Bonavía por cuatro

Proyecto intepretativo: Me parece un error político, da la impresión de que el FA no se toma en serio los resultados de un recurso que es de los más democráticos. No me gusta esa imagen de una izquierda más iluminada que el resto. Emergencia carcelaria: No sé hasta qué punto está en la sensibilidad de la gente de la izquierda que los presos tienen derechos y que necesitan recuperarse. No todos los izquierdistas piensan que quienes delinquen se hacen más daño a sí mismos que a las víctimas del momento. La izquierda necesita ampliar su concepto de derechos humanos. Baja de la edad de la imputabilidad: No sirve para nada. Es una forma de estigmatizar y cae sobre la juventud, uno de los sectores más vulnerables de la sociedad, una responsabilidad que no les corresponde. Es evidente que la intencionalidad política es el factor desencadenante de todo esto. Iglesia y dictadura: Algunos historiadores afirman que después del Partido Comunista la institución que más resistió la dictadura fue la Iglesia. Las parroquias albergaron a muchos perseguidos y hubo gente que se la jugó de verdad.

-Las denuncias por abusos sexuales contra menores reflejaron una postura de falta de autocrítica de la Iglesia Católica. ¿Cuál es su evaluación?

-Es un caso interesante, porque estas denuncias llamaron tanto la atención, dentro y fuera de la Iglesia, que por un tiempo provocó que la institución quedara paralizada. Hubo intentos por minimizar los hechos y después la realidad nos mostró que habían pasado cosas. El problema es que la respuesta, durante mucho tiempo, estuvo más preocupada en no desprestigiar a la Iglesia que en defender los derechos de las víctimas. Los cristianos que adoramos a una víctima, que fue Jesús, deberíamos ser capaces de asumir la perspectiva de la víctima antes que cualquier otra. No en vano, algunos teólogos hablan de la autoridad de las víctimas, que no tiene que ver con sus valores morales, sino con el simple hecho de ser víctimas, que les da una autoridad moral especial. Los estadounidenses hablan de accountability, que es la responsabilidad de dar cuentas de lo que hago y que esas víctimas tienen derecho a que yo les dé cuenta de lo que hago, sobre todo si tengo cierta autoridad.

-Las dos cosas. A mucha gente le interesa que la Iglesia aparezca como conservadora y la Iglesia está en un momento en el que toda la perspectiva del Concilio del Vaticano (en la década del 60) está un poco diluida, por cierto desconcierto frente a los cambios que vive el mundo. Hay que decir que, independientemente de nuestras posiciones, temas como el matrimonio igualitario no se planteaban hace 20 años. No hay que olvidar que la Iglesia es una institución con 2.000 años y tarda en dar respuestas lo suficientemente discernidas frente a cosas que pasan muy rápido. La Iglesia debería, manteniendo incluso sus concepciones de la “cultura de la vida” en cualquiera de sus hipótesis, tener una postura más dialogante y menos enjuiciadora de la otra parte; de esa manera lograría ser más aceptada. El problema es cuando sólo se intenta adjudicarles intencionalidades o antivalores a los otros.

-Usted señalaba en un artículo que Jesús siempre se colocó del lado de los excluidos del sistema. ¿La Iglesia Católica hoy puede definirse a sí misma como escudo de los débiles?

-Muchas veces sí. Lo que pasa es que la imagen hacia afuera de la Iglesia coincide con las intervenciones puntuales de sus autoridades, pero es muy diferente a lo que pasa en muchos barrios. Y no hablo de un monopolio de nada, sino de gente que está todos los días en las cárceles, en las policlínicas y que tiene sensibilidad con los más castigados. Una cosa es decir que la Iglesia comparte el sudor del día a día con la gente, y otra diferente es cuando una autoridad determinada habla a través del poderío de los medios de comunicación.

-¿Cuáles son los actores más vulnerables en la sociedad uruguaya de hoy?

-Podría sintetizarse en todos los que tienen problemas de ingresar al mercado del trabajo. Pienso en alguien que tiene 18 años, que es adicto a la pasta base, que no terminó la escuela y que viene de una tercera generación de personas sin hábitos de trabajo.

-¿Cómo vivió La Cruz de Carrasco los procedimientos de hace una semana?

-A la parroquia llegaba gente aterrada de sus casas. Muchos niños llegaban a sus casas y se enteraban de que a papá lo habían mandado preso, de repente porque no tenía documentos. No creo que sean las formas más eficaces, hay que instrumentar mecanismos de inteligencia y no estos procedimientos. Estigmatizan un barrio entero, se llevan a gente que no tiene nada que ver. La conclusión que saco tras los resultados es que vivo en el mejor barrio del mundo: desplegaron 300 policías entrando a todas las casas y encontraron un arma en dos días. Otra cosa, después de un operativo como éste es muy difícil ir a pedir un trabajo y decir que sos de La Cruz de Carrasco.

-¿Qué opina del rol de los medios televisivos en episodios como éste?

-Más allá de las filtraciones, hoy el tema es que los informativos te muestran la última parte de la película, pero antes de eso hay una cadena de hechos que no vemos. En la película La Pasión, de Mel Gibson, uno ve dos horas de tortura, sangre y sufrimiento, y termina diciendo “pobre Jesús, que está ahí”. Eso me hace acordar a los noticieros de la televisión, que te muestran la sangre corriendo pero nunca te cuentan qué hay detrás de esos episodios. En la lógica de los informativos, Jesús fue asesinado por dos soldados romanos malísimos y no por una cadena de intereses.

-¿Qué opina del proyecto de matrimonio igualitario?

-Derechos tiene que haber para todos los que se comprometen a vivir establemente como pareja, y estoy en contra de la estigmatización de las opciones que se toman. Tengo dudas respecto a si llamarlo “matrimonio”, por el riesgo de igualar situaciones que son diferentes. No es lo mismo una pareja que puede llegar a engendrar hijos que una que no puede hacerlo. En el caso de la adopción, también tengo mis preguntas: no es lo mismo tener dos padres del mismo sexo que padres de sexos distintos. Algunos afirman que no tiene ningún efecto sobre el niño, estoy dispuesto a conversarlo, pero hoy no lo sé. La realidad siempre es más compleja, pero a veces para dar un salto se pone en igualdad de condiciones dos realidades que no son idénticas, aunque ambas me merecen total respeto.

-¿Y sobre el de despenalización del aborto?

-No me gusta cuando la Iglesia les adjudica a los partidarios de la despenalización que estén a favor del aborto. El aborto siempre es una tragedia. Para mí el énfasis de esto tiene que ser no estigmatizar a la mujer, teniendo en cuenta las situaciones de desigualdad sanitaria y económica que existen. Y acompañar a la mujer que tiene intenciones de abortar, ofreciéndole las herramientas posibles a nivel social para que no lo haga. Pondría más énfasis en eso que en la penalización, pero también creo en los derecho del niño no nacido, que resulta ser el actor más débil en esto. En ningún caso estoy de acuerdo en que caiga toda la culpabilidad en una madre que en un momento de desesperación hace algo que no hubiera querido hacer, y que lo hace en circunstancias muy jorobadas. Pero cuando se dice que la eliminación de un niño en el vientre de la madre no es delito se está tocando un punto complicado. Todo es discutible y me parece legítimo que haya gente que considera que la mejor forma de defender la vida sea la despenalización.

-¿En algún momento sus diferencias con la Iglesia hicieron que se sintiera fuera del colectivo?

-Puede ser que sí. Me pasó algo parecido con la postura frente a los casos de pedofilia, también con la situación de la comunidad Jerusalén [vinculada al sacerdote Adolfo Antelo]. Con la Iglesia pasa lo mismo que con una pareja, querer a alguien es también asumirlo con sus limitaciones y sus errores. Y uno termina siempre poniendo cosas en la balanza, y las veces que lo hice decidí seguir. Para mí criticar a la Iglesia también es una forma de quererla.