla a ver es como volver a la terapia. Después de pedirle desempolvar mi file de esa época, ahí está ella, la misma cara impasible que veía dos veces por semana y la única persona a la que le he pagado para que me escuche. Me habla desde la ventana del videochat, con su perro bichón maltés William's (así, con apóstrofe), un poco enloquecido, subiendo y bajando de su regazo. Lo retiene, lo acaricia y luego lo suelta sin más. Dice que desde que hablamos han vuelto algunos recuerdos y que lo que lee «es grueso». Me asusta, sobre todo porque no pierde la sonrisa al decirlo. «Solo de leerlo ya estoy agotada», explica resoplando. A mí también me invade una sensación igual de antigua: la de que exagera mis problemas, que en realidad no son para tanto. Titubeo durante unos largos segundos, cuando siento salir de la misma boca de esa persona que fui a los diecisiete años la voz de la persona que soy ahora. Escucho mis esfuerzos por hacerme ver como alguien con suficiente aplomo y salud mental. ¿Estoy queriendo impresionar a mi psicóloga, como en el pasado lo intentaba pero contándole mis fechorías, dirigiéndome ahora a ella con presumible manejo de una situación creada por mí —esta entrevista— y de consecuencias inciertas? Le contesto que tengo muchas ganas de que me lo comente y, para mi delirio, empieza a analizarme: «Sigues siendo pushing impulsiva».

Elisabeth Crosby es psicoterapeuta.

¿Por qué decidiste dejarme un comentario en mi muro de Facebook después de tantos años?

Tu perfil es público. Te escribí por impulso. Leí algo que escribiste sobre psicólogos y se me antojó desearte que estuvieras bien. Sabía que eras una buena escritora y vivías fuera, pero sabía solo eso.

¿Pero no es Facebook un sitio muy engañoso donde más bien estamos todo el día dando una mejor imagen de la que tenemos de nosotros mismos íntimamente?

Efectivamente, Facebook no es confiable. Y al menos antes de caretas sabías mucho. Quizá ahora que lo repienso, fue un acto narcisista de mi parte por partida doble escribirte: primero porque fui tu psicóloga y segundo porque conocí a la gran Gabriela Wiener. [Mi psicóloga se psicoanaliza delante de mí].

No recuerdo si me llegaste a dar el alta. Un día me fui y ya no volví. ¿Cuándo sabes que alguien está listo para irse o se va antes de tiempo?

Fue un proceso muy duro, de casi un año. Fui una partecita de tu historia. Tú la evaluarás. Tu mamá puso el límite, iba a ser tu ingreso a la universidad, y después dejó una puerta mal cerrada. Luego yo puse límites y tú te fuiste porque no te gustaban los límites. El proceso es de a dos. Y tú no quisiste.

¿Qué recuerdas de nuestra terapia?

A ver, me da un poco de miedo hablar, te lo confieso, porque no sé cómo estás, no sé cómo puedas tomar mis palabras, cómo las puedas usar. Si la información retroactiva puede ayudar o, al contrario, puede no ayudar nada.

No temas. Estoy bien, quiero decir, hay cosas que nunca van a estar bien, pero sospecho que esa parte de mi pasado es algo que he revisado durante todos estos años, no con terapia, pero sí a menudo. Ese tiempo me marcó profundamente, tanto como para saber que no quería volver a ese lugar. ¿Con qué tipo de chica te encontraste la primera vez que nos vimos?

Cuando tú me buscaste habías terminado hacía poco o estabas en conflictos con Tequila [el apodo de mi novio de esa época]. Creo que fuiste muy sincera, te abriste considerablemente bien y me hablaste de tu relación, de que él estaba en drogas y había entrado a Paz y Bien. Me contaste que tú también habías consumido, en principio marihuana a diario, pero también pasta y coca los fines de semana, que habías tenido experiencias homosexuales, que habías hecho tríos, que muchas veces te drogabas para acompañar a Tequila y para que él no se fuera con otras personas. Me contaste que el silencio te aterraba, que a veces sentías que hablabas sola, que te era muy difícil tomar distancia de tu novio, que tus papás no sabían nada. Durante un tiempo no sabían ni por qué estabas en terapia.

Mis padres no creían en la psicología, yo creo que abominaban de ella.

No sé cómo te pagaron un año de terapia sin creer en la psicología... Tú tenías muchas broncas en ese momento con la vida, con el mundo, con ellos, porque los habías idealizado y un día se te habían caído. Y sentías que todo lo que te habían enseñado no era verdad. En algún momento habías descubierto que tu papá le sacaba la vuelta a tu mamá y eso te dolía mucho, cuestionaba todos tus valores. Por otro lado, meterte en drogas era algo así como castigarlos y a la vez era un maltrato hacia tu persona. Rechazabas tu parte intelectual para negar eso que ellos representaban, lo que querían de ti, querías diferenciarte de sus vidas. Y ellos mientras tanto presionaban para que dejaras la terapia. Si quieres te leo partes de las cosas que apunté, que además en esa época era manuscrito.

Por favor.

Aquí leo que desde que Tequila se interna no volviste a consumir drogas porque era él quien te las daba. Tequila fue tu primera vez, vivían en el mismo edificio, sentías que eras adicta a él. A raíz de su ingreso en el centro de rehabilitación para adictos, sientes que has perdido la brújula y no sabes qué hacer porque él abarcaba toda tu vida. Por otro lado, empezabas a sentir que él y la marihuana te impedían realizar tus planes de estudiar, que no ibas a ingresar a la universidad. A veces deseabas que no estuviese en tu vida para poder estudiar. Repetías mucho frases como «no soy nadie sin él» y te describías como una persona demandante, exigente, posesiva. Decías que tu mamá también lo era. Que no te gustaba que saliera y que, para dormir de niña, tenías que dormirte cogida de su pelo. Cuando ella ya no te hacía dormir, empezaste a cogerte tu propio pelo. Eras consciente de que el problema estaba dentro de ti y no fuera.

¿Y qué pasó cuando hablaste a solas con mis padres?

Noto que tu papá tenía muchas más dificultades para poner límites y que estaba más ausente. Que tu mamá estaba más presente y te ponía más límites, tenía un rollo muy marcado con respecto a la importancia del afecto, pero que es como estereotipado y desorganizado y, sobre todo, desconoce absolutamente tu situación y cree que todo lo que te pasa y por lo que te sientes mal es porque estudias mucho.

Un día llego a mi casa después de una juerga, de drogarme, y les cuento todo lo de las drogas, pero no recordaba que tú me estabas empujando a decírselo hacía meses...

Yo te fuerzo a hablar. Tú querías desarmarte antes de ingresar y sabías que abrirías la caja de Pandora. Decidimos esperar. Pero yo te presiono, te digo que se te acabó el tiempo, que te vas a hacer más daño, yo no podía responsabilizarme siendo tú menor de edad. Finalmente se lo contaste después de ingresar a la universidad. Acababas de cumplir dieciocho años. Y te estabas boicoteando a ti misma. Académicamente te iba bien, pero publicaste en algún lado que eras una fumona, querías corromper también ese espacio, querías decir: «Miren lo mala que soy».

Me arrepentí punto por punto de haberles contado a mis padres que tenía «problemas de drogas». No me consideraba adicta a las drogas en esa época, ni ahora cuando miro atrás creo que lo fuera, no me costó demasiado dejarlas. Pero sí era difícil cortar con mi estilo de vida, algo que en realidad luego haría la universidad por mí. Te odié en ese mismo momento y durante un tiempo no pude perdonarte que me alejaran definitivamente de Tequila por ello.

Entiendo esa bronca, pero ya te dije que la tenías con todo el mundo. En algún momento también conmigo. Viniste a mí a pedirme ayuda para desenredar ese nudo. Pero tú no querías dejar de fumar. Maldices la hora en que viniste a terapia porque te habías hecho consciente de cosas y querías volver a ser la inconsciente de antes, para seguir haciendo lo que hacías sin tener remordimiento ni culpa, pero ya no puedes retroceder la película. Sientes que nadie te escucha, pero tampoco quieres hablar. Y no hablas porque quieres preservar esa imagen de ti. Cuando estás conmigo, estás de acuerdo conmigo y cuando estás con tu mamá, con ella. Al final, no sabes lo que quieres, ni quién eres. Rompes el vínculo por tu dificultad para crear vínculos. Es probable que yo haya terminado siendo en tu cabecita y en la de tus papás la que obstaculizaba que estuvieses mejor. Te asustaba acercarte a tus verdades. Finalmente consigues dejarme.

Es raro ser yo la que pregunta ahora después de veinte años. Eras tú la que preguntabas, la que escuchabas. No eras muy habladora, creo recordar.

Primero, no es mi estilo hablar tanto y segundo, la terapia trata de que hable el otro y saque todo.

¿Qué saqué yo para afuera?

Que había un tema con el color de tu piel que te atormentaba. Que eras alguien que daba mucha importancia a lo sexual. Te acosaba la sensación de no existir y por eso te fusionabas con otros para ser como ellos. Hablamos de tu supuesta omnipotencia como una manera de defenderte de lo poquita cosa que te sentías. También de cómo ser tan competitiva te impedía disfrutar y te ibas a los extremos: o eres lo máximo o eres una porquería. Compites con todos, desde muy niña; por ejemplo, con tu hermana. Te preocupa cómo haces sentir al otro, lo que proyectas de ti y cómo terminas agrediéndolo. Hay una parte tuya despectiva, soberbia, competitiva, envidiosa, destructiva, narcisa que te impide conocer a los demás, que te impide conocer cualquier otra cosa más allá de ti misma... En suma, hay una parte tuya que no se conecta con nada. Todo eso lo dijiste tú, no yo.

Dios mío. ¡Es exactamente lo que pienso ahora!

Es que yo creo que hay una parte tuya muy pendeja: tu intelectualidad, tu inteligencia te permiten entender muchas cosas de ti, pero a la vez estás muy cargada. La palabra era para ti un medio que usabas para disimular, para esconder, para manipular. Hay una parte tuya que aprendió a corromper. Tu racionalidad no se condice con tu proceder, es decir que hay una parte tuya muy frágil y otra muy perversa. Eras muy abierta y clara, pero a la vez no valorabas la importancia de lo que estabas viviendo. Querías cambiar todo, pero para que todo quedara igual. Hablabas como desde afuera, como si no te estuviera pasando a ti, evidentemente para no sentir. Había una angustia de tu parte por buscar triángulos durante toda tu vida, para luego buscar sentirte la excluida: Tequila, la terapia y tú eran uno, pero los tenías desde siempre, con tus amigas del colegio, Natalia y Micaela, con las de la universidad, Paulina e Inés. Incluso hay un momento en que piensas que me he aliado a tu madre y que te dejo de lado, otro trío, y ya no confías en mí.

Ahora entiendo que te busqué por una razón utilitaria, porque quería ingresar a la universidad. Pero salieron muchas cosas más en el diálogo. ¿Crees que me ayudaste?

Difícil de decir... Creo que te acompañé en un momento muy difícil y te invité a abrir puertas. Porque de eso se trata una terapia, de entender qué pasa. Creo que te dejé más encaminada de lo que te encontré, pero yo no te acompañé a retomar las riendas de tu vida, yo eso no lo vi. Volví a saber de ti por los medios. Dije «ah, qué bien, lo logró, ganó su parte más creativa y productiva».

Gabriela Wiener es escritora, poeta y cronista peruana radicada en España. Ganó el Premio Nacional de Periodismo de su país. Es parte de @Sudakasa, proyecto colectivo de arte y escritura migrante en Castilla-La Mancha, España. Undiscovered, la traducción al inglés de su novela Huaco retrato, fue finalista del Booker Prize Internacional 2024, del PEN America y del premio de novela Rómulo Gallegos 2025, y se tradujo a una decena de idiomas. Su novela Atusparia ganó el Premio Ciutat de Barcelona al mejor libro en español de 2024. Dicen de mí acaba de reeditarse bajo el sello jujeño Cerro Amarillo Ediciones.