Me acuerdo de que en 2004 los trabajadores más combativos se movilizaban para lograr la extensión de los jornales solidarios -eran 15 jornales al mes, de 80 pesos por día- y un año y medio después pasaron a ser pequeños productores. Primero fue el campo Placeres, en 2006, y después la Colonia Sendic, en 2009. ¿Cómo fue ese cambio?

-La crisis fue terrible y profunda. Los trabajadores de Bella Unión conocieron el hambre. El que no se fue de Bella Unión fue porque quedó varado, como [Hernán] Cortés cuando quemó las naves en México. Hay gente que vino en el período de auge de Bella Unión y liquidó todo lo que tenía en Salto o en Artigas, y se radicó acá. Y claro, pasamos de una situación de hambre, en la que nos servía cobrar 80 pesos por día, a tener un pedazo de tierra para gestionar y administrar. Los trabajadores se enfrentaron con una situación totalmente distinta al pasar de ser trabajadores dependientes a gestionar un emprendimiento productivo. No es tan fácil; es un salto realmente grande. Con respecto a esto, me parece importante la discusión con otros sectores, incluso con actores políticos. Una discusión programática más de largo plazo, porque si en aquel momento fuimos capaces de proponer a partir de la experiencia de resistencia a la crisis, podemos hacerlo ahora.

-¿Eso se está logrando?

-Hay dificultades en eso de pensarnos para adelante, de ver qué nos pasa cuando metemos compañeros en la tierra. Los compañeros muchas veces empiezan a actuar como patrones, y en lo económico los emprendimientos muchas veces están fracasando, no sólo por las políticas que se aplican sino también por responsabilidad de los compañeros, de los trabajadores que han accedido a la tierra. Es fundamental la cooperación; si los compañeros quieren individualmente salir adelante, están fritos. El modelo no está orientado a proteger la propiedad chica o mediana, está para lo grande. El agronegocio es una aplanadora, y el modelo económico que se aplica en el país no está en función de la pequeña ni de la mediana propiedad.

-En la UTAA siempre hubo una cultura de discutir y de pensar estratégicamente.

-De pensar y de hacer. Y de sacar a la gente de una situación de penuria, que es la gran fortaleza de la UTAA; de lo contrario, habría desaparecido. Hay que seguir llamando gente que quiera militar, dándole participación. Eso es lo que permitió que el sindicato sobreviviera con el correr del tiempo. Ahora hay más estabilidad, pero no hace muchos años, el peludo estaba hoy acá, mañana en Punta del Este trabajando en la construcción, o en Salto en la naranja, o en Paysandú, o por el sur con la fruta.

-El proyecto sucroalcoholero de Alcoholes del Uruguay (Alur) permitió que la gente se asentara nuevamente en Bella Unión.

-Les dio estabilidad a los trabajadores permanentes de fábrica, con un jornal aceptable. Pero los peludos, los trabajadores permanentes de la caña en el medio rural, que son jornaleros que trabajan todo el año, siguen estando verdaderamente sumergidos. En los últimos convenios desde que vino Alur, siempre hemos tratado de privilegiar al trabajador permanente con un aumento diferencial de uno o dos puntos por encima del zafrero. El zafrero, con mucho más esfuerzo, por cierto, sacaba un jornal aceptable; eso se ha hido mejorando. Pero el jornalero no llega a 10.000 pesos líquidos, trabaja todo el año y hace posible la zafra. Es una cosa que no puede ser. Se trata de una tarea sacrificada, ya que las condiciones en las plantaciones no son buenas, son un montón de horas que el trabajador está fuera de su casa, y hay que tener en cuenta las condiciones climáticas de Bella Unión, que en verano son complicadas. A eso se suma el tema de riego, y la aplicación de herbicidas y agroquímicos sin tomar ningún cuidado.

-¿A qué equipamiento acceden los trabajadores? He visto a algunos aplicando productos, y de repente se ponen un equipo de agua y una máscara, pero si les parece que el viento no les está tirando se sacan la máscara porque se mueren de calor.

-Falta difusión del decreto 321, de salud laboral. Ahora tenemos el desafío que nos planteó Walter Migliónico, del departamento de Salud Laboral del PIT-CNT, para dar mayor difusión a ese decreto. El riesgo de los trabajadores por aplicación de agrotóxicos es realmente serio, no sólo en las chacras de caña y en los invernaderos, también en el arroz, que si no lo tenemos acá lo tenemos del otro lado del río Cuareim y llega volando.

-Volviendo al proyecto de Alur, ¿cuál es tu balance?

-Hay una cuestión que no puede ser ni blanco ni negro: Alur tiene miles de defectos, pero salvó a Bella Unión. Igualmente, tenemos que asumir que no le va a dar trabajo a toda la ciudad. No puede. Discutamos cómo creamos empleo. Una de las propuestas de los sindicatos a la dirección de Alur, luego de un conflicto que hubo en Agroalur en marzo de este año, fue crear una comisión que estudie políticas de empleo; no funcionó mucho, pero es una iniciativa interesante. Sería importante que el Estado, que de alguna manera es Alur, asuma una acción propositiva. Esto de Calvinor (que está en proceso de cooperativización) deberían pelearlo con uñas y dientes los trabajadores para quedarse con la empresa, pero también el Estado debería darles el respaldo necesario para que el emprendimiento pueda funcionar.

-El Centro de Formación ha jugado un papel importante, por intermedio de compañeros que están en Colonia España. En el caso del sindicato, sobre todo en la Colonia Raúl Sendic, veo que hay aportes contradictorios. Yo lo hablo siempre en las reuniones y a veces no les gusta mucho: hay que meter lomo. Vos no podés derivar trabajo que podés hacer, porque tu ingreso depende de tu trabajo. Muchas veces los compañeros tienen un rol de capataces, en el sentido de que ordenan las tareas y no laburan concretamente. Creo que ése es un tema; un temún, te diría. Es que no pueden perder la calidad de trabajadores mientras hay otros que siguen siendo los mismos peludos de siempre, laburantes. La acción del sindicato es contradictoria, porque fue el soporte para conseguir la tierra. Se supone que son todos compañeros, y en parte se los sigue considerando parte del sindicato, pero a veces tienen que tratarlos como si fueran patrones, exigiéndoles que cumplan con el convenio y que no negreen a los trabajadores. La otra vez, me contó un compañero que estaba charlando con uno de los colonos y que le dijo: “Voy a ir a ver a mis negritos”, en alusión a los que estaban cortando caña. Y uno de los negritos era su hijo. En algunos aspectos el rol cambió, pero no para mejorar.

-Quienes van a ser colonos no deberían olvidar su origen.

-Es una lucha ideológica. La cooperativa debe ser realmente una idea solidaria de trabajadores. El problema es que en el entorno social y político no se encuentra equivalencia, entonces es una pelea en solitario. Tenés el entorno de la sociedad, que está permanentemente trabajando sobre la cabeza de los compañeros mediante la propaganda, al ofrecerte consumo, y en toda una cantidad de cosas. No es fácil pelearla en medio de un modelo de "hacé la tuya".

-¿Qué falta para que los trabajadores se involucren más con el Centro de Formación?

-Que entiendan por qué es necesaria la formación, que no sabemos todo y que tenemos que aprender permanentemente, que tenemos que saber en qué mundo nos movemos. A veces eso falta. Es difícil que los compañeros en el sindicato puedan transmitir esa necesidad en forma constante. Pero todo está en construcción, no hay nada que esté terminado, nada que sea perfecto. Es importante transmitir que sos dueño de algo, pero no en el sentido capitalista.

-En el último campamento hubo delegados del Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil y del Mocase de Santiago del Estero. ¿Cómo funciona ese intercambio?

-La otra vez fueron unos compañeros y recorrieron distintos asentamientos del MST. La gente viene muy impresionada. Después tenés que transferir eso a tu realidad concreta, y ahí es cuando necesitás más ayuda y estímulo. Porque el MST también tiene contradicciones, y no es que sea la sociedad del futuro, pero tiene ejemplos de lucha que realmente impactan. Sobre todo, tiene algo muy importante: una cosa es ser asalariado rural y otra cosa es provenir del campesinado. Tanto el MST como el Mocase tienen otra relación con la tierra.

-En todos estos proyectos vinculados a la UTAA, ¿cuánto ves del viejo Raúl Sendic?

-Hay bastante. La consigna de la lucha por la tierra fue una idea de él, hay que reconocerle la paternidad. Me acuerdo de que Raúl me decía, allá por 1963, que estaban las tierras al lado de la estancias de Silva y Rosas. Son casi salvajes. Los peludos hacían campamentos cuando faltaba trabajo, se metían en los montes y subsistían de lo que carneaban. Ahí empieza la idea de expropiar esas tierras. Las ideas que planteó Raúl sobre la tierra y el cooperativismo, y que después el Flaco [Jorge] Zabalza rescata en su libro, permitieron que el sindicato mantuviera esa consigna a lo largo de mucho tiempo. Cuando volví a Bella Unión, en 1985, eran muy pocos los compañeros que se ocupaban del tema de la tierra, pero había un compañero de la UTAA, Lucio, que nos decía: "¿Y la tierrita, compañero?”, porque le había quedado en la cabeza de aquellas luchas anteriores. El pensamiento y la práctica de Raúl están presentes. Meter el tema de la tierra en un sindicato rural no era sencillo. Aunque había más cultura política que ahora en estos sectores rurales, había un núcleo de militantes socialistas y te encontrabas también comunistas. Me acuerdo de asambleas, metidos en Calpica, en un campamento abajo del monte, en un fogón, y un militante del Partido Comunista hablando del imperialismo. No se adaptaba mucho, porque la gente estaba reunida porque no le habían pagado, pero se daban esos fenómenos. Hoy hay mucha más información, pero la gente no la puede procesar porque no tiene los elementos.

-De todas maneras, parece meritorio lo de la UTAA, porque está en varios frentes a la vez: la reinvindicación salarial, la lucha por mejores condiciones de trabajo, demandas de tierra, ser motor y ejemplo para otros asalariados...

-La UTAA es impresionante. Tal vez le falte infraestructura para aprovechar todos esos espacios que se ha ganado legítimamente, porque ha sido uno de los pocos sindicatos en el país que han sido capaces de darles respuestas a los trabajadores en las situaciones más jodidas. En las crisis salió a pelear por tierra, y ése es un mérito histórico de la UTAA. Y sigue siendo un sindicato de los pobres, porque el que no está organizado y necesita apoyo, hasta para las cosas más inverosímiles, lo va a buscar ahí.