En números

La zona de Cuchilla Pereira y alrededores limita al oeste con el camino Coronel Raíz, al sur con el Anillo Colector Vial Perimetral y el arroyo Miguelete; la avenida Belloni, el camino de Los Agrónomos y el arroyo Toledo Chico al este; y la ruta 66 (límite con Canelones) y el arroyo Las Piedras al norte. La superficie cultivada abarca casi 3.500 hectáreas, son un total de 354 establecimientos con 817 trabajadores residentes (556 hombres, 261 mujeres). Las cifras son proporcionadas por el Censo 2000 procesado en el SICA (Sistema de Información de Censo Agropecuario). “Se trata de una radiografía de la zona y aunque seguramente el censo de este año dirá con cifras exactas qué ha pasado en estos años, se percibe que algunas explotaciones han desaparecido y que la propiedad se ha concentrado”, informa Eduardo Díaz, director departamental del MGAP en Montevideo. La uva es la fruta más cultivada en la zona. Son 604 hectáreas, con 73 establecimientos que producen anualmente 10.800 toneladas; alrededor de 10% de la producción nacional. Los frutales de hoja caduca ocupan el segundo lugar. Son 400 hectáreas, con 76 establecimientos que producen 5.000 toneladas anualmente, significando 8% de la producción nacional. Los manzanos encabezan la lista con 53 establecimientos que producen 2.735 toneladas. Luego sigue el durazno con 55 establecimientos que producen 900 toneladas, continúa la pera con 37 fincas que producen poco más de 800 toneladas, luego la ciruela con 250 toneladas y el membrillo con una producción de 90 toneladas anuales.

Cae la tarde y en el Club Agrario América algunos lugareños toman lentas grapas y ofrecen información sobre algunos fruticultores de la zona.

Traversa es de los establecimientos de mayor envergadura del lugar. Fernando es uno de los miembros de la familia que posee 140 hectáreas de viñedos, que producen más de tres millones de kilos de uva que se convierten en unos siete millones de litros de vino anuales. Al volante de su camioneta, con bombachas de campo y buzo polar con su apellido-marca bordado, es un patrón que tiene literalmente la camiseta puesta. Tiene 41 años, ojos de un turquesa tan intenso que parece mentira y su contextura física delata los más de 20 años que lleva trabajando la tierra, en los que pasó de cosechar con hoz a importar una cosechadora que desgrana la uva igual o mejor que una persona, pero infinitamente más rápido.

Fernando es el responsable de atender todas las tareas del campo, donde dirige un plantel de 15 empleados estables, a los que octubre encuentra haciendo trabajos de fumigación y desbrote. Traversa mete su camioneta entre dos hileras de vid, saca por la ventanilla una mano que parece una herramienta y explica ejemplificando que el desbrote es un trabajo manual en el que se sacan los brotes desviados y con menos fuerza, para aumentar la productividad de los más fuertes y derechos, que se conservan.

Campos de soledad

Siguiendo las indicaciones de los chacareros del Club América, más adelante, pasando el repecho, a mano izquierda, está la casa de los Sinigalia. Marcelo tiene 36 años, es el mayor de tres hermanos de una familia de inmigrantes italianos y vascos franceses que se dedicaron a la agricultura. Su padre y su hermano se encargan de la comercialización y administración de la empresa, él es responsable del campo y Yohana, su hermana de 26, se recibió de enóloga y está a cargo de la bodega.

Los Sinigalia son una verdadera empresa familiar, tienen 80 hectáreas plantadas de las cuales 35 son de uva para vino, cinco de uva de mesa, cinco de citrus, diez de durazno, cinco de ciruela, otro tanto de pera y de manzana y dos de pelones. “La variedad es lo que nos ha salvado de las grandes crisis, éste es un trabajo con muchos riesgos, pero tener variedad de cultivos permite minimizar esos riesgos y cuando una cosecha falla, se pierde, o se vende a muy bajo precio tenemos otra para compensarlo”, explica Marcelo, que no dudó en integrarse a la empresa familiar al terminar el liceo. “En la escuela siempre me fue bien, pero no me gustaba estudiar, así que ni bien terminé me metí a trabajar en el campo”.

Yohana es rubia, blanca y de ojos claros, pero cuando terminó el liceo y manifestó su intención de estudiar medicina fue una especie de oveja negra de la familia. “Fui muy castigada por elegir otra cosa, o por no elegir lo que tenemos, la empresa familiar. Finalmente medicina no me gustó, decidí estudiar enología, asegurarme una fuente de trabajo y después sí seguir estudiando otras cosas que me gustan. Este año me hice cargo de la bodega, por ahora estamos haciendo sólo vino de mesa y mi próximo objetivo es poder desarrollar vinos más finos”, cuenta Yohana Sinigalia.

A la hora de hablar de las mayores dificultades que implica la fruticultura, además de los riesgos climáticos y las fluctuaciones del mercado, Marcelo identifica el buscar, encontrar y conservar mano de obra como uno de los mayores desafíos de la actualidad. “Ofrecemos motivaciones por presentismo pero no son efectivas, ya no es como antes, que la gente trabajaba en el mismo campo toda la vida, realmente hay menos gente y cuesta mucho que permanezca, que sea estable”.

Si Fernando Traversa al volante de su camioneta surcó grandes extensiones de vid pertenecientes a una misma firma, el mayor de los Sinigalia se pierde entre laberínticos caminos de ripio, entrando, saliendo y señalando a lo lejos las pertenencias de su familia: aquel cuadro de manzanos es nuestro, aquellos galpones que se ven allá son nuestra bodega.

Cruza la ruta 66 y anuncia que se trata del límite departamental con Canelones. Entra a un campo, bordea unas plantaciones de duraznos, chequea que el camino permita seguir avanzando y detiene el auto cuando asoma un paisaje de una belleza tal que no parece real. Un campo de ciruelos en flor, es decir, muchas hileras de árboles a los que no se le ven las ramas, que están totalmente cubiertas por flores blancas. Marcelo explica que son ciruelas “Soledad”, una variedad que escasea en el país, pero cuando compró el campo con las plantas, al ver que no daban frutos, se dio cuenta de que habían sido mal plantadas. “La ciruela es como la manzana, necesita de otra variedad para polinizarse, entonces se plantan en filas intercaladas; en este caso no fue así, pero finalmente encontré la solución, hicimos injertos de otra variedad en estas plantas y prendieron, así que es muy probable que este año cosechemos estas ciruelas por primera vez, ojalá”.

Efecto mariposa

Un señorial camino de palmeras añejas se abre paso entre plantaciones de duraznos florecidos, manzanos de apariencia abandonada, teros que despistan. Más atrás, el optimismo de ondulantes praderas verdes contrasta con la desolación de un campo de árboles talados. Ése es el panorama tras los pilares de cemento en los que se lee Villa Labibe. “Era el apellido de la esposa de Tufi Acle, el dueño de la vieja sedería Matriz, los antiguos dueños de estas tierras”, explica Mario Giménez (45). “Cuando mi familia compró esto se plantaron cuatro hectáreas de manzana, porque teníamos sidrería, pero sucede que para que la manzana sea rentable, hay que cubrir todo el circuito: tener el monte, la mano de obra (un operario cada dos hectáreas como mínimo), las herramientas, una cámara frigorífica, transporte y un puesto en el mercado, porque para fabricar sidra se usa el descarte, que vale tres pesos el kilo, mientras que en el mercado se pagan diez. El secreto de la manzana es venderla cuando uno quiere, que es cuando mejor se paga. Entre marzo y mayo vale muy poco porque hay mucha, entre junio y agosto compite con el citrus y desde octubre hasta diciembre es cuando más vale”, instruye. “Es la única fruta que sobrevive de una cosecha a la otra, por eso es muy importante tener cámaras para conservarla. Lo que se busca es que la manzana respire lo mínimo indispensable, para prolongar su maduración. Si ese equilibrio no se logra el resultado es una manzana arenosa, que es cuando superó su punto de maduración”, agrega Giménez. “Creo que por no tener la totalidad de esa cadena productiva, se terminó vendiendo a cuatro pesos lo que costaba tres producir, se trabajaba, como dicen acá, para que te vean trabajar, entonces me sumé a un plan de la Dirección General de la Granja [Digegra] y reconvertí parte de las plantaciones de manzanos en duraznos”.

Giménez estudió enología en la Escuela de Vitivinicultura Tomás Berreta, perteneciente a la Universidad del Trabajo. Actualmente su quinta está formada por unas 2.000 plantas, una mitad de manzanos y la otra de duraznos, pasó de producir 150 mil kilos de fruta en sus mejores épocas a 30 mil en la cosecha del año pasado, no tiene empleados fijos, sólo zafrales. A diferencia de Traversa y Sinigalia, no practica agricultura tradicional sino un Manejo Integrado de Plagas (MIT), que vendría a ser un punto intermedio entre la agricultura tradicional y la orgánica. “El MIT es más engorroso, más costoso, y todavía no hay muchos beneficios a la hora de vender el producto, alrededor de 10% o 15% de la cosecha se pica, pero lo que está en juego es nada menos que la salud, somos nosotros los que trabajamos de manera directa con los agrotóxicos, y también lo hacemos por los consumidores, que si analizaran lo que comen, en muchos casos se darían cuenta de que es realmente una locura. En lugar de usar insecticidas muy tóxicos usamos trampas de feromonas, que es como una carpita de papel con el piso engomado, con una cápsula que contiene hormonas femeninas, a la que los machos se acercan pensando que son hembras y se quedan pegados en el piso. Se cuentan y se sacan las capturas y se hace una gráfica, que cuando llega a su punto medio indica que es el momento de aplicar el producto, que no es tóxico, por eso hay que ser muy oportuno al aplicarlo, porque sólo mata las larvas. Con el tiempo le fuimos agarrando la mano y ahora ya no es necesario ver las trampas, porque cuando las mariposas comunes, esas amarillitas y naranjas, empiezan a revolotear, es señal de que las larvas están”.