Tras el referéndum realizado el domingo en Italia, los resultados a boca de urna sugerían un escenario de paridad, con una leve inclinación hacia el No y mucha cautela entre los analistas. Pero el escrutinio fue despejando rápidamente las dudas. Con el recuento casi terminado el No alcanza el 53,74% frente al 46,26% del Sí. Una diferencia suficiente para hablar de una derrota clara y sin ambigüedades para el gobierno.

La afluencia fue uno de los datos más relevantes de la jornada. Votó alrededor del 59% del electorado, sobre todo en las grandes ciudades y en el centro norte, una cifra elevada para un referéndum en Italia y que confirma el fuerte interés generado por la consulta.

El politólogo y experto en comunicación política Alessandro Amadori interpretó el dato como algo más que una simple participación: según su lectura, este referéndum funcionó como una especie de ensayo general de las elecciones políticas de 2027, con movilización transversal de los votantes de los principales partidos.

¿Qué proponía la reforma?

El núcleo de la reforma era la llamada separación de las carreras dentro de la magistratura. En términos simples, implicaba dividir de manera estructural y funcional a los jueces y a los fiscales, que hasta ahora forman parte de un mismo cuerpo.

El proyecto preveía dos carreras separadas, magistratura juzgante y magistratura requirente; dos Consejos Superiores de la Magistratura distintos, cada uno con autogobierno propio; un sistema mixto de composición, con magistrados sorteados y juristas externos; la creación de una Alta Corte disciplinaria encargada de sancionar a todos los magistrados, con miembros seleccionados entre jueces y juristas de amplia experiencia. La reforma tocaba directamente siete artículos de la Constitución, modificando el equilibrio interno del poder judicial.

La separación de las carreras no es un tema nuevo en Italia. Atraviesa más de 40 años de historia política, desde el plan de renacimiento democrático de la logia P2 de Licio Gelli hasta las reformas impulsadas por Silvio Berlusconi en los años 2000. Este voto iba más allá de una discusión jurídica poniendo en juego el equilibrio entre los poderes del Estado.

Desde la oposición al gobierno de Giorgia Meloni, la lectura fue inmediata. Elly Schlein, secretaria del Partito Democrático (PD) expresó su satisfacción por “una victoria que superó todas las expectativas. Los jóvenes marcaron la diferencia”, y destacó el compromiso del PD de seguir buscando la participación de los ciudadanos. “Derrotaremos a Meloni en las próximas elecciones políticas. Esta votación, con una participación tan alta, es un mensaje político”, afirmó. Para Nicola Fratoianni (Alianza Verdes e Izquierda), el resultado es “un mensaje espléndido, que la Constitución no se toca”, y una señal de que “el viento está cambiando”.

Para Angelo Bonelli, del partido progresista Europa Verde, el resultado del referéndum “es una señal política importante, una derrota política para Meloni. La Constitución debe aplicarse, no desmantelarse como querría la derecha. Hoy, los planes de Giorgia Meloni, sus sucesivas reformas electorales y constitucionales —me refiero a la reforma para aumentar el poder del jefe de gobierno—, se desmoronan de inmediato en un día extraordinario para la democracia italiana”.

También Giuseppe Conte del Movimiento Cinco Estrellas interpretó el resultado como “una notificación de desalojo”. “¡Es el inicio de una nueva primavera política, marcada por el protagonismo ciudadano y la necesidad de abrir nuevas formas de participación, como las internas!”, expresó.

Desde el gobierno, la presidenta del Consejo de Ministros, Giorgia Meloni, adoptó un tono institucional: “Respetamos la decisión de los italianos y seguiremos adelante”. El ministro de Justicia, Carlo Nordio, quien impulsó la reforma, expresó: “Hemos dedicado todas nuestras energías a explicar, en términos accesibles, la complejidad de esta reforma. No es nuestra intención atribuir o no a esta votación un significado político”.

Sin embargo, el resultado tiene un peso político difícil de relativizar. Durante buena parte de la campaña, Meloni había insistido en que el referéndum no debía interpretarse como un test para su gobierno, pero en las últimas semanas se implicó personalmente en el campo del Sí, exponiéndose en primera línea. Muchos analistas subrayan esta contradicción y se preguntan cómo podrá el Ejecutivo sostenerse durante el año y medio que queda hasta el final natural de la legislatura tras una derrota de esta magnitud. Este resultado abre interrogantes sobre la solidez del proyecto político de Meloni y su capacidad de iniciativa y conexión con el país.

En el frente del No, la victoria abre inmediatamente la carrera hacia las próximas elecciones. El resultado ha reforzado la idea de que existe un espacio político competitivo para la oposición, pero también ha evidenciado una cuestión pendiente: el liderazgo. En distintos sectores de la centroizquierda comienza a tomar fuerza el debate sobre la necesidad de elegir una figura capaz de unificar el campo progresista. Y, junto con ello, reaparece el tema de las elecciones primarias.

Del otro lado, el gobierno llega a este punto debilitado y cada vez más condicionado. No solo por la derrota en las urnas, sino también por un contexto político más amplio que lo ha ido dejando sin margen. La relación privilegiada con Donald Trump —cultivada como un activo político— se ha transformado en un abrazo mortífero, complicando el posicionamiento internacional del Ejecutivo y reforzando su aislamiento.

Más que un cierre, el referéndum funciona como un punto de partida: un momento de reorganización, tanto para un gobierno en dificultades como para una oposición que ahora debe demostrar que puede convertirse en alternativa real.

El resultado del referéndum aparece como una señal clara de que el terreno político italiano ya se está moviendo. No es simplemente una votación perdida: es un indicio de cambio, una advertencia que proyecta sus efectos hacia el horizonte de 2027.