Días atrás, disfrutamos de un precioso fin de semana en el campo: monte nativo surcado por un arroyito, noches estrelladas, un sol madrugador asomando entre cerros y festejado por ruidosos pajaritos multicolores. En aquel rincón de paraíso quisieron los dioses que me clavara una espina diminuta en la planta del pie. Apenas un pinchacito, no le di importancia. Pero con el paso de los días, la molestia iba en aumento. De manera que fui a la emergencia de mi mutualista.

En las casi tres horas de espera antes de llegar al cirujano, vi desfilar una triste procesión de personas dolientes de rostros abatidos, cansados, a menudo portando una bolsa de medicamentos; lo mío, realmente, era una nimiedad casi vergonzante en comparación con aquella caravana de sufrientes. El trámite se había desencadenado con el pago del ticket correspondiente: algo más de 700 pesos. No es una fortuna ni mucho menos; lo pagué gustoso, animado por la perspectiva inminente de dejar atrás mi pequeño y fastidioso problema. Pero tuve sobrado tiempo para hacer una cuenta rápida: llevaba casi exactamente seis años sin pisar mi mutualista, o sea que a la fecha ya le había aportado unos 65.000 pesos sin usar ni un solo servicio, sin retirar ni un solo medicamento. El “sistema” lo “sabe” perfectamente, lo que no le impidió un cobro que sólo reconoce números de documento. No salí de allí más pobre, pero el asunto me dejó una desagradable sensación de anonimato y de abuso económico.

Finalmente, llegó el cirujano. Yo me esperaba una intervención mínima y rápida. Aunque los tres o cuatro pinchazos de anestesia me hicieron saltar de dolor, me dije que eso no era nada, que todo terminaría pronto. No sentí nada mientras el profesional escarbaba en mi pie hasta extraer un pequeño “objeto extraño”. Siguió hurgando por las dudas, pero sin éxito: “Si hay algo más, el propio organismo se encargará de expulsarlo”. La intervención me pareció un poco cruenta de más para tan poca cosa, pero admito que me impresiona ver sangre (sobre todo la mía) y, más aún, ser consciente (aun sin dolor) de la introducción de objetos cortantes o punzantes en mi cuerpo. Respiré hondo, y todo terminó en unos 20 o 30 minutos.

Salí de allí con gasas, un antibiótico tópico (“no sirve de mucho, pero…”, cirujano dixit) y dos cajas del “polenta”: 1,6 gramos diarios de Bactrim durante una semana. Estuve a punto de renunciar al antibiótico –¿no era suficiente con el alcohol, el agua oxigenada y la solución clorada con que habían regado generosamente la herida y todo su entorno…?–, pero me dejé convencer de que se trataba de una precaución muy razonable. Eso sí: ahora me tocaba a mí hurgar, aunque no en una herida abierta, sino en las luces y sombras de los antibióticos.

Los antibióticos salvan millones de vidas al año y nos ahorran fastidiosos y peligrosos procesos infecciosos. En contrapartida, sus efectos negativos, aunque bien conocidos por la ciencia, son mucho menos divulgados.

El descubrimiento de antibióticos capaces de combatir bacterias nocivas para nuestro organismo goza de un merecido reconocimiento universal. Es innecesario abundar en ese sentido, todos lo sabemos: los antibióticos salvan millones de vidas al año y nos ahorran fastidiosos y peligrosos procesos infecciosos. En contrapartida, sus efectos negativos, aunque bien conocidos por la ciencia, son mucho menos divulgados. Paso a resumir la información que encontré sobre esto último.

El ecosistema que forman los microorganismos en nuestro intestino es una importantísima barrera de contención de toda clase de bacterias dañinas para nuestra salud. Cuando las comunidades microbianas presentes en el intestino se exponen a antibióticos, reaccionan evolucionando, activando y optimizando los genes de resistencia a los antibióticos (GRA); se llama resistoma al colectivo bacteriano de los GRA. Este es un proceso conocido y estudiado por la ciencia biomédica; atendido con cuidado y responsabilidad, puede ser controlado.

Los problemas serios sobrevienen con la banalización del consumo de antibióticos, su uso excesivo “por las dudas”. El abuso puede acarrear cambios irreversibles en el equilibrio del ecosistema intestinal. Ante una utilización repetitiva de antibióticos durante períodos prolongados, la microbiota selecciona bacterias portadoras de GRA en detrimento de otras bacterias, con lo que aumenta la resistencia bacteriana a los antibióticos de manera prolongada y aun permanente. Algunos de los grupos de bacterias más afectados por estos bombardeos que las barren, sin distinguir “buenas” de “malas”, desempeñan un papel fundamental en la metabolización de fibra, en la síntesis de vitaminas, en la regulación del sistema inmunitario y en la protección contra patógenos gastrointestinales.

Los antibióticos pueden tener efectos a largo plazo sobre el microbioma intestinal de los adultos. Así, el microbioma de personas tratadas con antibióticos puede actuar de depósito de genes GRA que podrían heredarse.

Pero hay más. Se ha descubierto que muchísimas bacterias patógenas están siempre presentes en el intestino; una microbiota sana las mantiene a raya, por lo que se vuelven inofensivas. Los antibióticos provocan una pérdida de diversidad en el microbioma intestinal, lo que lleva a la formación de un nuevo ecosistema en el que las bacterias beneficiosas se han reducido o alterado, volviéndose incapaces de hacer su trabajo: el control de las bacterias patógenas que habitan en el intestino. Liberadas de sus enemigos naturales, estas podrán proliferar y volverse, ahora sí, peligrosamente dañinas para nuestra salud.

La comunidad bacteriana se defiende ante la agresión masiva de antibióticos seleccionando aquellas bacterias más resistentes a esos fármacos y estimulando su proliferación. Como resultado, se produce un crecimiento excesivo de bacterias resistentes, algunas de las cuales son capaces de degradar el antibiótico en el propio intestino, lo que, a su vez, protege a otros patógenos… un círculo vicioso nefasto, como puede verse. Cuando esto ocurre, los antibióticos habrán producido el efecto contrario del originariamente buscado: un sistema inmunológico arrasado y reducido, incapaz de hacer frente a innumerables patógenos. Esta resistencia progresiva a los antibióticos es un problema actual de salud pública muy preocupante y extremadamente difícil de contener. Entretanto, al humilde consumidor de antibióticos nada se le dice.

Estudios recientes llevados a cabo en adultos sanos revelaron que la diversidad del microbioma intestinal se vio afectada ya pasado un día desde el final del tratamiento, se mantuvo alterada por unos seis meses y, luego de ese plazo, su reconstitución no fue total. El microbioma intestinal de los participantes sanos que tomaron antibióticos temporalmente se asemejaba al de un paciente en cuidados intensivos: un desequilibrio significativo de la microbiota causado por el uso de antibióticos, la internación prolongada y los dispositivos médicos.

Los niños son los más expuestos a problemas inmunológicos generados por el consumo de antibióticos. Ciertos problemas de salud podrán acompañarlos de por vida: el consumo temprano de antibióticos aumenta el riesgo de padecer infecciones, asma, obesidad, enfermedad inflamatoria intestinal y trastornos del neurodesarrollo. Esto se debe a la capacidad de los antibióticos de alterar un microbioma intestinal todavía inmaduro y poco “adiestrado”, lo que deriva en un aumento de la permeabilidad e inflamación intestinales y en una alteración del desarrollo de células inmunitarias.

La recuperación de la flora intestinal luego de un tratamiento con antibióticos es muy variable: depende del estado de salud de la persona, de su edad, de su estilo de vida y de su dieta. Puede llevar unas pocas semanas o unos cuantos meses. Un experimento realizado con 12 personas sanas menores de 40 años consistió en administrarles potentes antibióticos “de último recurso” usados para tratar infecciones causadas por bacterias multirresistentes, es decir, aquellas que ya no responden a la mayoría de los antibióticos comunes. Una reconstitución parcial de las comunidades bacterianas “buenas” llevó seis meses en promedio.

Todo esto es sabido. Sin embargo, desde el 2000 al presente el uso de antibióticos a escala mundial se ha incrementado un 66% y sigue aumentando a un ritmo acelerado.

Para ayudar a reconstruir la flora bacteriana afectada por antibióticos, se aconseja una dieta rica en fibra y alimentos probióticos como yogur natural sin azúcar, kéfir, chucrut, miso, vegetales varios fermentados a la salmuera (remolacha, ajo, cebolla, etcétera). También conviene limitar el consumo de azúcares, alcohol y alimentos ultraprocesados, asegurarse de consumir suficiente agua e incluir frutas, verduras, legumbres y semillas en la alimentación. De esto no oí jamás una palabra en boca de los médicos que me han prescrito antibióticos. Ni hablemos del personal de los supermercados de la enfermedad en que se han convertido las farmacias... ¿Negligencia, ignorancia, banalización de los fármacos, sobreestimación de los beneficios y subestimación de los efectos adversos…? Probablemente se trate de un combo que incluye más de una de estas posibles razones.

Cuidemos nuestra salud y cuidémonos del sistema de salud cultivando una actitud despierta y un espíritu crítico. Los profesionales de la salud son personas, no dioses.

François Graña es doctor en Ciencias Sociales.

Referencias

Nature Reviews Microbiology, 4 de agosto de 2023: “Antibiotic-induced collateral damage to the microbiota and associated infections.

Communications Medicine, 1° de junio 2022: “Antibiotic-resistant organisms establish reservoirs in new hospital built environments and are related to patient blood infection isolates”.

National Library of Medicine, abril de 2022: “Acute and persistent effects of commonly used antibiotics on the gut microbiome and resistome in healthy adults”.

Biocodex Microbiate Institute, marzo de 2019: “Restablecimiento de la microbiota intestinal en adultos con buena salud tras la exposición a un antibiótico”.

Nature Microbiology, 22 de octubre de 2018: “Recovery of gut microbiota of healthy adults following antibiotic exposure”.

Journal of Antimicrobial Chemotherapy, 12 de noviembre de 2018: “Long-term impact of oral vancomycin, ciprofloxacin and metronidazole on the gut microbiota in healthy humans”.

PNAS, 16 de setiembre de 2010: “Incomplete recovery and individualized responses of the human distal gut microbiota to repeated antibiotic perturbation”.