El muro no es el problema. El problema es lo que proyectamos sobre él: prejuicios, violencia verbal, polarización y odio. En una ciudad atravesada por tensiones sociales reales, es fácil que un hecho puntual se transforme en excusa para discursos que no buscan comprender, sino etiquetar y dividir.

En geografía humanista existe un concepto útil para pensar nuestra relación con el espacio urbano: topofilia, desarrollado por Yi-Fu Tuan, quien la define como el vínculo emocional profundo que une a las personas con los lugares que habitan. Ese vínculo no es ingenuo: implica memoria, pertenencia, cuidado, responsabilidad y también conflicto. Pero ante todo implica reconocer que una ciudad es un bien compartido.

Desde ese lugar surge el colectivo Montevideo Más Linda. Y es importante aclararlo: para nosotros, el concepto de “más linda” no es un ideal estético ni un deseo de homogeneización urbana. No es sinónimo de “pulcritud”, ni de ciudad “blanca”, ni de ciudad “sin marcas”, ni de expulsión simbólica de nadie. Cuando hablamos de “más linda”, hablamos de una ciudad más habitable, más accesible, más caminable, más segura, más apropiable por quienes la viven, una ciudad que invite al encuentro y no al abandono.

Una ciudad más linda, en este sentido, es una ciudad donde el espacio público no se percibe como territorio hostil, donde los pasajes se transitan con confianza y donde la ciudadanía siente que puede participar, intervenir y pertenecer. La belleza, entonces, no es decoración: es condición de convivencia.

En días recientes se han instalado lecturas que vinculan acciones comunitarias de cuidado urbano con discursos de odio y exclusión. Creo que es necesario aportar contexto.

La intervención realizada en los muros de la fachada lateral de la Universidad de la República, en el pasaje Emilio Frugoni, no fue una acción unilateral ni improvisada. Se realizó mediante articulación y diálogo con integrantes del Decanato, en un marco de acuerdo y cuidado institucional. Fue además una actividad abierta y colectiva: participaron más de 200 personas, de distintas edades, generaciones y procedencias, que se acercaron con voluntad de colaborar y de encontrarse.

Cuatro días después, el muro apareció nuevamente vandalizado, esta vez con una firma asociada a una cuenta de Instagram. A partir de esa situación surgieron en redes sociales ataques e insultos, algunos de ellos de carácter racista, violento y profundamente repudiable. Es fundamental decirlo con claridad: esos mensajes no tienen relación con Montevideo Más Linda, ni representan su espíritu ni sus principios.

Pero además es necesario marcar algo aún más importante: atribuirle a un colectivo la responsabilidad moral por comentarios racistas de terceros es un error lógico y ético. El racismo existe y debe ser denunciado, pero no puede ser instrumentalizado para desacreditar acciones ciudadanas que lo rechazan explícitamente. Desde el colectivo nunca promovimos escraches, persecuciones digitales ni “cacerías”, ni señalamos a ninguna persona en redes: el odio no solo nos es ajeno, sino que lo repudiamos.

Cuando hablamos de “más linda”, hablamos de una ciudad más habitable, más accesible, más caminable, más segura, más apropiable por quienes la viven, una ciudad que invite al encuentro y no al abandono.

También es importante señalar que no estamos en contra del arte urbano. Montevideo es una ciudad atravesada por expresiones visuales y culturales que dialogan con su identidad, su historia y sus tensiones contemporáneas. Las intervenciones artísticas forman parte de una ciudad viva. Pero también es cierto que existen diferencias entre intervención artística y vandalismo, no por capricho, sino porque la convivencia urbana requiere acuerdos.

En particular, cuando se trata de inmuebles protegidos, existe un marco legal que no puede omitirse. La Ley de Faltas y las normativas vinculadas al patrimonio contemplan sanciones cuando se atenta contra inmuebles protegidos o declarados Monumento Histórico Nacional. Señalar esto no es moralizar ni perseguir: es reconocer que el patrimonio no pertenece a una sensibilidad individual, sino que constituye un bien común, protegido por acuerdos institucionales y jurídicos.

En ese sentido, la discusión sobre “qué es arte y qué es mugre” no debería reducirse a una batalla moral o estética. No se trata de jerarquizar expresiones, sino de entender que hay espacios donde existen responsabilidades compartidas y criterios técnicos, históricos y legales que deben respetarse.

Respecto al debate sobre el color, se ha sugerido que pintar un muro de gris sería una forma de borrar o neutralizar la identidad latinoamericana. Sin embargo, en este caso, el gris corresponde al color original de la fachada y a criterios patrimoniales preexistentes. No se trató de imponer una estética “neutra” como ideología, sino de una decisión técnica vinculada a la preservación del edificio y su valor histórico.

Por supuesto, Montevideo no se define por su fachada. Montevideo también es desigualdad, precariedad, exclusión, violencia estructural y desafíos urgentes en materia de vivienda. Pero es precisamente por eso que necesitamos sostener discusiones con rigor. Una pared pintada no resuelve —ni pretende resolver— los problemas estructurales de una ciudad. Del mismo modo, cuidar un muro no equivale a “limpiar” personas, ni a avalar políticas represivas o estigmatizantes.

En ese marco, comparaciones con fenómenos de persecución estatal extrema en otros países resultan desproporcionadas. Equiparar una acción comunitaria de recuperación patrimonial con dinámicas de violencia institucional como las que se observan en el accionar del ICE en Estados Unidos no solo es excesivo: confunde escalas de violencia y debilita el debate, sustituyendo la reflexión por la provocación.

La pregunta relevante no es si una ciudad debe ser “linda” o “fea”, sino cómo construimos convivencia en una ciudad plural, donde el espacio público sea realmente compartido. Y para eso se necesitan acuerdos, mediación, diálogo intergeneracional, participación vecinal y compromiso institucional.

La topofilia no es nostalgia ni control. Es amor por el lugar que habitamos, entendido como responsabilidad colectiva. Amar Montevideo no significa expulsar ni borrar: significa cuidarla sin odio, sin estigmatizar, sin violencia y sin simplificaciones.

Y si este episodio dejó algo en evidencia, es que el debate merece espacios de intercambio reales, presenciales y democráticos, y no trincheras digitales. El muro no es el problema. El problema es el odio. Porque una ciudad no se defiende atacando a otros. Se defiende construyendo comunidad.

Sebastián Angiolini es integrante del colectivo Montevideo Más linda.