Queridos alumnos, comienza el último grado de vuestra vida escolar. Son totalmente entendibles los nervios y las ansiedades que se pueden generar en este día, por eso propongo una pequeña reflexión que nos ayude a conocernos y a preparar el año.

¿Para qué estamos en la escuela?

En la escuela estamos para aprender. Niños y maestros. Claro, aprendemos cosas diferentes. Si yo, con 41 años de edad y 16 de docente, estuviera aprendiendo la misma gramática, historia o matemática que ustedes, demostraría una gran irresponsabilidad, y se darían cuenta enseguida del engaño.

Para pensar nuestro trabajo, les propongo imaginar dos tipos centrales de aprendizajes. Por un lado, aquellos que son básicos, elementales y que ustedes deben y pueden dominar en forma competente. Saber automáticamente las tablas de multiplicar, calcular porcentajes, escribir sin grandes errores ortográficos o comprender ampliamente cualquier texto, son saberes elementales que luego de ocho años en las aulas (comenzaron con cuatro años), deberían manejar ampliamente. Si así no fuera, escuelas y maestros les habríamos robado mucho tiempo. Muchísimo tiempo.

Por otro lado, hay otros saberes, en parte basados en los anteriores y en parte originales, que son imposibles de prever antes de conocernos. Surgirán del encuentro irrepetible, de la pregunta potente, del deseo irrefrenable de habitar y crear nuevos mundos. Son los que nos llevarán a trabajar en equipos, a construir proyectos de estudio en los que se aborden temas relevantes para vuestra vida actual, a debatir y a argumentar en torno a ideas y a propuestas en las que crean, a conocer el mundo que nos rodea más allá de lo cotidiano o urgente, a exponer para mostrar nuestro trabajo, a construir para sentirnos un poco más humanos.

En estas actividades, el límite entre maestro y alumno se hace difuso, casi como que se esfuma. El taller, la salida de campo, el debate, toman vida en la clase, y la escuela se parece más a un lugar donde se generan encuentros, se respetan los tiempos de cada uno y se formulan nuevas preguntas, que quizá no tengan respuestas.

Desde ya, aviso, no me pidan hacer que aprender estos conocimientos, y tantos otros, sea una experiencia siempre divertida o fácil. Soy maestro, no mago ni diseñador de juegos de computadora; mucho menos, animador infantil. Pero lo que tengo claro, queridos alumnos, es que dominar estos saberes, ganar en disciplina y sistematización, gozar del esfuerzo que amplía el horizonte cultural, siempre nos ayuda a formarnos y a crecer.

Pero aparte de aprender, a la escuela también venimos a convivir. A vivir con otros, en parte iguales a cada uno de nosotros, pero sobre todo, diferentes. Queridos alumnos, yo no haría bien mi trabajo si no tratara de ayudarlos a entender que la escuela no es el patio de casa, ni la placita de la esquina. Aquí hay otras reglas, más parecidas a las que existen en toda la sociedad, en la que se debe habitar no sólo con las personas que nos agradan, sino que a la vez que hacemos respetar nuestro lugar, aprendemos a estar con quienes, en principio, nos puede parecer que no queremos estar.

Integrarnos con las personas que queremos, que hablan como nosotros, que tienen nuestras mismas creencias o nos son familiares es algo relativamente fácil. El desafío es poder estar con quienes nos generan intriga, nos son lejanos o no conocemos. La maravilla de la escuela pública es que en ella ustedes tienen más posibilidades que en ningún otro lado de vivir en su propia piel la experiencia de estar en esta sociedad. Trabajemos en pensar a los otros como una oportunidad de encuentro, y no como una amenaza.

Y por último, apostemos a que en este espacio puedan vivir su niñez. La escuela tiene sentido cuando está llena de niños. Que preguntan, que discuten, que corren, que se enamoran, que extrañan a sus abuelos, que prueban ir un poco más allá de los límites.

Nuestra tarea, queridos niños, es cuidarlos, decirles muchas veces que “no”: no se pega, no se delata, no se haraganea, no se pasa por arriba a los más pequeños ni a los más débiles. Pero también, decirles un montón de veces “sí”: sí, te tenés que animar; sí, te podés equivocar; sí, hay que discutir; sí, es posible imaginar. Vamos juntos, yo los acompaño, en este viaje no están solos.

Por hoy ya les di suficiente lata. Bienvenidos a sexto año. Para mí es un maravilloso honor ser vuestro maestro.