-¿Por qué es importante la divulgación científica y cuáles son las mayores dificultades que enfrenta en Uruguay?

AV: -Es importante divulgar por varias razones. Nosotros convivimos con esa imagen de la que hablábamos, de que la ciencia se suele hacer a puertas cerradas y de que el ciudadano conoce muy poco sobre la ciencia que se hace en Uruguay. Lo segundo, en parte, es cierto. Mucha gente no sabe que en Uruguay se investiga a primer nivel y que se hace ciencia de calidad, que se publica en revistas internacionales y que se genera conocimiento propio en áreas importantes para el país. Esto no sólo se desconoce, sino que muchas veces se representa a la ciencia de una forma que nos deja a nosotros en un rol más parecido al de un “asistente técnico” que brinda información específica en determinados temas. Creo que esfuerzos, como esta serie de columnas, sirven para mostrar las tareas que desarrollan estos científicos, desde una perspectiva personal.

BT: -Es importante, además, porque nuestra tarea está financiada con fondos públicos, algo que necesariamente nos obliga a volcar lo que hacemos a la sociedad. La ciencia ahí tiene un rol múltiple, no solamente en transmitir el conocimiento que se genera, sino también por la obligación de que la ciudadanía se apropie de ese conocimiento, y ese diálogo no siempre es fácil; el esfuerzo para que ese acercamiento sea lo más profundo posible siempre es un desafío. Recién hablábamos de los estigmas que existen y que muchas veces refuerzan esa distancia, que necesariamente tenemos que acortar.

AS: -Yo no soy historiadora de las ciencias, ni mucho menos, pero creo que en determinado momento la ciencia fue “endiosada”, al punto de que se llegó a tener una confianza ciega en los científicos. A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX eran vistos como personas que tenían una especie de carta blanca. Todo lo que hacían era indiscutiblemente importante, y no había margen para cuestionamientos. Eso terminó siendo, desde la perspectiva de la gente, una especie de “no voy a entender nunca nada de la actividad que realizás”. Hoy cambiamos completamente de paradigma; toda actividad humana es comunicable y tiene que estar al servicio de la sociedad. Ésos son los factores que hoy jerarquiza y resalta la actividad científica. Ya no se piensa en clave de esconder una fórmula secreta o cosas por el estilo; por el contrario, hoy los científicos necesitamos oportunidades para mostrar lo que hacemos. Necesitamos canales para demostrar que somos personas vocacionales, que estamos comprometidos con la sociedad y que además tenemos la suerte de amar lo que hacemos. Es algo que por suerte está cambiando y nos va acercando. Estamos viendo, y nos alegra, que cuando mostramos nuestro trabajo en actividades de divulgación, el interés del “público”, por llamarlo de alguna manera, es increíble. Hay un interés mucho mayor que el que generalmente se piensa; pienso en actividades como la feria Latitud Ciencias o la Semana del Conocimiento del Cerebro, por mencionar algunas. La participación es masiva y notás que la gente participa con mucha atención, te hacen preguntas excelentes.

-También es importante mostrar qué hace la Facultad de Ciencias pensando en futuros estudiantes universitarios, en liceales que están pensando en qué carrera hacer.

AV: -Muchas de las actividades de divulgación que hacemos apuntan a eso: que los estudiantes sepan qué implica ser científico en Uruguay. Porque muchos no lo saben, y de pronto toman carriles más clásicos. Como somos más “jóvenes” que otras facultades, tenemos que hacer ese trabajo de decir “acá estamos, tenemos nueve licenciaturas en temas de ciencia”. De verdad pensamos que vale la pena, y que se trata de una opción más que viable para elegir en Uruguay.

BT: -Hay un desconocimiento generalizado de que en Uruguay es posible hacer ciencia. Las preguntas de los muchachos que se animan a entrar a la Facultad de Ciencias, en las clases iniciales, siempre son del estilo: ¿Puedo hacer esto acá? ¿Puedo trabajar de esto en Uruguay? ¿Puedo hacer un posgrado, puedo hacer investigación? ¿En qué temas? La respuesta es que sí, que se puede hacer todo eso y en todos los temas. Pero son dudas que tienen aquellos muchachos que se animan a inscribirse: imaginate lo que será en el resto de la población, incluso entre la potencialmente interesada. Tenemos una necesidad de demostrar que en Uruguay se hace ciencia, y que no necesariamente te tenés que ir a otro país si te querés dedicar en serio a hacer ciencia de calidad. Hay una concepción muy arraigada, y errónea, de que la ciencia no es parte de la cultura. Se ve a la ciencia como algo apartado de la cultura, y se piensa que se puede ser una persona culta sin saber nada de ciencias.

-¿Cómo evalúan, en general, el nivel de formación de la Facultad de Ciencias?

AV: La actividad científica y la formación en la Facultad de Ciencias son muy buenas. Es una formación académica: nuestros estudiantes hacen su licenciatura, después su maestría y su doctorado, y se preparan para una vida de investigación, para una vida académica. Eso no quiere decir que no trabajemos en otros tipos de formación, más relacionadas con la actividad profesional. Hay científicos que trabajan en la industria, en empresas, como consultores y técnicos en diversas áreas, pero estamos trabajando en ampliar ese perfil de formación. Hace poco organizamos una Feria de Empleo, a la que vienen empresas para intercambiar ideas con estudiantes y egresados. Tenemos un curso de gerenciamento de empresas y estamos trabajando en formar en habilidades, pensando en el sector productivo; es una de las preocupaciones que tiene este decanato.

BT: -Somos buenos formando científicos, nuestros egresados son muy requeridos, incluso en otras facultades dentro de la Udelar. Formamos investigadores, en un proceso que no termina con el título de grado, porque los títulos de posgrado profundizan la carrera académica. Los investigadores que formamos son buenos resolviendo problemas, saben cómo responder preguntas; creo que ése es nuestro gran valor en la formación. Nos falta cubrir un espectro más amplio de posibilidades laborales de los muchachos, trabajar elementos más vinculados con la gestión. Tenemos que apostar a que los muchachos generen sus propias empresas; en eso hay una falta, en general los científicos somos malos empresarios.

AS: La Facultad de Ciencias fue la gran protagonista del desarrollo científico en Uruguay de los últimos 25 años. Nació en un momento histórico propicio para ese desarrollo, apenas unos años después del surgimiento del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (Pedeciba), que arrancó en 1986. Se consolidó, entre ambas, una estructura que, por primera vez, le dio soporte al desarrollo científico, con la altura y las reglas vigentes a nivel internacional. Eso significó un salto cualitativo, que arrancó con paso tembloroso, que se fue afirmando y que hoy está en un nivel de egresados importante, con un Sistema Nacional de Investigadores (SNI) ya formalizado, que surge de ese binomio entre la Facultad de Ciencias y el Pedeciba. Ahí está el brote inicial.

BT: -Durante la dictadura, la mayoría de los docentes y científicos se fue del país. La producción científica durante ese período fue escasa; los pocos embriones de ciencia que quedaron en Uruguay hicieron lo que pudieron en ese momento, sin inversión ni masa crítica. Después, ya en democracia, se empezó a generar algo a partir de esa convergencia entre la gente que había estado afuera y volvía y los que se quedaron. A partir de eso, la Facultad y el Pedeciba se dieron formas nuevas, y eso permitió no quedar atados a un modelo de cómo hacer las cosas. Fue un proceso que se caracterizó por la frescura, que generó mucho entusiasmo, a pesar de las dudas de cómo iba a funcionar. Aportó mucho ese “viento en la camiseta” que se vivía por la salida democrática.

AS: -El hecho de ser un servicio universitario nuevo permitió conducir y adoptar reglas más acordes a los estándares internacionales de esa época. No tenía el lastre de la historia, tenía todo para innovar. Otra cosa vinculada con la calidad es que los científicos estamos muy acostumbrados a la competencia. Es un medio competitivo como pocos, y estamos siendo constantemente evaluados; es decir, nuestros cargos siempre están en juego. Por ejemplo, los cargos de un investigador de la Facultad de Ciencias se renuevan en base a su producción científica. Su pertenencia al SNI se acepta en base a una determinada calidad base de su producción científica, y se mantiene si esa calidad se mantiene. Esto es competitivo en serio, no es que entramos y salimos de cualquier manera. Para mantenerse como investigador activo se requiere mucho esfuerzo y una verdadera producción de conocimiento.

-¿Cómo se hace tangible esa producción de conocimiento?

BT: -Principalmente por medio de publicaciones científicas. Hay que tener un proyecto, formular las preguntas adecuadas y responderlas desde diferentes abordajes, experimentales y teóricos. Esas revistas tienen otros investigadores que hacen una revisión de la propuesta y consideran si tiene la calidad suficiente como para ser publicada. Nunca te dicen que lo que mandaste está perfecto, sino que en general lo devuelven para marcar qué cosas le faltan en caso de que vaya a salir publicado. También pasa que te dicen que no es publicable; por eso nuestra actividad requiere un verdadero entrenamiento en materia de tolerancia a las frustraciones. Y esto es algo que nos reconfigura bastante, tenemos que estar siempre repensando nuestra tarea a partir de esas sugerencias que nos hacen, convivimos con esas “cachetadas” de las miradas externas.

-¿Y a ese nivel internacional cómo está actualmente la producción científica uruguaya?

AS: -Por suerte, nuestra comunidad científica está organizada de una manera absolutamente estricta y seria, siguiendo los cánones internacionales. Para eso, cuando nos presentamos a estas evaluaciones generalmente nos evalúan científicos del exterior, para ratificar que podemos estar trabajando a ese nivel de actividad. Tenemos grados, que a su vez nos obligan a determinados estándares de producción y de formación de recursos humanos, una actividad central de la academia. En este momento, las estructuras están armadas de manera sólida y son funcionales, pero nuestro principal problema sigue siendo el aporte presupuestal. El crecimiento del sistema de investigadores implica la formación de nuevos recursos humanos, y esto es clave, porque Uruguay necesita más científicos de los que tiene. Esos científicos deben tener cabida en el sistema, en los servicios, en la Udelar, en otras universidades; y hay que pensar que las posibilidades laborales para estos recursos humanos son importantes para el desarrollo de este país. Además, hablamos de recursos humanos en educación terciaria que son caros para el país: son carreras que llevan entre 12 y 14 años de formación, pagadas por el Estado.

BT: -Es importante remarcar esa idea de que Uruguay necesita más científicos. Los que tenemos no alcanzan, y a los que ya tenemos hay que garantizarles mejores condiciones de inserción. Eso parece una contradicción, pero en realidad el desarrollo del país requiere más cantidad de gente trabajando en ciencias. Son decisiones que hay que tomar: creo que el aporte presupuestal implica también una visión de cuál es el país que queremos; para nosotros queda claro, el desarrollo del país, por la época en la que vivimos, depende mucho de su desarrollo científico. En cuanto a cómo está la ciencia uruguaya en relación a esos estándares internacionales, me animo a decir que estamos muy bien y que obviamente podemos estar mejor. La producción científica en Uruguay, en los últimos diez años, ha aumentado exponencialmente, y los números lo demuestran, no es una percepción subjetiva. Estamos en un país en el que, afortunadamente, hay una producción científica destacada y reconocida a nivel internacional. Que quede claro, no nos conformamos con eso: apostamos a que la ciencia tenga un mayor impacto en la sociedad.

-Da la impresión de que el vínculo entre desarrollo científico y producción es más fluido de lo que pensamos. ¿En esto también pesan los estigmas?

BT: -Creo que sí, que el vínculo es mucho más fluido de lo que muchos piensan. Lo enmarcaría en una discusión que, si bien está saldada, podría estar pesando, que es la distinción entre ciencia básica y ciencia aplicada. Mucha gente tiende a relacionar a la ciencia básica con esos dementes que están todo el día en el laboratorio, estudiando cosas que sólo les interesan a ellos. Es la imagen del científico caprichoso. Pero en realidad hoy cualquier producción de conocimiento es valiosa en sí misma. Puede tener una aplicación inmediata para solucionar un problema o puede ser el camino para, en determinado momento, resolver ese problema. Ese camino es intrincado, es laberíntico; nunca sabemos cuando ese capricho descolgado, esa cosa insólita que se le ocurrió investigar a un científico, puede llegar a tener una base de conocimiento que pueda aplicarse a un problema concreto; por eso digo que esa distinción entre ciencia básica y ciencia aplicada ya está saldada hace tiempo.

AS: -Estamos en la sociedad del conocimiento. La creación de conocimiento es reconocida a nivel mundial como uno de los activos más valiosos, esa discusión está saldada. El impacto que pueda tener es, sin dudas, algo emergente que no podemos prever.

AV: -Es algo sumamente dinámico, y los temas van cambiando. Hace unos años, un geólogo en Uruguay tenía un campo laboral limitado; hoy 100% de nuestros egresados en Geología tienen trabajo. Es más, tenemos problemas para conseguir docentes, en una carrera que es relativamente nueva; es un ejemplo claro de una relación fluida entre el sector privado y la academia. Lo mismo pasa con carreras más nuevas, como Ciencias de la Atmósfera, que tiene un vínculo fluido con el campo de la meteorología, o Física Médica. De manera permanente surgen necesidades y eso genera una disyuntiva. ¿Qué hay que colocar antes? ¿Formamos primero a la gente para cuando vengan las empresas a instalarse al país? ¿O hacemos al revés, con el riesgo de que cuando vengan las empresas no tengamos los recursos humanos suficientes? Son debates clave.

AS: -Eso que dice Ana es paradigmático. Hasta hace poco la geología era vista como una disciplina anticuada; sin embargo, en un momento explotó, y hoy tenemos una matrícula importante de estudiantes que quieren ser geólogos, que supera la de otras disciplinas que hasta ahora eran más “taquilleras”.

BT: -En ese caso puntual, los estudiantes consiguen trabajo antes de completar su formación de grado. Y nos está pasando que muchos chiquilines no terminan su formación porque consiguen trabajo antes, bien remunerado, además. Lo mismo pasa en el campo de la biotecnología. Hace unos años, era impensable que Uruguay pudiera tener soluciones biotecnológicas para problemas concretos; hoy en día tenemos una maestría y un posgrado en Biotecnología en la Facultad de Ciencias.

-Un énfasis que hicieron en el llamado para estas 25 columnas tiene que ver con el aporte científico a la vida cotidiana. ¿Por qué ese énfasis y cómo estamos en ese terreno?

AV: -Es algo que tiene que ver directamente con el ejercicio de la ciudadanía y con las decisiones que tomamos todos los días. Que la genta acceda a determinados conocimientos es útil para tomar decisiones. Desde qué cremas o protectores solares conviene usar sabiendo cuáles son sus componentes, hasta qué alimentos me conviene consumir, algo que, por ejemplo, está muy relacionado con el debate sobre los transgénicos. En definitiva, hay innumerables decisiones, que tomamos todos los días, que tienen que ver con ese conocimiento. Por eso insistimos en que la ciencia debe entenderse como parte de la cultura y de la formación cultural de cualquier ciudadano. No tiene que verse como algo externo a la formación que podemos tener en literatura, historia, geografía o política, no; es todo parte de una misma cosa.

AS: -Todos nosotros, sin ser expertos en tecnología informática o telecomunicaciones, somos usuarios relativamente cultos de computadoras, celulares inteligentes y otros artefactos. Eso es ciencia también; porque detrás de cada aparato hay innovación y desarrollo científico. Y en todos los aspectos de la vida encontramos casos de ese tipo; detrás de cosas que no parecen relacionadas con el desarrollo científico termina habiendo ciencia. La relación entre medicina y ciencia, que es un asunto muy intrincado, es otro ejemplo claro: en cada medicamento que tomamos hay desarrollo científico. O cuando tomamos la opción de seguir un tratamiento en lugar de otro; el médico es el que te recomienda un alternativa, pero vinculado con eso hay todo otro desarrollo de investigación.

-Otro énfasis que pusieron tiene que ver con el rol del científico como “ciudadano comprometido”. Da la impresión de que una parte de eso también tiene que ver con la divulgación y la docencia.

AV: -Es importante que el científico se comprometa como ciudadano y también que el ciudadano pueda verse como científico. Es la otra cara de la moneda. Lo digo porque hay temas que tienen un alto componente científico, pero que también tienen otras dimensiones. Pienso, por ejemplo, en la energía nuclear y la minería, que tienen un contenido científico muy fuerte, pero que también tienen otras dimensiones, que tienen que ser consideradas por la gente para tomar mejores decisiones. No son temas para que resuelvan solamente los políticos y los científicos. La ciudadanía tiene que poder incidir en esas decisiones, y cuanto mayor cultura científica tenga, mejor será su participación en esos debates, y mejores decisiones vamos a tomar como sociedad.

BT: -En todos los temas vinculados con el desarrollo éstos son aspectos clave. Son temas en los que no solamente es válida sino también necesaria la opinión de la ciudadanía. Es una decisión que tiene que estar apoyada en la evidencia del conocimiento científico, pero como una pata más de la información y de los insumos que necesita para decidir.

AS: -El compromiso de quienes decidimos dedicarnos a la ciencia sin duda es importante para la construcción de la ciudadanía. Nosotros tenemos la suerte, o el privilegio, de integrar una comunidad, y me refiero concretamente a la Facultad de Ciencias, que se caracteriza por el espíritu vocacional. Acá si recorrés vas a encontrar gente que está muy convencida de lo que está haciendo. Y ese espíritu te allana el terreno para el compromiso, no sólo con el trabajo sino con el resto de la sociedad. Recién comentabas que el trabajo científico tiene mucho de docencia; eso es tal cual, es una condición inherente. Y que eso pase en una comunidad dentro de la Udelar es fundamental. Acá la docencia es importante en diferentes niveles, no sólo en la clase, también en los laboratorios y en el trabajo en equipo con los estudiantes, con los egresados.

BT: -La Facultad de Ciencias es bastante privilegiada en ese sentido. En primer lugar porque los docentes, en una alta proporción, tenemos régimen de dedicación total, por lo que nuestro lugar de trabajo es la Facultad. Estamos acá todo el tiempo, y eso genera un vínculo muy horizontal con los estudiantes. La interacción cotidiana es muy fluida, porque estamos mucho tiempo juntos. Eso privilegia la función docente, y es algo de lo que nos damos cuenta sólo si lo pensamos, pero que acá está muy naturalizado. Aunque parezca raro, además, el hecho de estar en Malvín Norte también genera un efecto favorable: estamos lejos del ruido céntrico, venimos y nos quedamos acá buena parte del día. Es nuestra comunidad.

Las 25 columnas

[La primera es esta](http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/6/facultad-de-ciencias-los-primeros-25-anos), y la escribió el decano de la Facultad de Ciencias, Juan Cristina. Son 25 columnas de opinión y análisis, que vamos a publicar todos los viernes hasta el 20 de noviembre. Éstos son los temas y autores seleccionados para este ciclo. “El ordenamiento ambiental del territorio; desafíos para Uruguay” (Marcel Achkar) “Los peces que ‘vienen de las nubes’” (Arezo, Berois, García, Gutiérrez, Loureiro) “Un viaje por la matemática” (Armentano y Andreas Matt) “Contaminados, deforestados y represados: ¿cómo reaccionan nuestros ambientes acuáticos?” (Aubriot, Bonilla y Loureiro) “Servicios climáticos para Uruguay. La necesidad y la posibilidad” (Marcelo Barreiro) “Transgénicos” (Marcel Bentancor, Mailen Arleo y Claudio Martínez) “El estudio del polen y sus numerosas aplicaciones” (Ángeles Beri) “El continente Antártico: la mágica habilidad de los productos biotecnológicos” (Susana Castro) “El rol de la ciencia y la cultura” (Julio Fernández) “La biología molecular como arma contra el Mal de Chagas” (Beatriz Garat) “La genómica en Uruguay” (Lessa y Musto) “Nanotecnología: el difícil camino hacia su regulación” (Eduardo Méndez) “¿Por qué se necesitan bacterias y hongos para una agricultura sostenible?” (Adriana Montañez) “Nosotros cambiamos, los virus también” (Pilar Moreno) “¿Hay petróleo en Uruguay?” (Soto y Morales) “Biosensores: un laboratorio en el celular” (Juan Pablo Tosar) “Experiencias tempranas, cuidado parental y desarrollo” (Natalia Uriarte) “Las ciencias del conocimiento: neurociencia, psicología y computación” (Juan Carlos Valle y Leonel Gómez) “La naturaleza física de nuestro fondo oceánico y la determinación del límite exterior de nuestra plataforma continental” (Gerardo Verolavsky) “La física y la música” (Ernesto Blanco) “Ciencia y desarrollo” (Rodrigo Arocena) “El legado de Mario Wschebor” (Ernesto Mordecki) “Facultad de Ciencias, los primeros 25 años” (Juan Cristina, ver página 7) “La Facultad de Ciencias y el futuro” (equipo de la diaria y Día del Futuro).