Este 18 de noviembre se cumplen 30 años del inicio de la primera huelga y ocupación de la Universidad de la República (Udelar) posdictadura. Luego vinieron muchas más, pero aquella huelga por un presupuesto digno para la Udaler (durante la discusión del Presupuesto Quinquenal del gobierno de Luis Alberto Lacalle Herrera) fue un punto de quiebre en la eterna lucha del movimiento social y popular por un mundo mejor. Ahora, ante la discusión presupuestal del gobierno de otro Lacalle, se repite la necesidad de lucha por un presupuesto universitario digno.

La previa1

La Udelar había sido duramente golpeada por la dictadura. Una gran parte de sus académicos más prestigiosos fueron obligados a renunciar y otros sufrieron años de cárcel; muchos terminaron en el exilio. La investigación fue desmantelada por completo. Su presupuesto fue diezmado, y el salario docente ahuyentaba a quienes quisieran trabajar allí. La reconstrucción posdictadura fue lenta. Algunos investigadores pudieron volver, otros no. Se fue reconstruyendo poco a poco, a pulmón, con recursos casi nulos. El primer gobierno de Julio María Sanguinetti heredaba un país fundido por la crisis de 1982 y no tuvo a la educación entre sus prioridades. Al ver que el gobierno de Lacalle pretendía continuar asfixiando a la Udelar mediante la magra propuesta presupuestal, el desánimo y la bronca ganaron terreno.

El abatimiento invadía a todo el movimiento popular. Las grandes expectativas que había generado el fin de la dictadura fueron rápidamente pinchadas por la realidad del gobierno de Sanguinetti. Nadie olvidaba su frase “jamás perdí una huelga”, que mostraba que siempre se había alineado con los empresarios y poderosos y nunca con el pueblo que reclamaba mejores condiciones de vida. La pérdida del voto verde en el plebiscito contra la ley de caducidad fue un golpe demoledor. El movimiento wilsonista estaba fracturado y herido de muerte por el apoyo de su líder a dicha ley. El Frente Amplio tampoco la pasaba bien. A pesar de conquistar la Intendencia de Montevideo, tuvo que soportar una brutal fractura poco antes de las elecciones con la partida de la 99 y el Partido Demócrata Cristiano (y con ellos casi la mitad de los votos obtenidos en 1984), lo que reavivaba el eterno fantasma de la permanente fractura interna de las izquierdas de todo el mundo. Una parte importante de la izquierda también vivía con asombro y horror el ver cómo aquel campo socialista, que habían tomado como ejemplo de esa sociedad más justa por la que luchaban, caía a pedazos desvelando horrores difíciles de aceptar. En ese escenario, la militancia estudiantil casi desaparece, llevándose consigo las estructuras de gobierno de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (FEUU) sobre finales de 1989 y principios de 1990.

Para colmo, la economía estaba mal. La década de 1980 se conoció como la década perdida. Luego de un dólar barato a fines de los 70, la devaluación de 1982 generó una caída de la economía de la que costó años recuperarse. El primer año del gobierno de Lacalle tampoco fue bueno: con un crecimiento de sólo 0,3 % del producto interno bruto y una inflación de 129% anual (la segunda más alta de la historia),2 se disparaba la pobreza. Mucha gente que había vuelto del exilio, en el correr de los años, volvió a emprender el camino de salida. En 1989 y 1990 era común ver colas de gente (con amplia mayoría de jóvenes) ante la oficina que expedía el pasaporte.

La asamblea

El domingo 18 de noviembre de 1990 había asamblea de estudiantes en la Facultad de Ingeniería. El único punto del orden del día era votar si se iba a la huelga con ocupación de la facultad o no. La propuesta de ocupación había sido realizada por Gonzalo Lalo Ponce de León unos días antes en una asamblea (en el salón de actos) de unos 200 estudiantes. Argumentó que las ocupaciones eran una herramienta de lucha en la Universidad antes de la dictadura, ¿por qué no usarla entonces ahora? Se entendió que una propuesta así no podía ser votada en ese momento, y que debía discutirse en una asamblea convocada específicamente para ello.

La militancia estudiantil en Ingeniería estaba conformada por el Centro de Estudiantes de Ingeniería (CEI) y la Corriente Gremial Universitaria (CGU). En las elecciones universitarias, el CEI sacaba dos consejeros y la CGU uno. Hacía poco que la generación que había ayudado a tirar la dictadura, la mítica generación del 83, había pasado la posta a la siguiente. La merma general de la militancia social se tradujo, en 1989, en la disolución de las agrupaciones partidarias a la interna de los gremios. La militancia en el CEI en 1990 estaba reducida a mínimos.

Nadie quería que la asamblea saliera mal. El miedo compartido por unos y otros era que se llenara de ajenos a la hora de votar. Por ende, se pactó que el ingreso era con cédula en mano cotejando estar en el padrón (que amablemente nos cedió bedelía). No se dejó entrar a nadie más, ni a la prensa. Mirándolo a la distancia, eso fue un error: para escribir esta nota hubiera servido que algún periodista plasmara en la prensa de la época una crónica de dicha asamblea.

Muchos fuimos con sobre de dormir bajo el brazo, por las dudas. Más de 700 personas. No entraban en ningún salón. Se realizó en el hall del (actual) primer piso, frente al salón de actos. Con tanta gente, hubo algo de miedo de que la gran afluencia fuera sólo para votar el no perder días de clase. Por ello, algunos dirigentes del CEI acordaron con la CGU una moción de mantener el estado de movilización con permanencia activa de estudiantes en la facultad. No se cortaban actividades ni se nombraba la palabra “ocupación”, por más que quien quisiera podía quedarse a dormir. Sonaba a claudicar demasiado; por ello con otros compañeros propusimos una moción de ocupación lisa y llana. Se votaron contrapuestas. A mano alzada no era fácil ver quién ganaba. El recuento pareció eterno. La huelga con ocupación ganó con más de 400 votos. A partir de ahí empezó a cambiar la historia (al menos la nuestra).

No fue casualidad que la ocupación empezara en la Facultad de Ingeniería. Dos modelos de desarrollo del país se estaban discutiendo. Por un lado, subirse a la revolución tecnológica que crecía en el mundo fuertemente, de la mano de la informática. Por otro, continuar apostando por ser una plaza financiera (modelo que triunfó y terminó fundiendo al país 12 años más tarde). Los estudiantes de ingeniería sentíamos que en esa lucha podíamos jugar un papel, y que la existencia de una Universidad fuerte, con investigación de calidad, era clave para el desarrollo productivo.

Basta mirar para atrás y ver historias como esta, en la que un grupo de personas con algo de empuje, algo de inconsciencia y mucho de alegría logró cambios que inicialmente también parecían imposibles.

La huelga

La mañana siguiente a la asamblea fue rara, luego de nuestra primera noche durmiendo donde se pudiera. Contratamos un camión, y una delegación fue recorriendo facultades, entrando a los salones de clase, convocando a apoyar nuestra lucha. Nadie lo hubiera apostado, pero en una semana ya estaba toda la Universidad ocupada.

Duró casi un mes. Había una creatividad que desbordaba la tradicional lucha sindical. Un día, centenares fueron a hacer cola para tramitar su pasaporte, bajo la consigna de que si no había dinero para la Udelar, la única alternativa que nos dejaban era emigrar. Otro, había una colecta subiendo a los ómnibus para explicar nuestra lucha. Por todos lados había clases a cielo abierto en alguna avenida. Las marchas resultaron multitudinarias: la alegría contagiosa de nuestra lucha venció por un momento al desánimo popular existente en ese momento, y la gente salió a apoyarnos por decenas de miles. En una oportunidad, llegando una multitud a la puerta del Parlamento, ante la amenaza de represión por parte de la Policía si seguíamos avanzando, se decidió hacer una enorme ronda rodeando el Palacio: la guardia de choque no tuvo otra alternativa que hacer ellos mismos otra ronda, lo cual configuró una escena muy pintoresca. A la hora de ir a la Comisión de Presupuesto del Senado, el rector Jorge Brovetto dejó que nuestros delegados de la FEUU fueran quienes expusieran los reclamos presupuestales: el movimiento estudiantil se había ganado el respeto de todos.

Cuando empezó la huelga, el presupuesto ya había sido aprobado en Diputados y se estaba discutiendo en el Senado. Allí se logró que se incrementara un poco la partida para la Universidad, con lo cual la propuesta tuvo que volver a Diputados, en donde terminaron aceptando ese incremento. La votación final fue cerca de mediados de diciembre. La huelga no se levantó hasta el final.

Si bien la huelga se puede considerar exitosa por conseguir un (mínimo) incremento presupuestal, la principal victoria fue otra. El gobierno de Lacalle trajo el neoliberalismo radical y venía a privatizar todo (como lo hizo Carlos Menem en Argentina), incluida la educación. Para la Udelar el planteo era que se financiara con el cobro de matrícula a los estudiantes, y la huelga obligó al gobierno a abandonar sus planes. El movimiento social empezaba a frenar el impulso privatizador, lo que se plasmaría con fuerza un par de años después, tirando abajo la ley de privatizaciones de empresas públicas en un aplastante referéndum.

Por eso, en los momentos en que vemos situaciones en nuestra sociedad que no nos gustan para nada, pero sentimos que está fuera de nuestro alcance poder hacer algo para cambiarlas, basta mirar para atrás y ver historias como esta, en la que un grupo de personas con algo de empuje, algo de inconsciencia y mucho de alegría logró cambios que inicialmente también parecían imposibles.

Hoy, muchos de los que nos forjamos en esa lucha (y varias de las que hubo en los años siguientes) terminamos dedicando nuestra vida a la Universidad, convirtiéndonos en docentes e investigadores. Ayudamos a transformar la Udelar en actor fundamental de nuestra sociedad, sin la cual hoy Uruguay no podría estar enfrentado tan exitosamente la pandemia de la covid-19. La Udelar pudo hacer aportes decisivos en la lucha contra el virus gracias al esfuerzo de sus investigadores, y a que se venía de 15 años de apuntalamiento económico sostenido. Sin embargo, volvemos a sufrir al gobierno de otro Lacalle que propone recortar su presupuesto. Las nuevas generaciones de estudiantes tienen ahora el desafío de tomar la posta y sumarse a la lucha por la defensa de nuestra Universidad.

Ítalo Bove es doctor en Física, profesor adjunto en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República.


  1. Si usted tiene más de 50 años, saltéese esta parte: no hace falta que le haga recordar lo que ya sufrió en carne propia. 

  2. Sólo superada por la inflación de 1967, que llegó a 136%.