El espacio público es una arena de disputa; no es una superficie neutra, sino un territorio en el que se conjugan formas de expresión que, en una sociedad plural, son diversas y permiten a la ciudadanía manifestarse. La convivencia supone la existencia de normas que nos permitan coexistir, pero creer que estas normas no son expresiones de ideología y, por ende, de poder es ingenuo.
Las reglas que rigen el espacio público suelen ser definidas por consensos ciudadanos, pero en muchos casos estos dejan por fuera a grupos minoritarios cuya capacidad de agencia para intervenir en procesos de discusión no es reconocida. Sabemos que las democracias actuales atraviesan complejos procesos de degradación a nivel mundial, y en parte esto se debe a que son muchos los ciudadanos que quedan excluidos de las dinámicas de toma de decisiones e incluso de los valores que suelen sostener. El vínculo entre democracia y espacio público como territorio en disputa es indisoluble y nos interesa analizar algunas discusiones que se vienen dando al respecto y proponer otros puntos de vista.
Toda ciudad que se piense a través de la diversidad debe habilitar el disenso, ya que es la base de la democracia y habilita a expresarse a quienes participan de esa sociedad. No se trata de romantizar el conflicto, sino de asumir que la convivencia implica fricciones, incomodidades y negociaciones permanentes. El espacio público debería permitir el desarrollo de la dimensión política inherente a toda sociedad, de forma dinámica y participativa. Esto implica concebir al otrx no como unx enemigx al que es preciso excluir y, por ende, eliminar o borrar, sino como unx otrx con el cual es posible convivir más allá de las diferencias.
Pero ¿vivimos en sociedades en las que verdaderamente todxs tenemos la misma posibilidad de hacer oír nuestras ideas? ¿Podemos habitar todxs el espacio público de la misma manera? Creemos que no; hay personas que tienen mayores posibilidades de acceder a determinados lugares de poder o de privilegio que les permiten que sus ideas y opiniones sean escuchadas, y hay quienes no tienen esas posibilidades. De la misma manera, no todxs podemos habitar el espacio público con los mismos derechos y oportunidades. Mujeres, disidencias, migrantes, personas con discapacidad, infancias, personas en situación de calle, entre muchxs otrxs, enfrentan diferentes dificultades al transitar o habitar lo público. Sabemos de sobra que la igualdad formal de derechos no garantiza la igualdad en las experiencias en el espacio público.
Frente a la desigualdad en el acceso a los espacios de discusión pública, intervenciones como el grafiti, el esténcil y otras prácticas de arte urbano aparecen como estrategias para disputar visibilidad, aprovechando el carácter abierto y masivo del espacio público. No sólo hablamos de prácticas artísticas, sino de formas de aparición pública y modos de decir “estamos acá” cuando no existen otros espacios disponibles.
Entonces llegamos a una pregunta crucial: ¿cómo construimos acuerdos ciudadanos en los que todxs podamos participar? ¿Quién los define y desde qué posiciones?
La idea de “embellecer” la ciudad deja de ser inocente y se vuelve una pregunta política. ¿Quién define qué es lo lindo? ¿Acaso la idea de una “ciudad linda” no es ideológica? ¿Por qué molesta un grafiti y un cartel publicitario no?
En Habitar y gobernar, Amador Fernández Savater propone pensar la acción política a través de dos paradigmas. Por un lado, el paradigma del gobierno, que funciona como un modo de conducir la realidad desde una idea o modelo; por otro, el paradigma del habitar, que plantea la necesidad de cuidar y expandir las potencias que ya existen. Habitar supone partir de las experiencias concretas y potenciar aquello que ya está en juego en los territorios y en los vínculos sociales. Desde esta perspectiva, habitar la ciudad no sería simplemente adaptarse a un orden dado, sino intervenirlo, disputarlo y transformarlo a partir de las prácticas cotidianas que emergen desde quienes transitan el territorio. La pregunta por cómo habitamos la ciudad se vincula directamente con la manera en que la pensamos, la valoramos y la transformamos, pero también respecto a cómo nos vinculamos con lxs otrxs.
En este punto, la idea de “embellecer” la ciudad deja de ser inocente y se vuelve una pregunta política. ¿Quién define qué es lo lindo? ¿Acaso la idea de una “ciudad linda” no es ideológica? ¿Por qué molesta un grafiti y un cartel publicitario no? ¿Qué buscamos realmente cuando imaginamos una ciudad más bella? ¿Borrar un grafiti no es acaso un modo de ejercer poder en el espacio público? ¿Qué pasa cuando la búsqueda de lo lindo termina provocando situaciones que incitan al odio?
Pensar el espacio común implica asumir que no se trata de un sitio donde simplemente las cosas suceden, sino un entramado de relaciones, tensiones y negociaciones permanentes donde conviven diversas formas de vida. La pregunta entonces es cómo construimos sociedades que permitan la convivencia de quienes piensan, sienten y se expresan de maneras diversas. Tal vez una ciudad democrática no sea la más aséptica sino aquella en la que el conflicto emerge y se vuelve habitable.
Eugenia González es artista, curadora e investigadora, licenciada en Artes Visuales. Es directora artística del Museo de Arte Contemporáneo de Montevideo (Macmo) y coeditora de la revista Museo. Es curadora e investigadora en el Museo Nacional del Grabado (Secretaría de Cultura, Argentina). Agustina Rodríguez Tabacco es magíster en Comunicación, licenciada en Artes Plásticas y Visuales. Es cofundadora y directora ejecutiva del Macmo y de la revista Museo.