Cuando el presidente Yamandú Orsi habló el lunes ante la Asamblea General, sabía que varias encuestas de opinión pública indicaban un descenso de la aprobación a su desempeño, no solo en el conjunto de las personas consultadas, sino también entre las que votaron al Frente Amplio (FA) en 2024. Cabe suponer que este dato fue tenido en cuenta para definir, por lo menos en parte, los contenidos y las formas del discurso, e incluso para decidir que Orsi no se limitara a enviar un documento para cumplir con lo dispuesto por el artículo 168 de la Constitución, en su numeral 5º.
En este sentido, es interesante considerar qué factores adversos puede haber querido contrarrestar el presidente.
¿Qué esperaban?
Sabemos –o deberíamos saber– que la evaluación ciudadana de una gestión presidencial no tiene como única o principal referencia la consideración “objetiva” de las medidas adoptadas, y tampoco un chequeo minucioso del cumplimiento de los objetivos planteados en el programa de gobierno (que muchas personas no conocen cuando votan) o de las promesas de campaña.
En estos tiempos se le asigna mucha importancia al arraigo que logran en la opinión pública los relatos propuestos por el oficialismo y la oposición, con una gran diversidad de herramientas y a partir de innumerables argumentos, con y sin bases reales. Este enfoque es acertado, pero conviene no perder de vista otros aspectos. Para empezar, el de las expectativas previas.
En la formación de las expectativas incide la contienda entre las fuerzas políticas por imponer un relato, pero a veces los resultados son paradójicos. Antes del primer triunfo frenteamplista en las elecciones nacionales, por ejemplo, colorados y blancos se esforzaron por crear grandes temores sobre lo que ocurriría si la presidencia de la República quedaba en manos de Tabaré Vázquez. Sin menospreciar los resultados de sus políticas, es probable que los altos niveles de aprobación que logró se hayan debido, en importante medida, a la ausencia de las catástrofes que muchas personas esperaban.
También es posible que la popularidad de Luis Lacalle Pou en el período anterior no solo haya tenido que ver con las causas más evidentes, como su manejo de la pandemia de covid-19, sino también con el hecho de que llegó a la presidencia con muy altos niveles de rechazo, y a que en la campaña de 2019 sus adversarios habían pronosticado que adoptaría medidas mucho más drásticas y dañinas que las que impulsó. Si alguien espera que gobierne un Milei y se encuentra ante un Macri, es factible que sienta alivio y una relativa satisfacción.
En el caso de Orsi, dos relatos previos contrapuestos pueden estar incidiendo. Desde la actual oposición se presagiaron terribles desastres si el FA recuperaba el gobierno nacional. La profecía no se cumplió, pero tampoco hubo logros de alto impacto en el primer año de gestión, entre otras cosas por los acotamientos que determinó la situación nacional e internacional. Quizá esto se relacionó con los altos niveles de indecisión al juzgar a Orsi en las encuestas de 2025. Por otra parte, aunque sus promesas de campaña hayan sido notoriamente moderadas, las expectativas de grandes cambios generadas desde el frenteamplismo fueron muy altas, y pueden vincularse con las insatisfacciones y desaprobaciones actuales, que además tienen una continuidad con campañas de la minoría frenteamplista durante 2024. Y no está blindado internamente, como Vázquez o José Mujica, por una enorme acumulación previa de poder y prestigio.
Un discurso dentro del discurso
Desde la oposición y parte del oficialismo, Orsi es acusado de ser anodino y débil. En su mensaje del lunes mantuvo el estilo de cercanía afectiva que lo caracteriza (dijo, por ejemplo, que la reforma del sistema de transporte servirá para llegar antes a casa, compartir la cena y poder ayudar con los deberes), pero también apeló, de un modo muy infrecuente en la política uruguaya, a la primera persona (“tomé la decisión” “me comprometí”, “mi gobierno”, “estoy convencido”, “como lo he sostenido siempre”, “este es mi plan”).
Sin afrontar en forma explícita algunas polémicas espinosas, como las relacionadas con la inflación y la cotización del dólar, o con la prospección petrolera en aguas territoriales, fue clara su voluntad de presentarse como la persona que está al mando.
Menos obvia y aún más interesante fue una articulación conceptual que reivindicó su forma de hacer política. En numerosos pasajes de su alocución, fundamentó la necesidad de avanzar colectivamente, con una “incansable vocación por el consenso”, en una secuencia causal que se puede resumir con tres premisas.
1) En el mundo de hoy y en el marco de un cambio de época, la estabilidad uruguaya es un “activo estratégico”.
2) Para cuidar esa estabilidad, “necesitamos a la sociedad caminando junta”, por un camino de “desarrollo económico con inclusión social”.
3) Las medidas adoptadas en el primer año de gobierno buscaron consolidar la estabilidad, para construir sobre bases firmes.
No es poca cosa.