Algunos tenemos una enorme, incombustible capacidad de negación. Se le pueden dar nombres decorosos (confianza, optimismo, esperanza, fe), pero a fin de cuentas no es más que un recurso ingenuo y tirando a cobarde que nos facilita el tránsito por un mundo en el que cosas malas le pasan a la gente buena. El último ejemplo de esa inclinación a esperar lo mejor contra viento y marea fue el de hace unos días, cuando quisimos creer que la justicia que no habíamos obtenido en Uruguay en más de 30 años se haría realidad, siquiera en parte, del otro lado del océano, en el Aula de la Corte de Asís, en Roma. Habíamos visto escurrirse a Jorge Tróccoli varias veces. Sabíamos que era un provocador, un tipo dispuesto a admitir sus crímenes sin sonrojarse, capaz de meterse en la casa de una mujer que había sido presa y torturada para conversar con ella sin darse a conocer y, finalmente, en una jugada perversa y aterradora, identificarse mediante una tarjeta de visita entregada como al descuido. Un impune, pero un impune sádico y exhibicionista, fatuo, ensoberbecido por la gloria miserable de los abusadores sin castigo.

Sabíamos que Tróccoli se había escapado de la justicia una vez, cuando dejó el país y se afincó en Italia, y otra, cuando un descuido administrativo de la embajada uruguaya evitó su extradición. Sabíamos -¿cómo no saberlo?- que nadie es impune solo. Que nadie se salva sin ayuda. Que si semejante personaje estaba, como tantos otros, haciendo su vida a cara descubierta y sin miedo a las consecuencias se debía, antes que nada, a que una eficaz red de protecciones y salvoconductos le cuidaban la tranquilidad. Pero quisimos creer que esta vez sí; que esta vez, con tantos testimonios, con tantos hechos probados, con tanta información que mostraba, sin género de duda, su participación en los crímenes de que se le acusa, no habría marcha atrás. Que la justicia a la que había escapado en Uruguay lo alcanzaría en Italia. Que finalmente alguien le diría que no, que la impunidad no es para siempre, que acá se hacen y acá se pagan. Los que seguimos el juicio, los que leímos las acusaciones y los testimonios, los que prestamos atención al pedido de la fiscalía y a los argumentos de la defensa teníamos confianza en que habría justicia. Cierta justicia.

Lo cierto es que en Roma no pasó nada que no haya pasado antes en Uruguay, e incluso en otros países de la región en los que también el macabro Plan Cóndor se diluyó entre apelaciones a la cadena de mando, la obediencia debida y el estado de excepción. Muchas concesiones deben hacerse para que tantos criminales gocen del beneficio de la absolución en nombre de la disciplina y la sujeción a las jerarquías. Por lo pronto, es imprescindible entorpecer el camino de la verdad. Es necesario confundir, minar la credibilidad de los testigos, cansar a los investigadores, dejar pasar las amenazas y las provocaciones. Es conveniente introducir la idea de que hay que pensar en la reconciliación porque nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, y porque nunca más debemos enfrentarnos uruguayos contra uruguayos. Es la hora de tomarnos de las manos y avanzar juntos, porque si no remamos todos para el mismo lado no nos vamos a mover, y no hay nada peor, ya se sabe, que estancarse.

Llegado este punto tal vez deberíamos, entonces, hacer un ejercicio crítico. Deberíamos considerar que si ese discurso reconciliado y milenarista es aceptado masivamente es porque todo este asunto de los crímenes de lesa humanidad, los derechos humanos y las consecuencias del terrorismo de Estado se ha desplazado convenientemente hacia el terreno de lo privado y lo subjetivo, hacia la dialéctica de las víctimas y los verdugos, de los hijos o madres o padres, dejando para siempre la cuestión política fuera de la ecuación. Se vuelve más sencillo, así, apelar a cuestiones de índole moral y personal, como el perdón o la reparación, y escapar a lo que tiene de cosa pública todo este asunto. Los desaparecidos, los presos, los torturados, los asesinados, los muertos de la dictadura no son ángeles caídos bajo el hacha del mal, encarnado en botas y uniformes. Son lo que fueron: luchadores que entregaron su vida a un proyecto que trascendía la esfera de lo íntimo y de lo inmediato. Tuvieron la voluntad y el coraje de proponerse cambiar una situación de injusticia y violencia estructurales que está lejos de haber cambiado para mejor. No fueron víctimas al azar (aunque haya habido, claro, víctimas casuales o colaterales): fueron elegidos como víctimas por su participación en la vida política, por su militancia del lado de los más débiles, por su lucha contra la explotación y el abuso, contra la desigualdad y contra la expoliación. Descafeinar su lucha, infantilizarlos en el lugar de hijos o hermanos de Fulano o Mengana, olvidar su compromiso adulto con la causa por la que combatieron es facilitar las cosas para el olvido. Honrarlos requiere tomar sus banderas, hablar en voz alta; exigir, además de memoria, verdad y justicia, que se respete y continúe su lucha. Porque todo lo que los hizo salir a la calle sigue estando ahí, y es cada día más fuerte. Y tiene viento a favor.