En estos tiempos turbulentos que nos tocan en desgracia, con Donald Trump entronizado como presidente de Estados Unidos, muchos ciudadanos de a pie y hasta celebridades se revuelven de furia ante las atrocidades que perpetra, dentro y fuera de sus sacrosantas fronteras.

Pero los que vivimos fuera del imperio ya conocemos de sobra esta historia. Nos la han contado, una y otra vez, con bombas, con dictaduras, con torturas, con desapariciones. Nos la han escrito a fuego en la piel. Y si eso no alcanzara, nos la han vendido con el brillo irresistible del consumo, esa religión sin dioses que todo lo devora.

La CIA, esa mano invisible que todo lo toca, lleva mucho más tiempo de lo que cualquiera se atreve a admitir manejando los hilos del destino. No hay que escarbar mucho: una vez, por ejemplo, le cayó del cielo una lluvia de fuego al Palacio de La Moneda, donde un presidente elegido por su pueblo tuvo la osadía de creer en la democracia. ¿Cuál es el país terrorista?

Nagasaki e Hiroshima... ¿Noticia de última hora, acaso? ¿O estaban demasiado lejos del territorio de Estados Unidos como para que realmente importara?

Pero la tragedia de su país no es solo la figura de un hombre. No es Trump, no. Es el sistema que lo parió y lo amamantó.

A ustedes, hermanos y hermanas del Norte, no los miramos con asombro. No nos sorprende su desconcierto, su indignación recién estrenada. Porque, para nosotros, esto no es noticia; es la historia repetida de siempre. Lo que para ustedes es una pesadilla nueva, para nosotros ha sido la vigilia de cada día, una realidad que su propio sistema les ha mantenido oculta. La diferencia es que acá la violencia y la explotación nunca estuvieron lejos; siempre fueron un eco inmediato de sus políticas, una sombra ineludible. Sólo cuando las balas empiezan a silbar cerca de casa, los sueños patrióticos se agrietan y las conciencias asoman la cabeza.

Pero la tragedia de su país no es sólo la figura de un hombre. No es Trump, no. Es el sistema que lo parió y lo amamantó, el mismo que viene sembrando muerte y ruina por el mundo desde hace más de un siglo.

La pregunta, entonces, no es si deben temerle a él. La pregunta es: ¿cuántos golpes más necesitan para despertar? ¿O acaso seguirán durmiendo, soñando con el mundo que les contaron y nunca fue?

Miguel Zubieta es técnico agropecuario y productor.