Un orejano no lleva marca de dueño alguno ni pertenece al rebaño de nadie, por lo que puede mirar de reojo los relojes de quienes miden su historia en milenios, mientras nosotros la seguimos midiendo en períodos de gobierno. Ser orejano no es andar sin rumbo, sino conservar la libertad de elegir con quién tratar y a qué otros relojes prestar atención, los de quienes premian la constancia antes que el apuro. Es cierto que cada tanto volvemos a pensar en cuál es el palo al que arrimarnos antes de que el tren pase de largo, pero ¿cuál es el margen de maniobra sin tener nada para ofrecer en materia de poder, aunque se tenga bastante para ofrecer en cuanto a la estabilidad y confianza generada?
Como país construimos nuestra identidad internacional sobre una tradición multilateralista que ningún gobierno desarmó y que nos llevó a mantener relaciones con actores de naturaleza muy distinta, además de sostener con terquedad como doctrina de Estado que los conflictos se resuelven mejor en foros compartidos que en el forcejeo. Es una práctica que incluye la participación sostenida en los organismos internacionales, la preferencia por el derecho antes que por la fuerza y una diplomacia que desde nuestro tamaño consiguió hacerse oír en ámbitos en los que los países chicos en general le hablan a la pared.
Discutimos la política exterior casi siempre de manera defensiva y muy pocas veces constructivamente. Tal vez sería bueno planear qué podemos construir a largo plazo. Esta propuesta nos obliga a mirar el reloj, pero sabiendo que no marca lo mismo para todos.
Estamos acostumbrados a que la política (la exterior incluida) trabaje con un reloj marcado por su período de gobierno, mientras que hay quienes negocian con otros plazos. Por ejemplo, Europa, Irán, Egipto o China negocian con los tiempos propios de civilizaciones que llevan milenios en el mismo territorio. Esa distancia juega a nuestro favor más de lo que parece.
Un país sin ambición de potencia puede darse el lujo de construir vínculos que duren por encima del recambio electoral, porque no tiene sobre la mesa ninguna disputa de poder inmediato ni nada que se parezca a un proyecto imperial. Lo que cambia es el trato mutuo: esas civilizaciones no pueden ser un adorno cultural de los discursos, sino interlocutores con los que se negocia en el mismo plano, en acuerdos pensados para rendir dentro de una o más décadas y no antes de la próxima rendición de cuentas.
En Sobre la paz perpetua, Kant imaginó una federación de estados libres capaz de ordenar el mundo sobre el derecho compartido y no solo por el equilibrio de poder. Quienes miden su historia en milenios negocian con otra paciencia: esperan la constancia, no el golpe de suerte de un quinquenio. Ante esa expectativa, lo que tenemos para poner sobre la mesa no es tamaño ni plata, sino algo más raro: reglas jurídicas que se sostienen y una cultura institucional que no se reescribe con cada gobierno.
Nuestra estabilidad es una carta de presentación ante civilizaciones que anteponen la permanencia a la volatilidad, por lo que aprecian a los socios capaces de sostener una posición sin que ella dependa del humor de la última elección. Las inversiones llegarán solas, pues hay una coherencia que el país no ha cultivado con ese fin pero que es real.
Un país sin ambición de potencia puede darse el lujo de construir vínculos que duren por encima del recambio electoral, porque no tiene sobre la mesa ninguna disputa de poder inmediato ni nada que se parezca a un proyecto imperial.
Solemos ver la política exterior como la acumulación de firmas de tratados de comercio, la apertura de mercados puntuales o misiones oficiales que dejan poca huella, como si la diplomacia fuera apenas la logística imprescindible previa a la economía. Pensar la relación con esas civilizaciones exige una lógica cercana a la ya desplegada en el terreno multilateral: la de construir posiciones políticas que no dependan de un gobierno en particular ni de la coyuntura de un mercado, y que se sostengan en el tiempo.
En Del espíritu de las leyes, Montesquieu sostuvo que el comercio suaviza las costumbres entre los pueblos y que los lazos sostenidos en el tiempo producen algo más que ganancia y previsibilidad, porque enseñan a los pueblos a contar unos con otros, y eso es política antes que economía.
Los lazos con Europa nacen de las colectividades del sur del continente, una de nuestras principales bases demográficas, visible todavía en el idioma, la comida y las costumbres. Ese vínculo podría permitirnos coordinar posiciones con los países del sur de Europa en foros internacionales y buscar su respaldo dentro de la Unión Europea. Más aún, del cóctel con ingredientes grecorromanos, visigodos, andalusíes y otros salió el molde jurídico, lingüístico e institucional que hizo posible el Uruguay que hoy somos, por lo que Europa no es un socio cualquiera.
A diferencia de esos vínculos heredados, Uruguay tiene con Egipto un comercio de escala modesta: coloca alimentos y celulosa e importa fundamentalmente fertilizantes. Pero conviene pensarlo como bisagra entre África, Medio Oriente y el Mediterráneo, condición que lo convierte en un socio valioso para tener voz en foros donde hoy prácticamente no la tenemos.
Con la Liga Árabe y la Unión Africana el vínculo comercial de Uruguay es concentrado y subexplotado: casi todo se juega en un producto (lácteos) y en un comprador (Argelia), lo que lo vuelve frágil; sin embargo, se trata de un continente de demanda creciente cuyas posibilidades no logramos traducir en el comercio de nuevos productos.
La certificación halal, que abrió la puerta a la carne en los mercados árabes y musulmanes, es una muestra de ese potencial: un nicho de alto valor, pero aún marginal en volumen. En ambos espacios Egipto ejerce un liderazgo real, y una relación bilateral sólida podría abrirnos puertas hacia posiciones más amplias en los temas que defendemos por tradición. Construir con Egipto significa ganar interlocución en un continente donde debemos estar presentes, más allá de la venta de alimentos.
El caso de Irán es diferente: el problema no es construir un vínculo que falta, sino sostener uno que ya existe y que las presiones de terceros mantienen maniatado. Con la histórica Persia mantenemos relaciones diplomáticas del máximo nivel desde principios del siglo pasado, lo que nos habilita a evaluar ese vínculo con criterios propios en lugar de subordinarlo automáticamente a la posición de terceros. Nuestra tradición multilateralista defendió históricamente la no injerencia y el diálogo por sobre el aislamiento; aun bajo el régimen de sanciones, no han faltado países que mantuvieran abiertos sus canales con Teherán. Es, además, de gran provecho negociar con estos pueblos: un Uruguay dispuesto a estar cuando otros se retiran lo reafirma como socio confiable y, con ello, consolida esos vínculos. Explorar ese margen (en función de nuestra prioridad comercial y de una convicción sobre cómo debe comportarse un país pequeño frente a las presiones de los grandes) es una manera de no dejar de ser, respetuosamente, orejanos.
Si con las civilizaciones nombradas hablábamos de vínculos por construir o por liberar, con China ya hay experiencia acumulada que hay que consolidar en una relación sin pérdida de autonomía diplomática. La dependencia económica estructural que se generó en ciertos rubros (particularmente la soja y la carne) debería funcionar como advertencia y no como algo a repetir a perpetuidad: no podemos sostener una independencia comercial si nuestra balanza depende en exceso de un solo socio. Ya tuvimos esa experiencia.
Con estas civilizaciones antiguas el vínculo se fortalece o se debilita según cómo sostengamos nuestra independencia en política exterior. Frente a China, esa autonomía es la garantía de que la relación no se convierta en subordinación política; con Irán, el argumento es ayudar a resistir la presión de terceros países; con Egipto, el puente hacia los foros regionales donde hoy casi no tenemos voz; y con Europa, el espacio de diálogo sobre la soberanía real frente a la presión financiera.
En todos los casos poseemos una estabilidad institucional que nos permite sostener la misma posición pase lo que pase con el gobierno de turno o con la crisis del momento.
Pensar el vínculo en términos de historia, lengua o religión (y no solo de aranceles y balanzas comerciales) le da a esa posición una base de legitimidad que no vive del cálculo de corto plazo, pues valorar la cultura del otro genera compromisos capaces de sobrevivir a cualquier canciller.
Eso se traduce, por ejemplo, en cátedras compartidas, programas de intercambio académico, acuerdos de cooperación científica y espacios culturales binacionales que antecedan o acompañen los acuerdos estrictamente comerciales, porque la confianza así acumulada es la que después sostiene relaciones que convienen y que duran.
Contamos, además, con una oportunidad política que pocos países de nuestra escala poseen: tradición diplomática multilateralista respetada, estabilidad institucional y una sociedad que ya incorpora grandes culturas (la española, la italiana, la armenia y la griega, entre otras). Es una herencia que tiende puentes, base de una política exterior activa con misiones diplomáticas que no se limiten al caviar y una mirada capaz de leer a estos países como civilizaciones con las que compartimos la misma apuesta por la permanencia en un mundo en que lo efímero es el denominador común.
Nada de esto ocurre por generación espontánea. Requiere una decisión política que sobreviva al recambio de gobiernos y que no calibre los vínculos internacionales únicamente en función de su rédito inmediato y fugaz. Pero debemos seguir cultivando larga y pacientemente algo tan escaso como el valor de la palabra.
Pablo Tailanian es integrante del Movimiento Socialista Emilio Frugoni.
