Inicialmente programadas para realizarse durante el mes de marzo, aunque luego postergadas por la escalada bélica, se están realizando desde el viernes las ceremonias fúnebres del ayatolá Alí Jamenei, asesinado el 28 de febrero, primer día de la guerra que Estados Unidos e Israel lanzaron de manera conjunta contra Irán.
Este lunes, el féretro con el cuerpo de quien liderara el país desde agosto de 1989 –dos meses después de la muerte del fundador de la República Islámica, el ayatolá Ruhollah Jomeini– será llevado por las principales avenidas de Teherán, ceremonia callejera en la que se espera que participen millones de personas y que sea la más multitudinaria de todo el funeral.
Posteriormente, el martes, las ceremonias fúnebres seguirán en la ciudad de Qom, cercana a Teherán, sagrada dentro del chiísmo, donde están las principales escuelas religiosas de esta rama minoritaria del Islam. El miércoles, el féretro de Jamenei viajará al vecino Irak, más precisamente a Kerbala, ciudad santa y clave para formación de la identidad de los chiíes y lugar en el que se celebró la batalla del año 680 en la que fueron derrotados por los guerreros del califato omeya. También en Irak, el cuerpo de Jomenei será trasladado a Náyaf, ciudad que es el centro del poder político de los chiítas iraquíes. Finalmente, el jueves el funeral se cerrará con el entierro de Jamenei en la ciudad iraní de Mashhad, situada a 850 kilómetros al este de Teherán, en la que nació el líder religioso.
Durante el fin de semana, el cuerpo del ayatolá y el de tres de sus familiares directos que fueron asesinados en el mismo bombardeo que lo mató a él, incluyendo a su nieta de un año y medio, estuvieron en la Gran Mosalá de Teherán, un enorme complejo en el que se encuentra una mezquita que es sede de múltiples celebraciones importantes del país. Por allí pasaron miles de personas que fueron autorizadas a ingresar, mientras que en las inmediaciones del lugar afloraban los reclamos de venganza contra Estados Unidos e Israel, simbolizados en las banderas rojas que se venían entre la multitud junto a los emblemas iraníes.
Estadounidenses e israelíes fueron advertidos por las autoridades militares iraníes de que se abstuvieran de hacer ataques en estos días en los que el país está totalmente centrado en la despedida de su último referente, de la mano de quien moldeó el actual Estado de Irán.
El viernes, ante la presencia de todas las máximas autoridades religiosas, políticas y militares del país, se hicieron presentes en la Gran Mosalá delegaciones de más de 30 países. Porque más allá del enorme peso simbólico que están teniendo esta ceremonia, también tiene un rol esencialmente práctico.
Por un lado, para lograr cohesionar a un importante sector de la población, más allá de las variadas y numerosas corrientes de disidencia con el régimen de gobierno que existen en el país, en el que viven cerca de 100 millones de personas. Y por otro, como demostración clara del vasto apoyo exterior con el que cuenta Irán en este contexto de guerra, no únicamente de parte de sus aliados más cercanos, Rusia y China, sino también de India, Pakistán, Turquía, Afganistán, Egipto, Malasia, Serbia y otras naciones que representan buena parte de la población mundial y que enviaron delegaciones a Teherán para despedir a quien lideró el país desde agosto de 1989, dos meses después de la muerte del ayatolá Ruhollah Jomeini. Inesperadamente, también se hicieron presentes enviados de Arabia Saudita, país con el que Irán mantiene una tirante relación.
También fue notoria, aunque esperable, la ausencia del Mojtaba Jamenei, hijo del ayatolá y nombrado como su sucesor, aunque su estado general es una incógnita, dado que no se lo ve públicamente desde antes del ataque en el que funcionarios estadounidenses e israelíes afirman que fue herido de gravedad.
