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Nacional | Martes 21 • Febrero • 2017

Más de la cuenta

Siete femicidios y una tentativa: ese es el saldo explícito y extremo de la violencia machista en lo que va del año. La expresión máxima, nefasta, de la sociedad patriarcal en la que vivimos se manifestó otra vez ayer, por séptima vez: mataron a balazos a una adolescente de 17 años en el Cerro. Ayer se realizó, como cada vez que hay un femicidio, una Alerta Feminista. Cientos de personas, en su gran mayoría mujeres, se acompañaron y pidieron al unísono que no las maten más, que se quieren “libres y vivas”, no muertas.

Mientras la jueza Annabel Gatto de Souza determinaba el procesamiento con prisión de la pareja y el cuñado de Manuela Stábile en Florida, otra adolescente moría en el Centro Coordinador de Salud del Cerro por las heridas que le dejaron dos tiros, uno que impactó en su mano derecha y otro en el abdomen. Según informó Subrayado, en las últimas horas fueron detenidas varias personas, entre las que se encuentra la ex pareja de la víctima.

Ante los hechos, porque “no se soporta más” la violencia de género, porque cada vez que matan a una mujer por ser mujer “duele”, la Coordinadora de Feminismos convocó a un nuevo encuentro y marcha. Entre los cientos de mujeres que se juntaron para repudiar la violencia machista, estaba Soledad (nombre ficticio), una mujer de 34 años, madre de un hijo de siete, que milita desde hace dos años porque un día prendió la tele y escuchó cómo alguien que no conocía estaba contando su historia. Hekatherina Delgado, miembro de la Coordinadora, estaba contando una historia que se repite entre las muchísimas mujeres que son víctimas de violencia machista, doméstica, y que ayer también se escuchó.

Delgado dijo a la diaria: “Si las mujeres no se empiezan a juntar y a exigir un cambio en la lógica patriarcal y capitalista en la que vivimos, donde la mujer tiene que ser la mártir, la santa, la madre, la virgen, no va a haber cambio posible”. Soledad la escuchó y contactó, ella le dijo “sí, venite a los encuentros”, y así empezó a desatar el nudo, triste, infame, y a contar. “Era una mujer que trabajaba, estudiaba, entrenaba hockey, después una mujer madre, triste, que cumplió con un mandato social y que se tuvo que hacer cargo de cosas impensadas”. Soledad se enganchó con un pibe, a las dos semanas casi que convivían en la casa de ella; a los cuatro meses quedó embarazada, se angustió porque no lo quería tener y él sí. Discutieron, discutían. Decidió tenerlo; a los cuatro meses de embarazo se pelearon, tanto, que él le dejó la casa patas para arriba, y a ella también: la tiró arriba de una bicicleta. El golpe fue tan fuerte que tuvo que llamar a una ambulancia porque pensó que perdía al bebé, las contracciones eran muy fuertes. Trámite médico va, trámite viene, hizo la denuncia por violencia doméstica después, y se mudó de la casa. No supo más nada de él, tuvo al bebé. Dos meses después de nacido, él se apareció, con la cola entre las patas, diciendo que quería hacerse cargo del niño. Acordaron visitas, pero los encontronazos y peleas no menguaron. A los seis meses se apareció con una orden judicial que decía que ahora su hijo se llamaba distinto: tenía el apellido de él, y la Justicia había derivado el caso al Departamento de Asistencia Social, para que el niño pudiera reconstruir el vínculo. Después de los ocho meses, el padre ya podía llevar al nene a la casa. Soledad, gracias a la psicóloga que atiende a su hijo, se enteró, años después, de que su hijo también era víctima de agresiones e insultos. A todo esto el nene tenía, ya, cinco años. “Siendo más chiquito no sabía cómo expresarse, pero ya empezaba a tener actitudes de frustración: no toleraba no aprender a bañarse solo, si se rompía algo, lloraba, es inseguro, miedoso. Por contar una cosa, nomás, para que se entienda hasta dónde puede llegar la violencia: el padre le ponía un reloj para comer, y le decía que si terminaba después de tanto tiempo le daba una paliza. Esa palabra: ‘paliza’. Tenía terror a la luz apagada, y claro, después nos dimos cuenta de que el padre lo dejaba encerrado dos, tres horas, a oscuras”, cuenta Soledad. El año pasado, en junio, el niño llegó a la casa con un tremendo moretón en el brazo. Soledad denunció al padre por segunda vez. Ahora tiene una medida cautelar, que se vence en abril. “Él está cumpliendo la medida, ni yo ni el niño lo vemos, pero eso no quiere decir que no me sienta amenazada. Ahora tengo que pedir una prórroga de la cautelar, llevar el informe del psicólogo, de la maestra, todo. Tengo que remarla y justificarme todo el tiempo, por qué todavía mi hijo no está preparado para vincularse otra vez con él. Yo no sé en qué estado está el tipo, no sé si fue a un psicólogo, qué piensa del asunto, nada. Nadie le pregunta a él si le parece bien esa forma de vida que lleva, si se considera un violento o no. En ningún lado veo un arrepentimiento, ni se lo exigen, algo que diga ‘pah, qué loco que estoy, me voy a ir a recapacitar, y demostrar un cambio’. Pero no, por el contrario, lo que te dice el juez es lo que tenés que cumplir; si no, sos una incumplidora”. Soledad dice, también, que es mejor ir a denunciar directamente al Juzgado de Familia, porque “en la comisaría se ríen de ti, te dicen que estás alteradita, y te mandan para tu casa”.

¿Cuántas mujeres con historias como la de Soledad habrán marchado ayer? ¿Cuántas se quedaron en sus casas? Soledad se sintió identificada con el mensaje de la Coordinadora y salió a reclamar lo que es suyo: el derecho a vivir. Ese, dice María Delia Cúneo, integrante del grupo, es uno de los objetivos primordiales: “Si logramos juntarnos, logramos fortalecernos y entre todas frenar esto. Más allá del cambio profundo necesario en la sociedad, pensamos que si las mujeres empiezan a organizarse pueden empezar a impedir que maten a otras mujeres, por la educación de las hijas, por hablar con la hermana, con la madre, en la escuela”, aseguró. Por eso mismo, este 8 de marzo convocan al Paro Internacional de Mujeres: porque si paramos las mujeres, para el mundo.

“¡Tocan a una, tocan a todas!”.

La misma historia

Manuela Stábile tenía 21 años, un bebé de nueve meses. Su cadáver fue encontrado enterrado en el kilómetro 120 de la ruta 6, el sábado, en Florida. Su pareja, de 20 años, fue procesado con prisión ayer por haber ideado el homicidio, y su cuñado por haber disparado. Manuela vivía con su novio, su cuñado, de 17 años, y la pareja de él, de 19, en una casa cedida por la madre de Manuela. Los hombres empezaron a idear el femicidio luego de haberse ido de caza a Durazno, desde el miércoles 8 al domingo 12 de febrero. Esa noche Manuela y su cuñada fueron a bailar, y al regresar a la casa se encontraron con sus parejas, con las que pelearon. “Las jóvenes fueron insultadas, agredidas, y los hombres les rompieron los celulares”, dice el texto. El martes 14 de febrero, el novio y el cuñado de Manuela permutaron dos motos y un cuatriciclo por un revólver marca Taurus calibre 38. Los jóvenes “pensaron como por una semana” qué hacer, y decidieron matarla el jueves 16 de febrero. La jueza procesó al cuñado de Manuela por un delito de homicidio especialmente agravado en reiteración real, y por un delito de violencia doméstica hacia su novia. La pareja de Manuela fue procesada con prisión por un delito de homicidio especialmente agravado en calidad de coautor.

Hablan sin saber

El presidente de la Suprema Corte de Justicia, Jorge Chediak (quien está a favor de incluir en el Código Penal el femicidio como un agravante más del homicidio), fue entrevistado ayer en Canal 10, donde se refirió al femicidio como un “crimen pasional”. La Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual le contestó: “No son crímenes pasionales, son crímenes de poder. Crímenes producto de la violencia machista. Basta de autoridades ignorantes y desactualizadas en uno de los problemas más graves que afectan a las mujeres uruguayas”. La militante feminista Lilián Abracinskas, presidenta de Mujer y Salud en Uruguay, también manifestó su preocupación en Facebook sobre el tema: “Ninguna autoridad responsable de dar la respuesta que se requiere ha salido a decir nada [...] así no sólo no va enfrentarse como corresponde la gravedad de los feminicidios sino que se perpetuará la indefensión de las mujeres por parte del Estado”.

Por otro lado, Chediak también pidió a “toda mujer que detecte un perfil violento en su pareja o ex pareja” que haga la denuncia en la Policía “desde el primer momento”; de esta forma, entiende, “se pueden tomar las medidas de prevención para que no se llegue a la muerte”, como la colocación de tobilleras electrónicas a los agresores. Sin embargo, el propio Ministerio del Interior reconoció que no todas las denuncias llegan a la Unidad de Violencia Doméstica y de Género, y que “hay fallas” en la gestión de las que sí llegan. Todavía falta reconocer que hay negligencia, y que incluso a algunas denuncias, como las de Soledad, las desestiman.


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