En noviembre abrió su vasta personal Yuxtaposiciones en el museo Blanes y hace unas semanas se supo que había ganado el premio Figari: para Marcelo Legrand es claramente un momento airoso que va a seguir en estos días con su presencia, a través de Galería Sur y el Ministerio de Educación y Cultura, en la feria Este Arte de Punta del Este y con una muestra en la galería Innova de El Chorro que inaugura el 18 de enero. Legrand, nacido en Montevideo en 1961, empezó sus estudios en 1977 concurriendo al taller de Héctor Sgarbi –figura hoy algo olvidada, pero de gran importancia en el Uruguay de la primera mitad del siglo XX– arrancando como artista figurativo y ganando en seguida atención crítica. Su formación estuvo entre las más “cosmopolitas”, como se decía antes de la globalización, de su generación. Tuvo largas estadías en Estados Unidos e Italia (por ejemplo, en el estudio de Luis Camnitzer) y, luego de una muestra en Caracas, terminó quedándose en Venezuela durante tres años. Ya había empezado a sumergirse en la abstracción y en una experimentación con los materiales y técnicas más diversos que ha caracterizado, y sigue haciéndolo, a su obra pictórica: tinta sobre fibras vegetales, calor, discos de pasta, entre otros. Son numerosos los premios y las exposiciones, también internacionales, en las que participó y que son demasiadas para ser desplegadas acá, aunque sí vale la pena mencionar una experiencia africana, por su peculiaridad territorial: en 2008 fue invitado por Artifariti (Encuentros Internacionales de Arte y Derechos Humanos del Sahara Occidental) a la zona desértica de Tifariti, en donde realizó una intervención escultórica titulada Bajo el suelo.

En la más que recomendable Yuxtaposiciones (cuya finalización, prevista para diciembre, se postergó, por lo que estará abierta hasta el 13 de este mes), Legrand sigue su exploración del campo abstracto con telas magmáticas y, sin embargo, estructuradas según un rigor interno, sobre todo rítmico y tonal, refinadísimo y paradójicamente vigilado: las piezas que ocupan las salas del Blanes son una redonda introducción a su universo y un perfecto introito a la muestra que se desarrollará en el Figari en junio para celebrar el premio. la diaria tuvo un breve intercambio con el artista.

Sos un pintor abstracto, lo cual hoy en día es decir poco y decir mucho. ¿Cuándo y por qué elegiste la ruta de la abstracción?

Sí, soy un pintor abstracto, pero siento que mi pintura está en el límite con la figuración. La abstracción entra en mí como parte de un proceso de investigación y experimentación. En la serie Rostros (que data de los años 1984 a 1985) me propuse lograr una intensidad expresiva prescindiendo de la representación. Una vez logrado ese objetivo vinieron nuevos desafíos; fui encontrando y descubriendo intereses que alimentaron este camino.

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Tu medio es evidentemente la pintura, pero ¿tuviste alguna vez “tentaciones” de probar otros lenguajes?

Mis medios son el dibujo y la pintura. Cuando trabajaba los papeles con grafito consideraba estos trabajos más pintura que dibujo, y hay muchas de mis pinturas sobre tela que son más dibujo que pintura. Espínola Gómez llamaba a estos papeles “grafitos”, ya que lograba con el grafo una textura cien por ciento pictórica. En la serie de papeles con grafito de gran formato en algunas oportunidades me sentí escultor, pero, más allá de pruebas esporádicas con madera, recién en 2008, trabajando en el proyecto Vik (estancia Vik, de José Ignacio) me saqué las ganas de realizar instalaciones escultóricas en el espacio. Actualmente los trabajos con papel vegetal, traspaso de calor y tinta china me han permitido nuevas exploraciones.

Tenés cuadros en los que trabajaste por años –uno, por ejemplo, que empezaste hace más de una década y está todavía in progress– y otros que terminás en tiempos mucho más cortos. ¿Qué determina que una obra esté acabada?

El tiempo de trabajo de una obra depende en gran parte de los cimientos que construyo para su desarrollo. Estos cimientos consisten en manchas y formas –algunas generadas conscientemente y otras producto del azar– de las cuales extraigo algo vital, una esencia: con eso construyo la obra. Según la complejidad puedo resolver una obra en pocos días o en muchos años. Considero que la obra está acabada cuando el punto más pequeño se ve al mismo tiempo que la mancha más grande.

¿Qué peso tienen estos factores –si es que lo tienen– en tu arte? Inconsciente, gestualidad, materialidad.

El inconsciente es la esencia de todos nuestros conocimientos activados para resolver problemas y actúa de manera zen (precisión absoluta). En la materia está atrapado el subconsciente y la gestualidad lleva el ritmo.

¿Qué estás mostrando ahora en el Figari a raíz del premio?

Por ahora en el museo Figari muestro una obra fechada en el año 2008 que seguí trabajado hasta el 2017. Es una de mis pinturas de gran formato, de dos metros y 20 por uno y medio. Pero en junio se realizará la muestra –y el catálogo– con motivo del premio Figari 2018, que será curada por Pablo Uribe.

¿Hay una línea dentro del arte, tanto uruguayo como internacional, en la que te inscribirías?

Considero que mi pintura es contemporánea, ya que es fruto de su tiempo y no obedece a los cánones modernos, si bien me sirvo de ellos como contrapunto.