Estar en contra de la intervención estadounidense en Venezuela no es apoyar a Maduro. Es ser consciente de que no trae nada bueno para nadie. A Donald Trump no le preocupa la democracia, no le importa la transparencia ni las “elecciones libres”. Su gobierno mantiene excelentes relaciones diplomáticas y económicas con estados declaradamente autocráticos, con líderes que utilizan las herramientas del Estado para reprimir a su población, e incluso monarquías declaradas. Su “período de transición” significa imponer, cual matón de patio de escuela, su voluntad sobre la de otros.
Un territorio en crisis no se reconstruye con una “invasión de democracia”. Hay decenas de ejemplos: Irak y Afganistán son algunos. Si nos vamos un poco más atrás en el tiempo (es muy importante mirar atrás), vemos la historia de nuestro continente, teñida de la sangre de decenas de miles de personas torturadas y desaparecidas por las dictaduras que Estados Unidos orquestó cuando vio que los latinoamericanos nos animábamos a soñar con otro mundo posible.
El problema no es sólo para América Latina. Simplemente no podemos aceptar que se naturalice que un país intervenga en otro mediante la violencia, según las ideas de un gobernante abiertamente hostil y ególatra. No podemos dejar que se imponga la ley del más fuerte si pensamos en avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más libre.
Todo eso se ha dicho hasta el hartazgo. Quisiera lanzar, como cuando un náufrago pone un papel en una botella que lanza al mar, dos interrogantes que me hago y para las cuales no tengo respuesta.
Me pregunto cómo hacemos nosotros, que nos creemos tan claros, tan lúcidos en el análisis geopolítico de la situación, para dialogar con “los demás”. No podemos ignorar olímpicamente los sentires de los hermanos venezolanos que, estemos de acuerdo o no, piensan distinto. Tenemos que poder hablar con ellos, conectar, empatizar. No sé cómo se hace, pero tengo una fuerte corazonada de que no es gritando de una y otra forma que ellos están equivocados, que su dolor no es válido. Mucho menos creo que la burla y la caricaturización nos vayan a acercar a conversar con nadie. Entre esas personas hay quienes piensan exclusivamente en su bienestar, quienes nunca tuvieron voluntad solidaria y usan falsamente las banderas de la libertad y la justicia, como María Corina Machado y sus amigos. Pero también están aquellos que, aunque piensen tan distinto a nosotros y hagan un análisis que nos parezca errado, en definitiva sienten dolor por su patria y viven la angustia de estar lejos de su familia.
No podemos aceptar que se naturalice que un país intervenga en otro mediante la violencia, según las ideas de un gobernante abiertamente hostil y ególatra. No podemos dejar que se imponga la ley del más fuerte.
Por último, me pregunto, con angustia y esperanza, cuándo llegará el día en que ante una aberración tan grande como la que estamos viendo en vivo en nuestros teléfonos celulares, en lugar de salir histriónicos a hablar de entelequias como la “Organización de las Naciones Unidas”, la “Unión Europea”, los “organismos internacionales”, la declaración de Fulanito o Menganita, o argumentar sólidamente que “la intervención es ilegal según el propio derecho estadounidense”, podamos apelar a hablar de cosas más llanas, pero más importantes.
Que la preocupación no sea por “romper acuerdos internacionales”. Que ante la invasión de una potencia imperialista a un país hermano sea evidente para todos la amenaza que significa para las libertades individuales y colectivas. Que hablemos de los millones de niños y niñas que pasan hambre en nuestro mundo injusto y cruel, de la educación pública, del acceso a la salud, de las personas que mueren de enfermedades curables, de la libertad de amar libremente. Que nos nazca decir que los derechos humanos no pueden ser un negocio, clamar que la avaricia de unos pocos no puede estar por encima de la vida de las grandes mayorías, y que no queremos ser parte de eso. Hablar de los ríos, las selvas, las cañadas, los mares y océanos, y las praderas, desiertos y montañas y su belleza sabia y frágil.
Que lo que nos interpele sea pensar en la igualdad, la solidaridad, la libertad. Que hablemos del amor, del coraje de imaginar y construir un mundo mejor.
Ojalá falte poco para que esas ideas nos vuelvan a enamorar y sea esa la barrera que enfrente cualquier imperialista que quiera volver a hacer de América Latina el patio trasero de Estados Unidos.
Manuel Astiazarán es docente universitario.