Argentina está atravesando un momento muy complejo desde el punto de vista económico y político. Si bien los indicadores que maneja el Ministerio de Economía de Martín Guzmán van en otra dirección, en tanto indican la recuperación económica y una buena performance de algunos indicadores como el aumento en la inversión,1 el escenario urbano es de alerta y tensión. Aunque probablemente esta no sea la peor coyuntura de su historia, el país está transcurriendo un período complicado que se ve agravado por la exageración de los elencos políticos, económicos, mediáticos y judiciales en cada una de sus intervenciones públicas. No es un hallazgo decir que Argentina es un país hiperbólico2 y que los discursos que se despliegan para analizar o explicar la situación son también exagerados, desbordados. De esta forma se ha construido, a partir de datos materiales y recursos retóricos, la idea de un país que está en un punto de ebullición permanente. Una de las principales consecuencias de esta dinámica es la polarización política y social. Pero nuevamente, la polarización no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de este momento: es signo de larga duración en la historia argentina.

Así como las jugadas políticas grotescas. Los movimientos diarios van desde la prohibición del uso del lenguaje inclusivo en las escuelas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA); el off de Matías Kulfas que desató una ola de acusaciones de corrupción a la interna del bloque gobernante ‒y que terminó con su salida del gobierno‒; el aterrizaje del avión venezolano-iraní que levantó tantas alarmas como operaciones mediáticas.

En este caldo de cultivo se cristalizan dos características constitutivas de la política argentina. En primer lugar, el cariz agónico del conflicto político. Cada movimiento es un “todo o nada”. En ese contexto es muy poco probable que una política sea fruto de la negociación entre sectores y partidos políticos y logre sostenerse en el tiempo. Prácticamente ningún actor tiene incentivos para construir acuerdos de largo plazo. En segundo lugar, y como efecto de la primera característica, la deslealtad institucional que atraviesa a todos los partidos, en todos los niveles y a todos los grupos de interés es una marca registrada que se remonta a antes de la irrupción del peronismo en 1946. En este escenario plagado de complejidades, estructurales y coyunturales, Argentina va, transcurre. Tiene enredadas relaciones con los préstamos internacionales, graves problemas con la inflación y con la retención de divisas desde mediados del siglo XX.

A pesar de las alarmas, el poder político parece no encontrar la forma de frenar la escalada de polarización. El grado de descoordinación interna del gobierno del Frente de Todos es cada vez más evidente.

Son dificultades de larga duración que tienen cientos de diagnósticos. Las explicaciones más generalizadas sobre el origen de estos problemas pueden resumirse en dos: 1) la intervención desmedida del Estado en arreglos que podrían resolver los actores privados ‒por lo general los dueños de los medios de producción, de la tierra, de las empresas, de los puestos de trabajo, de los bancos y ahora los directores ejecutivos de empresas‒; 2) la falta de capacidad para que el Estado sea eficiente e inteligente en su intervención de la economía, capaz de regular a las coaliciones más extractivas, controlar la evasión y así ordenar a toda la cadena productiva hasta que el dueño de La Anónima no quede impune cuando confiesa su gimnasia de remarcar los precios.3 Por honestidad intelectual, la segunda explicación es la que me suena más convincente. Sobre todo, si se toma en cuenta que Argentina es un país latinoamericano y como tal viene jugando un partido poco promisorio con sus élites desde los años de construcción del Estado-Nación. De este modo, lo que le pasa al país es historia repetida.

Dice Marx que un acontecimiento histórico aparece dos veces, una como tragedia y la próxima vez como farsa. En los 90 Cavallo convirtió la economía para tratar de contener un problema estructural: la inflación. El resultado fue trágico. Hoy, resuenan campanas similares, en voces de actores como Javier Milei o del diputado radical de Juntos por el Cambio, Alejandro Cacace, que se asemejan a la farsa. Sin embargo, hoy redoblan la apuesta: van por la dolarización. Dolarizar la economía en el corto plazo tendría consecuencias aún peores que el 1 a 1 de los 90 en términos económicos, sociales, productivos y laborales. Sería letal porque haría añicos los salarios y jubilaciones, que ya vienen maltrechos.4

A pesar de las alarmas, el poder político parece no encontrar la forma de frenar la escalada de polarización. El grado de descoordinación interna del gobierno del Frente de Todos es cada vez más evidente y de esto se valen los jugadores desleales, de adentro y de afuera. En este contexto de inflación desmedida, reservas escuetas y poder político debilitado, la calle se está desordenando a fuerza de descontento. Siempre hay margen para evitar la tragedia, pero para ello, es necesario salirse de la farsa.

Camila Zeballos es licenciada en Ciencia Política.


  1. En ocasión del cierre de las Jornadas Monetarias y Bancarias en 2021, el ministro señaló: “La economía va a crecer este año más que el 9%. La inversión en Argentina está creciendo, estimamos que en el año habrá crecido más del 30%. Esto es bueno, porque no sólo significa un impulso a la recuperación, sino más capacidad productiva” En abril de este año, durante las reuniones con el Club de París y representantes de la Agencia Internacional de Energía (IEA), Guzmán insistió en que “los datos son contundentes. Argentina experimentó en 2021 un crecimiento récord en décadas, siendo la primera suba luego de tres años consecutivos en baja (-2,6% en 2018; -2% en 2019 y -9,9% en 2020). La inversión, motor de este crecimiento, tuvo la misma dinámica: trepó 32,9%”.  

  2. Federico Braun, dueño de la cadena de supermercados La Anónima, en el cumpleaños número 20 de la Asociación Empresaria Argentina. 

  3. Para una explicación pormenorizada de las consecuencias ver: “Dolarización: peor que la convertibilidad”. Columna de Alfredo Zaiat en Página 12 (29 de marzo de 2022). 

  4. La idea de hipérbole como metáfora del escenario argentino se tomó de Sigal (2013). “Hay que volver a Weber”: Entrevista a Silvia Sigal. Cuestiones de Sociología (9), 131-154.