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Incorrecta | Lunes 02 • Enero • 2017

Los desafíos del feminismo poscolonial en el tercer mundo del sur

“La subjetividad está sustentada en el eros, en el amor, en una relación asimétrica en tanto el Otro que se me revela instaura en mí la responsabilidad hacia él. Este reconocimiento que no está determinado por principios religiosos, sino éticos, puede representar una vía para alcanzar una auténtica convivencia intercultural respetuosa, pacífica y equitativa”. Beatriz de Ita Rubio.

Aún quedan en la plaza las cenizas de hombres miniatura que fueron carbonizados bajo la consigna que clamaba quemar al patriarcado. Las llamas ardían y el feminismo perdía una batalla. Aunque las estrategias de denuncia son diversas, viejos y nuevos feminismos promueven una agenda basada en la emergencia, una agenda contra la violencia extrema hacia las mujeres que impulsa la movilización callejera, la militancia online, la denuncia mediática.

En Uruguay, los asesinatos de mujeres por sus parejas y ex parejas han motivado la movilización y la activación de la “Alerta feminista”, del grupo Feministas en Alerta y en las Calles, una iniciativa de la Coordinadora de Feminismos del Uruguay creada en noviembre de 2014. Al igual que en otros países del continente, miles de personas han marchado, se han leído proclamas, se han confeccionado carteles, se han realizado performances y, para hacer la revolución desde el escritorio, se han utilizado etiquetas de metadatos (hashtags).

Terminamos 2016 con 21 mujeres asesinadas. Todas nos duelen. Pero es inevitable sentir que la indignación que desatan los feminicidios no desborda el territorio ni interpela lo suficiente a los actores estatales y a la población en general. No remueve conciencias; de hecho, las movilizaciones conviven con discursos abiertamente antifeministas, que reducen las demandas de la lucha contra la dominación y la violencia basada en género a “infantiles reivindicaciones de un grupo de lesbianas, de mujeres resentidas”. La referencia al feminismo, a la igualdad de género, a la batalla cultural contra el patriarcado y la violencia sexista es considerada, en diversos sectores, una expresión panfletaria en un contexto en el que se considera superada la “desigualdad entre géneros”.

Este discurso antifeminista que ha ido emergiendo justifica sus opiniones en la resistencia a la corrección política en tanto “lucha civilizatoria [...]. Porque, si permitimos que las limitadas creencias y convicciones de nuestra época gobiernen lo que pensaremos, lo que investigaremos, lo que crearemos y hasta lo que nos hará reír en el futuro, estaremos como sociedad liquidados, congelados en un presente ‘políticamente correcto’ perpetuo, en el que sólo balbucearemos ‘todos y todas’, ‘no discriminación’ y ‘tengo derecho’”. (1)

En nombre de la “batalla civilizatoria contra la corrección política”, se ha bastardeando un movimiento radicalmente revolucionario y emancipador. Ha faltado una discusión más profunda sobre lo que estas ideas producen, un diálogo que busque interpelar, sobre todo, a los intelectuales de izquierda que se sienten agredidos por la retórica de la “democracia sustantiva”.

Pero la confrontación no se reduce únicamente a cómo nos nombramos o a si lo simbólico realmente tiene un impacto en las relaciones desiguales de poder. Sin decirlo explícitamente, algunos de los críticos confunden los grupos identitarios con los grupos de interés. La confusión se debe a que, tal como lo ha señalado Amy Gutmann, “se piensa que los grupos de identidad en sí mismos son grupos que representan reivindicaciones únicamente en términos de identidades particularistas, y no en términos igualitarios”.

Quizá, el punto de partida sería responder si, efectivamente, toda movilización social tiene como correlato intereses sectarios, y no la búsqueda de sociedades más igualitarias, más justas. Si bien la política de grupos identitarios no debilita necesariamente las políticas de redistribución, como han insinuado algunos, resulta fundamental (re)pensar el movimiento feminista desde un lugar menos monolítico y autorreferencial, con una base social más amplia y popular.

Desde los aportes teóricos del feminismo poscolonial, podríamos advertir que en nuestro país prevalece una “retorica salvacionista” (la idea de que hay víctimas a las cuales salvar) que ha debilitado al movimiento; en la interna, lo ha despolitizado y ha disgregado las acciones que nos acercan a los territorios, a las vidas de las mujeres que encarnan y viven las distintas formas de violencia que se denuncian. Hay voces silenciadas, voces no audibles, que ni siquiera el movimiento feminista está escuchando. Mujeres pobres, negras, trans, mestizas, migrantes, lesbianas. Adolescentes y ancianas. Sabríamos mucho más de lo que está pasando en el país si se congregaran movilizaciones que fueran menos reactivas y cuya agenda no estuviera marcada por las filtraciones que hace la Policía a los medios de comunicación para alimentar la crónica roja. Recorrer los territorios, escuchar las voces que también son nuestras no parece hoy una prioridad. Pareciera que allí donde están las mujeres más desprovistas de agencia no llegan los grandes fondos de la cooperación internacional.

Se está abriendo una brecha insalvable entre las mujeres libres que pregonan la defensa de derechos, que denuncian, megáfono en mano, la vida de otras mujeres a las que ni siquiera han escuchado, y esas mujeres silenciadas. Esta brecha también obstruye la posibilidad de problematizar situaciones en que la violencia es reproducida por las mujeres que en algún momento la padecieron, contextos en que la jerarquía de género es reproducida desde la subalternidad (ver recuadro).

Las feministas poscoloniales promueven un cambio de eje de modo que el nuevo articulador del feminismo sean “las diferencias entre mujeres”, y no la ilusión de una opresión común. El feminismo poscolonial está pensando las intersecciones en las que se juega la vida de las mujeres del llamado “tercer mundo”: entre colonialismo, imperialismo y capitalismo global se articulan las diferencias comunes y se elaboran estrategias de identidad colectivas.

Para reconstruir la mirada del feminismo en nuestro país, es necesario hacerlo desde las experiencias de las mujeres “otras”, de las realidades que han sido marginadas y no escuchadas, desde los territorios, desde el punto de sutura del capitalismo globalizado, racista y sexista. En este Uruguay de normativa de avanzada existen miles de mujeres que desarrollan estrategias de supervivencia en los escenarios más adversos, mujeres que sólo son nombradas cuando llegan a la prensa local como cadáveres, como asesinas de bebés, como malas madres, como mercadería que se vende, como “mulas”, como subjetividades bloqueadas.

La propuesta epistemológica y política del llamado “feminismo del tercer mundo del sur” es producir un conocimiento situado y construir una discursiva propia que atienda lo que está pasando en nuestro contexto local sin perder de vista el afuera.

Sumarnos al proyecto teórico-politico autónomo y de giro epistemológico para la comprensión y el análisis de nuestras realidades sociales, que está naciendo en nuestro tercer mundo, es un desafío. El análisis de la subalternidad en Uruguay podría ser un motor de búsqueda, una guía también de resignificación para la agenda de los movimientos sociales, para la elaboración de un programa político que busque redefinir su base de acción.

(1). Sarthou, Hoenir, “Novela Turca”, Indisciplina partidaria, Semanario Voces.

Leer el cuerpo

Rita Segato plantea: “Si desencializamos el género, retirando la biología de su lugar determinante, pero continuamos constatando la jerarquía del género, sólo nos queda la alternativa de intentar identificar modelos explicativos que sustituyan a la biología en la determinación de la universalidad de esa jerarquía. En este sentido, la jerarquía de género es una estructura que es más del ámbito de las instituciones que de los sujetos sociales que transitan por ella, y que forma parte del mapa cognitivo con que estos sujetos operan, antes que de una identidad estable, supuestamente inherente a su constitución. Lejos de ser inherente y determinada de antemano, esa identidad se va imprimiendo en el sujeto como parte del proceso por el cual emerge como un ser social a partir de las identificaciones en que se involucra. En este proceso, la lectura que él realiza de sus propios signos anatómicos lo conducirá a la construcción de una identidad, pero esa lectura o interpretación de esos signos o inscripciones anatómicas, pese a estar informada por la cultura, es siempre en última instancia individual y bastante aleatoria y accidentada”.

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