Virginie Despentes tiene la ambigua fama de lo controvertido, de lo polémico e incluso de lo marginal. El problema de estas etiquetas, en general, es que funcionan en dos direcciones, de manera que, por un lado, a la autora se la encuentra a menudo encasillada en un difuso grupo de enfants terribles franceses (junto con Michel Houellebecq, ilustre escandalizador), a la vez que se la explica en una tradición literaria prestigiosa actualizada (algunos críticos la quieren ver como el resultado de la suma de Balzac e internet, por ejemplo), pero por otro lado, sin embargo, esas múltiples clasificaciones también conducen a cierta incomodidad cuando, al enfrentarnos con sus libros, no encontramos con el gesto de ruptura acaso anunciado en adjetivos como “iconoclasta” y “novelista punk”.

En efecto, los tres libros que lograron su definitiva consagración (en 2016, tras la salida del primer tomo de la trilogía, fue elegida para formar parte de la Academia Goncourt) no toman grandes riesgos formales, sino que continúan el desarrollo de la novela realista sin salirse demasiado de los parámetros que se establecieron a partir de las grandes narraciones del siglo XIX, incluso antes de la revolución que significó la obra de Marcel Proust. No obstante, si la estructura se mantiene más o menos dentro de los estándares más convencionales (narrador externo, con usos inteligentes del estilo indirecto libre y el cambio de foco), la apuesta de Despentes es más bien temática. En eso, aunque al principio el proyecto muestra los hilos y se revela quizás demasiado programático, la novelista logra (sobre todo a partir de la segunda novela, la más contundente de las tres) hacer vivir a un grupo muy amplio de personajes a través de los cuales hace un corte en la sociedad francesa, de la que toma tipos reconocibles que en conjunto configuran una “muestra” sin afanes de totalidad y funcionan como la pieza central de una maquinaria narrativa polifónica mediante la que la autora se da espacio para criticar el estado actual de las cosas y, en alguna medida, proponer una suerte de alternativa.

Como ya sabe quien haya leído las dos novelas anteriores, la serie aprovecha la caída y renacimiento de Vernon Subutex (antiguo dueño de una tienda de discos que se queda sin casa tras la muerte de su amigo Alex Bleach, una legendaria estrella de rock que era su sostén económico) para hacer un recorrido que empieza de manera local, apenas moviéndose dentro de Francia (sobre todo por París y, como mucho, su periferia), y va ampliando su área de influencia hacia los países vecinos, por medio de personajes que tienen como constante el desplazamiento, con un modo de vida marcado por lo precario, ya sea por su condición de homeless, de inmigrantes, por su orientación sexual, por su religión o, en el caso que de alguna manera alcanza su clímax en el segundo libro y se termina de redondear en este último, de fugitivas. Efectivamente, en torno a un confuso (y éticamente complejo) plan de venganza y a sus involucrados gira lo mejor de esta novela final (aparecida en Francia en 2017), que sigue con las peripecias de Subutex, La Hiena (lo mejor del libro), el siniestro productor Dopalet, Céleste, Aïcha, Max y Olga, entre muchos otros entrañables u odiados personajes.

Pero en el comienzo está el paraíso. Efectivamente, el libro anterior terminaba con la fundación de lo que parecía ser una especie de utopía neohippie, una comunidad de extraños seres desencantados reunidos alrededor del protagonista, devenido DJ de culto e inesperado gurú, acaso en un guiño a las reinvenciones de tantos “bohemios” hoy millonarios, aunque, al contrario que muchos de estos casos, a Subutex parece realmente no importarle el dinero y en su ascetismo llega incluso a despreciarlo, como quien reniega de una enfermedad. Así, entre la prosa filosa y potente que tiende a lo utópico y algo que se presenta como lo “real” (la imperfección humana y, de forma particular, su tendencia a la abyección), la novela vuelve de alguna manera al esquema de la primera entrega, a un vértigo de cambios de registros, de voces, de espacios, de historias.

En esta doble respiración entre personajes sólidos que han ido definiéndose a través de sus acciones durante el tiempo (la serie pasa las 1.000 páginas en total) y otros que se van agregando al final y son retratados un poco toscamente y a las apuradas se encuentra la fuerza y la debilidad de la novela, siempre en busca de lo nuevo, atenta al mundo y a sus habitantes. En su afán total (sobresale en este libro su preocupación por las relaciones de Europa con el islam, pero también por el avance de grupos de ultraderecha y las políticas de austeridad y, en el año de #MeToo, aunque unos meses antes, por el abuso sexual), el texto se impregna de un fuerte potencial político, que se respira casi línea a línea, pero, aunque por momentos Despentes logra algunas de sus cimas narrativas (como cuando debe narrar el horror absoluto y logra mantenerse alejada del morbo), la novela está por su parte llena de episodios que sólo pueden verse como relleno, tal vez condición sine qua non de una obra así de ambiciosa.

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Al final, en un epílogo de algún modo similar al que cierra El cuento de la criada (1984), de Margaret Atwood (aunque menos removedor que aquel, tanto desde el punto de vista narrativo como político), la trilogía cobra un nuevo sentido y nuevas profundidades en principio impensadas y todas las críticas a la cultura del entretenimiento y las menciones al presente más inmediato (desde los atentados de París de enero y noviembre de 2015 o la muerte de David Bowie hasta el movimiento social Nuit debout, que ocupó la Plaza de la República en 2016 y prefigura en un sentido a los “chalecos amarillos”) adquieren un brillo distinto, en el extraño humanismo inconformista de Despentes.

Entre King Kong y Courtney Love

Como consecuencia del renovado interés en Despentes y, sobre todo, de la recientemente retomada discusión sobre el feminismo, Random House repuso la que tal vez sea la gran obra de la francesa: Teoría King Kong (2006), un libro de estilo muy particular, que combina con maestría lo ensayístico y lo autobiográfico y fue excelentemente traducido al castellano por Paul B Preciado, también importante figura del pensamiento feminista, sobre todo por sus aportes a la teoría queer, en particular a través de libros de una escritura marcadamente idiosincrásica como Manifiesto contrasexual (2002) y Testo yonqui (2008).

El libro de Despentes, a pesar de la ya mencionada fama de la autora de “incorregible”, de su temática destinada a la controversia aun entre quienes se definen como feministas, y de los títulos de algunos capítulos que tienen la clara intención de espantar (como “¿Te doy o me das por el culo?”), está escrito en un estilo reflexivo y riguroso y, aunque tiene una impronta claramente militante y confrontativa (que se agradece, en tiempos de forzados consensos), logra no ser panfletario ni, sobre todo, prescriptivo. Al revés que muchos de estos textos, así, la francesa no propone un “deber ser” ni condena formas de la feminidad, sino que muestra la hipocresía inherente a muchas maneras de constituirnos y de pensarnos “hombres” o “mujeres”.

Sin hacer concesiones, entonces, Despentes se enfrenta a varios de los temas más complejos del feminismo, incluso aquellos que, como la pornografía o las prostitución, suscitan las posturas más irreconciliables, desde las miradas abolicionistas como la de Andrea Dworkin a las sex-positive de Ellen Willis. Y si, por mi parte, menciono dos figuras de la tradición anglosajona, en esto sigo a la propia autora, que cita figuras claves como Angela Davis o Annie Sprinkle y se basa en los trabajos de Judith Butler o Gail Pheterson, aunque también mencione a pensadoras francesas ineludibles, como Simone de Beauvoir, e incluya en un apartado bibliográfico obras de Violette Leduc o Claire Carthonnet.

Con una justa cuota de anécdotas personales, Despentes (que, por ejemplo, fue prostituta de manera intermitente durante su juventud) se mueve con precisión entre el manifiesto radical a lo Valerie Solanas (por cierto, la francesa es mucho más moderada) y lo testimonial, sin jamás caer ni en la tendencia a hacer de lo personal un universal absoluto ni tampoco en una escritura que se limite a lo confesional. En este sentido, hay una anécdota que parece estar al centro tanto de su historia intelectual como de su propia vida. Se trata de su descubrimiento, en los 90, del pensamiento de Camille Paglia, una pensadora fundamental del feminismo, polémica hasta hoy, cuando se la puede ver concordando, por ejemplo, con el canadiense Jordan Peterson, principal vocero contra la corrección política y autor del libro de autoayuda 12 reglas para la vida, que se convirtió en un éxito de ventas a principios del año pasado.

Víctima de una violación, Despentes narra el impacto que fue para ella la lectura de un texto de Paglia que, aunque no se nombra, seguramente se trate de una entrevista publicada en una revista en 1991 y luego reimpresa en el libro Sex, Art, and American Culture bajo el título “The Rape Debate, Continued”, como secuela del artículo “Rape and Modern Sex War”. En esa entrevista Paglia piensa la violación de otra manera, como dice Despentes, que desde su lectura dejó de verse como víctima y logró “recuperarse”, sin que eso significara borrar lo sucedido, sino abandonar el lugar de sumisión, de mujer rota, digna solamente de piedad, a la que había sido relegada por la sociedad. Con ese acto emancipatorio en apariencia sencillo nace la conciencia feminista de quien en 1993 publicara la escandalosa novela Fóllame (luego adaptada al cine por la novelista junto con Coralie Trinh Thi) y, en lugar de pensar la violación como excepción, la ve como riesgo a pagar por la libertad. Un riesgo, según Despentes, que vale la pena correr.

Por supuesto, en Teoría King Kong hay muchas declaraciones, como la anterior, discutibles. En un momento, por ejemplo, en una pregunta retórica la francesa dice que la pornografía “se trata únicamente de una representación”, y uno no puede más que recordar una escena del documental Hot Girls Wanted (Jill Bauer y Ronna Gradus, 2015) en la que se le pide a una chica que está por grabar un corto en el que supuestamente pierde su virginidad con un viejo amigo de sus padres que actúe como si no lo quisiera pero, en un giro al doble “ser/parecer”, la repugnancia (por decir poco) de la actriz resulta ser estrictamente real. En efecto, es complicado negar que cada uno es, como se dice tantas veces, “dueño de su cuerpo” (y Despentes es consecuente, criticando toda forma del biopoder y, en una inversión curiosa de los términos, al Estado maternalista), pero también es difícil no ver que algunos somos “más dueños”, si cabe, que otros, y estas son tal vez las grietas de un ensayo que, aunque reciente, se perdió los cambios radicales que vivió la industria pornográfica después de su publicación (la caída de la porn star y el reinado del camming y la pornografía amateur, potenciados por la expansión definitiva de internet y las redes sociales).

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De este modo, aunque es más que compartible que condenar, con argumentos teñidos a menudo de puritanismo, prejuicios e incomprensión, a las prostitutas y a las actrices porno, es cuanto menos inmoral, y no por eso hay que dejar de percibir, en un afán liberador, que en la pornografía y la prostitución a menudo se ejerce una violencia y se ve un nivel de sujeción que no es tan fácilmente comparable (como se hace muchas veces) con las indiscutibles vejaciones que sufren los trabajadores de otros rubros socialmente aceptables por mucho menos dinero. Pero, en todo caso, la fuerza de Despentes está en su habilidad de comprender la complejidad de estos asuntos, como demuestra el final de capítulo “Brujas porno”, en el que lanza una suerte de desafío que busca desgarrar el tejido social, con sus tensiones de clase (“la única manera de hacer explotar el sacrificio ritualizado del porno será introducir en él a las chicas de las buenas familias”), de género, y todos los mitos alienantes y represivos que designan y sostienen al statu quo (“los hombres como cadáveres gratuitos para el Estado, las mujeres como esclavas de los hombres”).

Así, es precisamente el tono destructivo y a la vez meditado de muchos de sus mejores pasajes lo que hace indispensable la lectura de este libro, en el que su autora logra un difícil e inusual equilibrio, al comprender la vulnerable situación de la mujer en la sociedad actual sin considerarla jamás un espíritu “naturalmente” noble y siempre bienintencionado; más bien al contrario, Despentes ve el problema que eso significa y, haciendo eco de las pioneras palabras de Virginia Woolf, busca destruir al “ángel del hogar” y lo cierto es que, desde la textura misma de su prosa inflamable, casi se ven las plumas arder.

Vernon Subutex 3, de Virginie Despentes. Barcelona, Random House, 2018. 352 páginas. Teoría King Kong, de Virginie Despentes. Buenos Aires, Random House, 2018. 176 páginas.