Otra vida irrecuperable. Otro feminicidio que se podría haber prevenido. Otra vez la crónica roja, los detalles del crimen, la vecina que cuenta lo que vio, lo que no vio, el policía que no hizo lo que tenía que hacer, el sistema judicial apelmazado, la mirada perdida de un hombre “común y corriente” que agarró un arma y mató a “su mujer”, la autoridad que no intervino, el Estado que falló.

El “hubiera” queda de nuevo como un surco en nuestras frentes.

En medio del horror, del mórbido espectáculo que desencadena la repetición vacía de los detalles de cada feminicidio, pienso en cómo podemos aferrarnos al amor. Y cómo hacemos para transmitir otro relato a esas generaciones jóvenes que viven o miran las mismas imágenes que nosotros. Pienso en todos esos eslabones que arman la trama de esa violencia despojada y avasalladora.

Soy feminista, lo confieso. Soy única y tan diversa como ombligos hay en el mundo. Pero hay que mirar más allá de nuestro ombligo.

Es cierto que cada vez somos más los hombres y mujeres que elegimos el feminismo como perspectiva para vivir, para construir una comunidad nueva, pero aún hay muchas personas que no entienden las implicaciones que tiene eso de “despatriarcalizarnos” en la vida cotidiana, eso de desnaturalizar las familiaridades admitidas en relación con los roles y estereotipos de género, eso de “matar al macho” que llevamos dentro. Los tiempos exigen otras formas de comunicar, de relacionarnos, de pensarnos en los afectos, en el trabajo, en la forma en que nos narramos, en la forma en que nos amamos, en que habitamos la ciudad, el campo o nuestras contradicciones; en la forma en que resistimos, en que nos oponemos a cualquier forma de dominación y violencia.

La impugnación feminista está en el aire, se respira. No hay vuelta atrás, pero en este momento histórico podemos ver las nuevas resistencias, lo que sucede cuando los modelos antagónicos entran en tensión. Aunque la evidencia nos dé la razón. Aunque el reclamo para parar la violencia sea una aspiración legítima y colectiva, hay quienes viven estos tiempos como un humo asfixiante, irrespirable.

En poco tiempo, los antifeminismos han envalentonado a distintas personas que han desnudado públicamente su odio profundo hacia las mujeres. Son los que nos tachan de “feminazis”, los que nos alientan a un modelo de feminidad que les es funcional a unos pocos, es decir: limpiar la casa, cocinar, pensar poco, callarnos la boca y obedecer, ser muy obedientes. Ante los avances, se aferran al hierro caliente de la violencia, de la ignominia.

Algunos se autodenominan pro vida aunque justifiquen por muchas vías la muerte y la tortura de mujeres jóvenes y pobres. Algunos tienen denuncias por abusos y se autodenominan Todo por Nuestros Hijos. La iglesia Misión Vida, que acumula varias denuncias por maltratos de niñas y niños, está detrás del lobby de Con mis Hijos no te Metas. La hipótesis que defienden, en términos generales, es que hay un grupo de mujeres bastante resentidas e interesadas en supuestos fondos internacionales, que andan “paveando” por las calles y difundiendo la ideología de género.

Algunos referentes locales que dedican tiempo a hablar sobre los perversos efectos de la ideología de género son Hoenir Sarthou, Nacho Álvarez, el Cachete Enrique Espert, el padre Daniel Sturla y el pastor Jorge Márquez. Integran una paleta variopinta, pero comparten el deseo de seducir y confrontar desde la irresponsabilidad, el desconocimiento y la mentira.

Mientras redactaba estas líneas me llegó a un grupo de Whatsapp un audio de una difusora de Soriano en la que se escucha a un tal Cacho Navarro dando una clase magistral sobre falta de ética periodística y misoginia, una excelente muestra de cómo el pensamiento más anacrónico es también contemporáneo. Las formas más extremas de violencia deben soportarlas las víctimas, porque ellas son las culpables, dice, repite y trata de amplificar este digno comunicador del sexismo del siglo XXI.

Hay otras personas menos agresivas, pero que están convencidas de que las desigualdades están superadas y de que los femicidios no tienen punto de conexión con otras formas de discriminación y violencia.

Es cierto que hay consensos de la democracia representativa convertidos en leyes. Pero los mecanismos de prevención fallan, las leyes no se cumplen, no se cuenta con el presupuesto necesario para que sean efectivas o las interpretan mal los operadores que tienen a su cargo, nada más y nada menos, la aplicación de la justicia.

Cada vez somos más las que sabemos que no hay un destino natural que debemos cumplir en función de nuestro sexo biológico, que no es lo mismo el “pecado” que un delito. Sabemos que existen mujeres que han logrado, desde el privilegio, hacer lo que se proponen. Pero también que en esta aparente libertad convive la violencia que sigue ensañándose de forma específica con los cuerpos de las mujeres y que sigue, sistemática y torpemente, culpando a las víctimas.

No hay una opresión común ni lineal por el solo hecho de ser mujeres; el racismo, el clasismo y la xenofobia son una herida abierta también entre las propias mujeres.

Tenemos que crear otros vínculos. Es necesario que las nuevas generaciones habiten otros registros en los que la injuria y el insulto no sean justificados en nombre de la libertad de expresión, de un discurso correctísimo y funcional a los caballeros de siempre.

Todavía quedan las postales de otro 8M caudaloso, maravilloso. Mi hijo tiene dos años y no lo quiero marchando atrás ni mirando desde los costados sin implicarse. Lo quiero marchando conmigo, junto a otros niños y niñas, junto a su padre, junto a las compañeras y compañeros de lucha que recorremos este camino todos los días, no sólo una vez al año.

Tenemos que transitar esta revolución de los afectos, de los vínculos, de los sentidos comunes, juntos. Es la revolución que nos hace estar seguras de que el NI UNA MENOS es posible.

Que los defensores del statu quo, del odio, se queden solos; que sus voces no sean audibles, que el ostracismo sea la venganza.