“Movilidad intergeneracional de ingresos en Uruguay. Una mirada basada en registros administrativos”, es el nombre del 12º cuaderno sobre desarrollo humano, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y del Centro de Estudios Fiscales (CEF), que se presenta hoy. Se trata de una investigación realizada por Martín Leites, Eliana Sena y Joan Vilá, que aporta evidencia sobre los niveles de movilidad económica intergeneracional en Uruguay, “entendida como la relación entre dos miembros de una misma familia pero de distintas generaciones”, según el trabajo. Los autores tomaron para la investigación los ingresos formales de padre/madre y sus hijos entre 2009 y 2016, por ser un período de crecimiento económico sostenido, a partir de una base de datos inédita construida con registros administrativos del Banco de Previsión Social (construcción de vínculos familiares) y de la Dirección General de Impositiva (ingresos formales durante el período).

Los resultados de este trabajo están basados “en los casos de padres, madres e hijos cuyo ingreso permanente formal es positivo, por lo que aporta evidencia del grado de movilidad en aquellas familias que tienen miembros con un vínculo más estable con el sector formal de la economía”. “Por esta razón, es de esperar que las mediciones presentadas ofrezcan una buena aproximación a lo que sucede en los tramos intermedios y altos de la distribución del ingreso, y sean menos representativas de lo que ocurre en la cola baja, donde los ingresos informales tienen una mayor incidencia. La incidencia de la informalidad en Uruguay es algo mayor que en los países desarrollados (25% aproximadamente en el período), lo que dificulta las comparaciones directas de los niveles de movilidad respecto a otros países”, indican los autores en el resumen ejecutivo.

Según las conclusiones del trabajo, entre los 35 y los 39 años se encontraron “niveles promedio de persistencia entre generaciones de 0,26 y 0,27 para los ingresos formales laborales y totales, respectivamente”. La leve diferencia al alza en el caso de los ingresos totales “seguramente” está asociada “al papel de los ingresos personales de capital”. Sin embargo, a pesar de estos promedios, “se encuentran importantes diferencias a lo largo de la distribución”. “En primer lugar, en la cola media y baja de la distribución se observa que el intercambio de posiciones de los hijos con respecto a sus padres es relativamente alto. Esto se ve relativizado porque, en este segmento de la distribución, las distancias entre los percentiles son relativamente bajas en términos de ingresos absolutos, lo que facilita los movimientos”, se indica. Por esto, los autores destacan que “el primer gran hallazgo” de este trabajo es que “en los años analizados, Uruguay registró movilidad en los sectores de ingresos medios y medios bajos, pero los saltos (o caídas) observados en esas posiciones representan cambios relativamente pequeños en términos de ingresos”.

El segundo hallazgo es que “la movilidad es más baja en los extremos de la distribución del ingreso”. Esto está sustentado en lo que sucede en los dos extremos de los ingresos: “los niveles de movilidad son sustantivamente menores para los hijos con padres de altos ingresos y en particular para los varones”, y en el otro extremo de la distribución, “la movilidad es menor entre los hijos que tienen padres ubicados en el decil de ingresos más bajo, aunque la persistencia es inferior a la encontrada en la cola alta de la distribución”.

En el caso alto de la cola, lo que se observa es que “las oportunidades de movilidad hacia los tramos más altos de la distribución están más restringidas y se concentran en los hijos provenientes de hogares de altos ingresos”, y que en general “estos cambios de posiciones se traducen en mejoras más fuertes en términos de ingresos y, potencialmente, de bienestar individual”. En cambio, en el extremo más bajo de la cola, la menor movilidad se evidencia en parte “en las matrices de transición y la acumulación de hijos que persisten en el decil de menores ingresos”, aunque se destaca que “este análisis está basado en padres e hijos con ingresos permanentes formales positivos”. “De todas formas, este resultado merece mayor estudio, pues la fuente de información que se está utilizando enfrenta mayores limitaciones para abordar este tramo de la distribución y seguramente se esté sobreestimando la movilidad que tienen las familias ubicadas en este estrato”, se aclara.

En tercer lugar, el estudio deduce que “los hijos que tienen padres con un vínculo menos estable con el mercado formal presentan mayores chances de repetir este patrón e insertarse de forma más inestable en el mercado laboral”, conclusión a la que se arriba porque hallaron que hay una asociación entre los hijos y padres que no tienen ingresos permanentes formales. “Esta persistencia no tiene por qué traducirse directamente a un problema de persistencia de bajos ingresos, ya que pertenecen a este grupo personas sin ingresos, sólo con ingresos informales o con vínculos intermitentes con el sector formal. Vale mencionar que esta asociación es encontrada en un contexto económico de crecimiento, altos niveles de empleo y una marcada tendencia decreciente en los niveles de informalidad”, se indica.

El estudio también encontró evidencia de que hay una mayor transmisión intergeneracional entre hijos y padres del mismo sexo, especialmente “los hijos varones están sobrerrepresentados en los percentiles de muy altos ingresos de su generación, donde tienen una participación relativa más alta y mayores ingresos que las mujeres que están en la misma situación”. “El origen de estas desigualdades y su persistencia entre generaciones podría tener explicaciones muy diversas, como la brecha salarial por sexo, diferencias en las decisiones de inversión al interior del hogar o la transmisión de modelos de rol. Para interpretar este resultado es necesario seguir avanzando en la medición de la movilidad y comprender cómo operan los mecanismos de transmisión”, sugieren los autores.

En el trabajo los autores analizan las distintas nociones de movilidad y cuándo una mayor movilidad intergeneracional “es un resultado deseable”. Esto último indudablemente puede condicionar que haya o no políticas dirigidas a que en un país se incremente la movilidad.

Por ejemplo, se cita al economista francés Thomas Piketty, para el que la mayoría de los conceptos de justicia considerarían injusto que “dos niños que comparten las mismas características y durante su vida asumieron un comportamiento similar obtengan distintos niveles de bienestar simplemente por tener condiciones diferentes en el momento del nacimiento (por ejemplo, recibir o no una herencia)”. Porque la movilidad intergeneracional se ha vinculado con la igualdad de oportunidades en materia de políticas públicas, interpretándose que “una mayor movilidad intergeneracional o una menor dependencia del origen es un indicador del grado de igualdad de oportunidades”.

Para Piketty los mecanismos que establecen canales de movilidad pueden ser eficientes para el bienestar social, o ineficientes. Por ejemplo, habla, entre otros mecanismos, de “la herencia de activos y riqueza, la existencia de restricciones de acceso al crédito, las decisiones de ahorro, fecundidad e inversión en capital humano de las familias, la transmisión de habilidades innatas o la existencia de desigualdades o procesos de segregación”. Sobre alguno de estos canales se puede intervenir con políticas públicas, por ejemplo ampliando el acceso al crédito, o estableciendo mecanismos de redistribución de la riqueza que permitan mejorar las oportunidades de los sectores con menos ingresos. Porque una de las conclusiones claras de este estudio es que la movilidad económica no depende sólo del esfuerzo y el sacrificio del individuo, y que el lugar y el entorno donde se nace tienen un papel fundamental.

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En este cuaderno los autores explican que utilizaron como metodología las matrices de transición, que se presentan para el caso de los ingresos formales (laborales y totales) en los cuadros 1 y 2. Para analizar la movilidad posicional “se construyeron las variables asociadas al ranking que ocupan padres/madres e hijos en su generación. Para esto se elaboraron percentiles de ingresos (laborales o totales), tomando en consideración las cohortes de referencia que surgen de utilizar los registros administrativos completos de la DGI. Para el caso de los hijos, estos rankings se construyeron teniendo en cuenta las dos cohortes analizadas en la sección de hijos: de 20 a 29 años y de 30 a 39 años. En el caso de los padres se utiliza como cohorte de referencia el conjunto de individuos de entre 45 y 55 años presente en los registros administrativos”.

En los cuadros con las matrices, donde las columnas representan “la distribución de la generación del hijo entre deciles de su generación (filas), condicionada por el decil al que pertenecía el padre/madre (hogar de partida)”. Para entender los resultados hay que tener en cuenta que si la posición de los hijos en la distribución del ingreso fuera independiente del hogar de origen, la acumulación de cada celda debería ser cercana al 10% para todos los deciles. En los cuadros se observa una diagonal principal que contiene la frecuencias más altas y “si a la frecuencia de la celda de la diagonal se le suman las dos celdas más cercanas, el acumulado siempre supera ampliamente el 30% de los hijos”. Además, se percibe una mayor persistencia en los extremos de la distribución. “En el decil más bajo mantienen la misma posición en la distribución que su padre el 13,6% y el 14,0% de hijos, en el caso del ingreso laboral y total, respectivamente. En el otro extremo, los hijos que nacieron en el decil 10 tienen una probabilidad de mantenerse en ese decil del 23,8% y 24,3%, respectivamente. Este comportamiento asimétrico en la concentración en los extremos responde a movimientos más dispersos en la cola baja y mucho más concentrados en los estratos superiores”.

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En este escenario de relativa rigidez en la movilidad, y explorando más allá de los objetivos del cuaderno, los autores se animan a “profundizar sobre los canales que podrían dar origen” a esa situación, estableciendo algunas hipótesis para la persistencia en la parte baja de la cola, como “las privaciones que enfrentan los niños en la primera infancia, tanto por decisiones de sus padres como por enfrentar entornos desfavorables o fuertes restricciones en el acceso a recursos y servicios”, “las diferencias en las decisiones de inversión en capital humano de las familias y el acceso a la educación formal”, o “las distintas formas de segregación y su incidencia en el acceso a bienes públicos y otras externalidades”. Y concluyen en que los niveles de desigualdad de ingresos en Uruguay, “en un contexto de baja movilidad intergeneracional, redimensionan la relevancia de los problemas distributivos y ofrecen nuevos fundamentos para revitalizar la discusión sobre las políticas redistributivas”.

“La evidencia presentada en este Cuaderno intenta aportar nuevos insumos para avanzar en esta discusión. En el contexto de Uruguay, este debate debería involucrar un análisis sobre la pertinencia de políticas como un impuesto a la herencia y a las transmisiones intervivos, el rediseño del impuesto al patrimonio, una estructura de impuestos más progresivos a los ingresos personales e ingresos mínimos asegurados que combinen un sistema de salarios mínimos y subsidios a la primera infancia”, finaliza el trabajo.