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Nacional | Viernes 23 • Diciembre • 2016

Perfidia del optimismo

Pasaron ya más de 50 años desde que Hanna Arendt postuló la idea de la “banalidad del mal” para explicar la conducta del criminal de guerra alemán Adolf Eichmann, a cuyo juicio en Tel Aviv había asistido como corresponsal de la revista The New Yorker. Arendt desarrolló la hipótesis de que ciertos funcionarios no son sino engranajes en una máquina de destrucción que no crearon ni dominan, pero a la que sirven con eficacia y compromiso. Oscuros, mediocres, obedientes, los Eichmann de cualquier sistema son funcionales y pueden ser siniestros, pero no son ideólogos ni son, necesariamente, individuos monstruosos desde el punto de vista psíquico o moral. Atribuirles maldad sería, según Arendt, darles un espesor que no tienen.

Por cierto, la hipótesis de la filósofa alemana ha sido discutida, y se ha dicho ya muchas veces que, por mediocre que sea, un funcionario que cumple órdenes brutales siempre sustenta sus actos en una base ideológica, en alguna idea que le permite deshumanizar a sus víctimas o reducirlas a medios para un fin. Sobran las causas heroicas o solemnes que justifican invasiones, dictaduras, abusos y violencias de todo tipo, y por chatas de espíritu que sean las personas que las siguen o las toleran, siempre es posible aislar un telos, un propósito que mínimamente orienta las acciones. (También se ha dicho que la masa no tiene ideología ni sirve a propósito alguno, y es verdad, pero ese es otro asunto).

Lo que quiero mostrar hoy es que así como es posible decir que hay una “banalidad del mal” (y discutirlo), también hay una “maldad de lo banal” que solemos ignorar o despreciar. Fascinados por la idiotez de algunos discursos, por su vacuidad absoluta, por su incombustible vulgaridad, caemos fácilmente en la ingeniosa sentencia de Adolfo Bioy Casares: “El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez”.

Esta misma semana, el diario argentino La Nación informaba sobre “una exposición grabada en video” y “difundida en redes sociales” por el “filósofo Alejandro Rozitchner, uno de los intelectuales vinculados al gobierno de Cambiemos”. Pasando por alto la tentación de agregar comillas a las palabras filósofo e intelectual aplicadas a Rozitchner, vayamos directamente a contar de qué iba la intervención de esta luminaria macrista. Según el asesor del gobierno nacional argentino, la educación debería dejar de inculcar en “los chicos” el pensamiento crítico. Es una idea muy extendida entre los docentes -nos explica Rozitchner- la de que pensar críticamente es útil, bueno y necesario. Persiste entre los dedicados a la enseñanza la idea de que ser capaces de ver “las trampas de la sociedad” hace a los individuos más despiertos, más inteligentes y más capaces de autonomía. Sin embargo, dice Rozitchner, esa creencia no hace sino perjudicar a “los chicos”. Lo importante, insiste, “no es criticar a la sociedad y señalar sus defectos”, sino desarrollar “la capacidad creativa, la invención, la comprensión, el deseo, las ganas”. ¿Por qué? Porque los chicos necesitan ser felices, y para ser felices no tienen que enfocarse en lo que está mal en el mundo, en lo que es injusto, en lo incorrecto, sino más bien orientarse hacia la alegría, la buena onda, la creatividad y el disfrute, porque eso es lo que los va a hacer “capaces y productivos”. Vos ve.

Es muy tentador leer ese discurso cocacola como si fuera sólo eso, sólo una idiotez tilinga llena de invocaciones provenientes de la mala publicidad y la peor autoayuda (Rozitchner se dedica a dar “talleres de entusiasmo”). Como si tomar en serio semejante pamplina, semejante sarta de obviedades, fuera una exageración. Como si algo tan inocultablemente superficial y estúpido no fuera, al mismo tiempo, un programa político, una práctica de gobierno, una vía por la que corre, cada vez más veloz y libre, el tren de la economía de mercado.

También esta semana tuvimos, de nuestro lado del charco, un par de intervenciones públicas de esas que deberían hacernos abrir los ojos. Por un lado, el nuevo líder “de la gente”, el empresario Edgardo Novick, organizó un acto en el que se dio el gusto de encadenar, uno tras otro, todos los lugares comunes que es posible imaginar acerca de cuestiones como la inseguridad, la educación y la “cultura del trabajo”, de afirmar una vez más que él no vino a dividir sino “a sumar” y que hay que hacer algo porque “está todo mal en el país”. Por supuesto, su rosario de frases hechas no es del tipo “lo que mata es la humedad”, aunque esté al mismo nivel de nadería. Él más bien se especializa en mechar, entre pavada y pavada, alguna afirmación como que “hay muchas materias que no sirven más para el estudio y para el trabajo” (sí, no lo dice con la riqueza de un Rozitchner porque, a fin de cuentas, Novick no es filósofo ni intelectual, sino un tipo que se hizo de abajo, un exitoso y trabajador empresario que arrancó cargando cajones en la feria) o que “el futuro de Uruguay está en los servicios” (¿no les suena?) porque “el campo ya no da trabajo”. Y esto último ocurre en parte porque la tecnología desplaza a los peones, pero sobre todo porque “con los dirigentes sindicales y los líos que están provocando, la gente no quiere tener empleados”. Lógico. ¿Por qué tener a un empleado que pretende alimentarse, vestirse, tener techo, sustentar a su familia y, algún día, jubilarse, si podemos elegir no tener nada de eso y aumentar las utilidades? No lo entiende el que no quiere.

Los lugares comunes, las apelaciones a la buena onda y el optimismo, la insistencia en fabricar una moral del mérito y la adaptabilidad no son, aunque nos tiente creerlo, simples pavadas de gurú new age o de pastor pentecostal o de tachero furioso. No son sólo reflexiones de vecina mientras barre la vereda o de anónimo forista de las redes cansado de que los políticos sean una manga de avivados y corruptos del primero al último. Son una idea. Son un sistema de creencias y valores que sirve a un fin: el de aceptar un estado de cosas en el que el éxito es para quien lo merece, el desarrollo es para quien lo busca con ahínco y el fracaso es para todos los que no se prepararon lo suficiente, no se esmeraron lo necesario o no fueron capaces de ocupar los lugares que la despiadada pirámide social les ofrecía.

Por último, un ejemplo de sinergia (siempre había querido decir sinergia; disculpen). El lunes, en una conferencia de prensa conjunta, el ministro de Economía y Finanzas, Danilo Astori, y el representante del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Juan José Taccone, presentaron un balance de la actuación conjunta del BID y el Ministerio de Economía durante el año que termina. Voy a saltearme las cifras y el detalle de los proyectos emprendidos en común, porque lo que me interesa destacar es la línea enunciada por el ministro y que, según él, responde “a estrategias de cooperación que son diseñadas por el BID y el gobierno uruguayo”: “productividad y competitividad”. Con inclusión, claro. La excelencia apunta, para Astori, “al crecimiento inclusivo”.

Se me termina el espacio y algunos se preguntarán qué tiene que ver la canción del optimismo de Rozitchner con la invocación al trabajo de Novick o la estrategia conjunta de productividad y competitividad de Astori y el BID. Y les responderé que, con mejores o peores intenciones, con más o menos franqueza, con más o menos ingenuidad, lo que alienta detrás de esa fantasía del desarrollo, la competencia, el mérito y el crecimiento (y disculpen, pero la inclusión, hasta el momento, no se ha visto reflejada en ningún lado con tanta eficacia como en el sistema bancario) es siempre lo mismo: hay que dejarse de viru viru y prepararse para el mercado. Hay que crecer (o sea: el capital debe crecer), hay que creer (en el mérito, en el derecho inalienable a todo, que sólo se hará efectivo si nos esforzamos y nos adaptamos), hay que parar un poco con eso del pensamiento crítico y la mala onda. Las utopías ya fueron, los débiles no llegan a nada y las construcciones colectivas sólo son útiles si encuentran su lugar en el engranaje productivo sin proponerse cambiarlo.

Algunos podrán decir que toda esa cháchara es tan pánfila, tan chata, tan mezquina que no puede ser tomada sino como idiocia. Esperen y verán.