Vivimos un tiempo de transformaciones profundas y gran incertidumbre. En su informe anual de riesgos, Eurasia Group señaló al gobierno de Donald Trump como el riesgo principal que enfrenta el mundo, describiéndolo como un liderazgo “revolucionario” con consecuencias peligrosas hacia el interior de Estados Unidos y para el sistema internacional.

En el plano doméstico estadounidense, se observan fenómenos alarmantes: discursos de odio que legitiman la violencia; asesinatos por parte de las fuerzas de seguridad basados en origen, idioma o color de piel de las víctimas; y un creciente cuestionamiento a la división de poderes y el Estado de derecho, pilares de la vida política en democracia.

En paralelo, Trump proyecta una política exterior caracterizada por la prepotencia y el unilateralismo: inicio de guerras de manera unilateral, perpetuación y justificación reiterada de crímenes de guerra y violación permanente del derecho internacional.

Uno de los rasgos más preocupantes del momento actual es el debilitamiento deliberado del sistema internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial. La estrategia de Trump está orientada a sustituir los organismos internacionales por una suerte de club de aliados ideológicos, integrado mayoritariamente por jefes de Estado con rasgos autoritarios, gobiernos con democracias cuestionadas o regímenes abiertamente iliberales.

Este desplazamiento del multilateralismo hacia alianzas políticas basadas en afinidades ideológicas y en relaciones de poder debilita aún más la arquitectura institucional global y aumenta el riesgo de conflictos.

Desde el socialismo uruguayo siempre hemos sido críticos de las bases del sistema internacional. Durante décadas denunciamos que muchas de sus reglas favorecían a los países centrales en el contexto de pos Segunda Guerra Mundial y relegaba a las periferias u orillas del sistema mundial. También cuestionamos mecanismos como el veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que prioriza el poder de unos pocos sobre el consenso global, limitando su capacidad de actuar ante crisis humanitarias.

Este desplazamiento del multilateralismo hacia alianzas políticas basadas en afinidades ideológicas y en relaciones de poder debilita aún más la arquitectura institucional global y aumenta el riesgo de conflictos.

Pero un orden desactualizado y poco democrático es mejor que ninguno. Reclamamos, y lo seguiremos haciendo, instituciones internacionales más equitativas, eficaces y plurales. Ahora bien, la desaparición del sistema actual, o su sustitución por relaciones basadas exclusivamente en la fuerza, es el peor escenario posible para países como el nuestro.

Qué está en juego para Uruguay y la región

En ese contexto, América Latina corre el riesgo de volver a ser un espacio de disputa entre potencias, en lugar de una región capaz de definir su propio rumbo. Por eso, reformar el sistema internacional es necesario, pero abandonarlo sería un error estratégico de consecuencias profundas. En este escenario, la estrategia de Uruguay debe continuar siendo la de apostar a la cooperación regional y a la articulación con otros países del Sur global, como forma de ampliar su capacidad de incidencia y defender intereses comunes en un mundo cada vez más fragmentado.

Sin normas que limiten el poder, las decisiones se imponen, no se negocian. Sin instituciones, los conflictos no se resuelven: se trasladan a relaciones de fuerza donde siempre prevalecen los mismos. Cuando las reglas se debilitan, no emerge un orden más justo, sino uno más incierto y más arbitrario. En ese escenario, América Latina no es protagonista, sino un terreno.

Más aún, un país como Uruguay no tiene capacidad de imponer su voluntad por la fuerza, ni de proteger sus intereses mediante la amenaza o la coerción. Por eso, defender el multilateralismo no es ingenuidad: es una forma de realismo. Nuestra seguridad, nuestro desarrollo y nuestra soberanía dependen, en gran medida, de que existan reglas claras, instituciones que las hagan valer y mecanismos que limiten los abusos de poder.

Entre un sistema imperfecto y un mundo regido por la fuerza, la elección es clara. Reformar lo existente es una tarea urgente. Renunciar a las reglas, en cambio, sería aceptar un escenario en el que los países pequeños tienen menos voz, menos protección y menos futuro.

Pablo Oribe es secretario general del Partido Socialista.